Entre dos mares. Ensoñaciones en el calor extremo.

Cantaban Lole y Manuel:

“El río Guadalquivir

se quejaba una mañana:

me tengo que decidir

entre Sevilla y Triana

y yo no sé cuál elegir.

¡Ay, quién pudiera,

fundir en un perfume menta y canela!”

Normalmente, el personal afirma su preferencia por la costa mediterránea o la cantábrica, excluyendo una u otra con argumentos contundentes. Pues yo no quiero elegir. Y me voy a permitir en esta calurosa tarde de agosto, evocar nuestros dos mares y sus delicias, desde la reseca Meseta.

En el Mediterráneo.

Luce el sol. Caminas por la arena sin prisa anticipando el placer de sumergirte en el agua azul y serena, apenas unas ondulaciones que no me atrevería a llamar olas, bandera verde. A media distancia, lxs windsurfers, navegan por la superficie aprovechando un viento suave que atenúa el calor. El agua te besa los tobillos, ningún estremecimiento, y poco a poco, según avanzas, te va lamiendo las piernas, los muslos, el vientre, como una amante sin prisa. Cuando ya no puedes más de placer, te entregas al mar, hundes la cabeza, abres los ojos para ver los diminutos peces que te acompañan en tu nadar y la sacas, fijando la vista en el horizonte. Es el mar de mi juventud: acogedor, tranquilizante, antiguo, hecho a la medida de mi humanidad. Es mi cómplice, no me inspira temor. Luego, al salir, es el momento de sentir un vino blanco muy frío bajar por tu garganta y hacer que un suspiro de bienestar se escape de tu boca.

En el Cantábrico.

Ha amanecido nublado, pero en la línea de la costa parece apuntar una sombra de cielo azul. Hace día de playa. Nos llevamos también una chaquetita por si acaso. Hoy el agua está a 18 grados, ¡esto es el Caribe!. Caminas hacia ella sin prisa y sin calor anticipando la experiencia que vas a vivir en unos segundos. La marea está baja y el mar precioso , calmado, con unas espumillas aquí y allá donde las olas, pequeñas, chocan con las rocas. Ya has llegado y, al meter los pies en el agua, sientes un dolor momentáneo que te impulsa hacia adentro, rodillas, culo y te tiras de cabeza para no prolongar más el pequeño sufrimiento que te gusta. Luego ya todo es disfrute, el agua fría te estimula, el mar huele a vida, vas nadando y calentando los músculos y en un momento dado, te giras y allí está la montaña atrapanubes. Luego una sidra al sol y ya se irá viendo.

Luego están los océanos: el Atlántico con sus corrientes sorpresivas que te hielan el estómago según vas nadando y el Pacífico en algunas de cuyas playas sólo te puedes bañar en espuma dado el tamaño de las olas.

Pero esas son otras historias.

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