El Caballero Hospitalario y la voluntad de ser.

 

Hace poco tiempo, en una excursión por esa Castilla que me fascina, la de la historia intuida, la  de huellas indelebles sobre tierras desiertas y olvidadas llegué casi por casualidad a una iglesia (¿mozárbe, románica, gótica?) enclavada en un pueblecito cuyo nombre me sorprendió: Wamba

¿Qué relación tenía ese nombre visigodo de ecos colegiales con aquella iglesia situada en  los Montes Torozos vallisoletanos, durante muchos años zona de frontera cristiano mora? Todo invitaba a averiguarlo porque, al menos por fuera, la iglesia era preciosa. Por dentro, un misterio.

Y el misterio se desveló de forma deslumbrante, reveladora de la mano del  guía del lugar, un hombre conocedor de secretos centenarios capaces de hablarnos de aspiraciones milenarias.

Llevaba yo durante  los últimos tiempos dándole vueltas al modo en que  los humanos podíamos llegar a vivir eternamente gracias al sorprendente desarrollo de la Ciencia y me había olvidado de que mi aspiración no era más que una  minúscula gota de agua en el universo líquido de la conciencia humana.

Y claro, como toda ignorancia,  la mía vivía concentrada  en el presente sin atender demasiado a los que vivieron antes. En mi estupidez, me parecía que no podía hallar nada novedoso a estos efectos (los de vivir para siempre)  en conocimientos ajenos a los desarrollos científicos modernos y mucho menos en las religiones basadas en la Biblia, alguna de las cuales yo conocía de sobra. Atea convencida, me había desprendido de la religión  cuando comprendí que la que reinaba en mi mundo era  un instrumento más de opresión para facilitar el domino de unos seres sobre otros.

-Las piedras nos hablan -decía entre tanto el guía bajo cuya tutela se nos había permitido entrar en el templo. Acababa de ilustrarnos sobre la presencia de una hermosa pila bautismal horadada en un capitel de mármol blanco traído de Oriente hasta ese minúsculo lugar del planeta tan alejado del mar. Similares a ésta solo se conocen dos o tres en Europa, gran empeño de alguien por dotar de magnificencia  a una  iglesia construida sin materiales suntuosos…

Pues claro que hablan, pensé con autosuficiencia mientras alejando la mirada del mármol quedaba maravillada por la sugestiva belleza de la capilla.

Y quizá deslumbrada por esa belleza  mi mente reaccionó al conjuro de dos palabras que inesperadamente se convirtieron en la llave que me conducía a otra forma de entender aquella visita convirtiéndola de repente  en un una experiencia hecha de   aprendizaje y ensoñación.

El hombre aquel, que  efectivamente parecía tener la sabiduría para  entender lo que las piedras contaban y el don de transmitirlo, había comenzado un nuevo relato.¡Qué pocos encargados de mostrar el arte son capaces de hacer algo más que nombrar y describir lo que hay delante de nuestros ojos!, ¡qué pocos de escuchar el conocimiento mudo de sus mensajes!

Las palabras mágicas fueron vida eterna y el objeto de atención, la tumba de un caballero Hospitalario de la orden de San Juan (orden militar encargada de levantar hospitales para atender a los más necesitados)  que tras  guerrear por Tierra Santa al servicio del Papa, fundó en el siglo XII el cenobio en el que nos encontrábamos.

Sobre el sepulcro  encastrado en la parte izquierda  del templo, un cuadro de 3×2 contaba, al modo medieval,  el viaje emprendido por María embaraza de Jesús para visitar a su prima Ana. La mujer, mayor que su visitante  también estaba encinta pero en primer término del cuadro  se inclinaba  sobre la Virgen más joven, en claro reconocimiento al hijo de Dios  que llevaba en sus entrañas.

San Juan y la orden militar que lo honraba en cuyos dominios nos encontrábamos, reconocía así la autoridad divina de Jesús sobre la suya.

El sepulcro del caballero estaba, además,  flanqueado por tres  columnas de piedra con capiteles ornamentados con esculturas iguales a derecha e izquierda: una de ellas mostraba el  escudo de armas del caballero acompañado de una mariposa. La escultura del medio, representaba el rostro humano, si bien en este caso diferían derecha e izquierda por ser de hombre y de mujer respectivamente. Y finalmente, también idénticos en ambos lados, se podían ver capiteles esculpidos  con  bonitas hojas de una frondosa  yedra.

Junto al cuerpo mortal del caballero prisionero en aquella  tumba, se agolpaban pues mensajes singulares destinados a perdurar en el frío mineral. Qué afortunado aquel que sabe entender  su significado, pensé mientras el guía mencionaba con devoción la aspiración a la vida eterna del caballero muerto, la bella creencia en la inmortalidad de su alma y yo admiraba y compartía  el ansia de perdurar  de su ser y su consciencia escritos sobre los capiteles de piedra.

Junto al escudo mostrando el orgullo del linaje relacionado con  hazañas humanas sobresalientes, la mariposa que lo acompañaba evocaba la trasformación del cuerpo material en otra cuerpo, en otra cosa;  el  alma capaz de habitar otro ser alado y libre tras la muerte.

Los rostros, reivindican la dualidad masculino femenina de lo humano tan trascendente como la vida y la muerte…mientras que la hiedra de hoja perenne, insiste en la durabilidad del ser…

-Ah!, Caballero Hospitaliario -pensé- qué hermoso tu mensaje, qué bella tu tumba  preparada para aguantar el tiempo con una impúdica profesión de fe, con una descarada afirmación de ser, con una desafiante seguridad en ti mismo frente a los siglos.

Quedaba mucho por descubrir en aquel lugar privilegiado en el que solo la primera mirada tanto era capaz de sugerir. Otro día lo seguiré contando. De momento, me quedo con esas   aspiraciones sin resolver de unos seres que desean desesperadamente permanecer y que, ante la imposibilidad de hacerlo, imagina, crea, duerme y sueña un despertar.

 

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