Un Estado gripado y el horizonte de la melancolía.

Como una persona más de las que desgranaban  hipótesis y posicionamientos durante el procès catalán, me propongo  hacer una modesta  evaluación  de cómo lo veo ahora. Puede que hoy sea demasiado pronto para analizar ese ayer tan cercano y tendrá que haber, por tanto, otros futuros y otras perspectivas,  pero aunque sea de modo provisional, no me resisto  a  sacar algunas conclusiones que incluyen el reconocimiento de algunos de mis errores.

Conclusión primera: el independentismo se equivocó en casi todo.

Ni antes ni después del procès, el independentismo llegó a tener  en Cataluña la mayoría social suficiente para imponer la independencia. Tampoco contaban con el apoyo exterior necesario, siendo ambas cosas imprescindibles para tener de su lado el necesario  factor de legitimidad. Tampoco la movilización pacífica era suficiente para oponerse a los cuerpos de seguridad del Estado y aunque la violencia de estos últimos durante el 1O intentó convertirse en legitimidad, lo cierto es que puso de manifiesto que tampoco el independentismo tenía de su parte el factor fuerza (y eso que todavía no habían conocido el poder arrollador de otra forma de fuerza que constituye  el factor  judicial). Finalmente, la polarización de la sociedad  junto con la huida  de la banca y buena parte del empresariado dejó claro que el procès había puesto en entredicho los factores de  cohesión de país y los había perdido.

El bloque independentista se equivocó por tanto al infravalorar todos estos  factores a la vez que ignoraba  las posibilidades de  una negociación con fuerzas del Estado potencialmente amigas, que no quiso o no supo  explorar.

Bajo mi punto de vista, si acertó el procès al valorar  su ensayada (durante muchas Díadas) capacidad movilizadora para sacar  a la calle de forma pacífica a amplias capas de la población catalana ampliando de paso su base social. También pongo entre sus aciertos el haber mantenido  una innegable gallardía que no se ve a menudo en la clase política. Pero el relato, ampliamente señalado como exitoso, ha acabado mostrando sus debilidades demasiado pronto, por lo que no me animo a incluirlo en el bloque de aciertos.

Conclusión segunda: no era la lucha de un pueblo.

A pesar del apoyo que el procès ha tenido  de algunas fuerzas de la izquierda catalana, puede que el conflicto no consistiera, como decían, en la lucha de un pueblo por su independencia. O si lo fue en el imaginario de muchos catalanes, los resultados electorales mostraron que había acabado convirtiéndose, de hecho, en un enfrentamiento entre la burguesía catalana nacionalista, que no quería perder las hegemonía en su territorio  y la española, dispuesta a aprovechar la ocasión para rearmarse ideológica, electoral, política  y económicamente.

Conclusión tercera: el efecto de la victoria de la derecha española sobre Cataluña, ha sido devastador para todos.

Tras la derrota del procès, Cataluña tiene ahora por delante el reto de gestionar con dignidad la fractura de sus fuerzas independentistas, un largo proceso de recomposición política e institucional, un doloroso calvario de procesos judiciales y una clase trabajadora más empobrecida  que se ha entregado a la derecha, al menos en parte. Lo que yo llamaría el horizonte de la melancolía.

Pero tras la batalla, al resto de  España no  ha salido mejor parada y comparte con Cataluña el melancólico horizonte de la derrota.

Al consumarse  la hegemonía de la derecha (si la liderará el PP o CS es aún una incógnita), el camino ha quedado libre para asestar un golpe definitivo a las libertades y al estado del bienestar, proclamando que la crisis ha terminado y que lo que viene ahora es el escenario propio de una sociedad neoliberal triunfante: más privilegios para la banca y las grandes empresas frente a una desigualdad creciente, paro, precarización del empleo y un vergonzoso sálvese quien pueda en educación, sanidad y pensiones, como ha  anunciado en estos días el presidente del gobierno.

Y por si fuera poco, se ha dinamitado la esencia misma de la democracia representada  en la separación de poderes. La subordinación del poder judicial (de por sí conservador)  al gobierno es un hecho difícilmente cuestionable. El Estado se ha convertido en una maquinaria gripada en la que el motor ya no tiene partes distintas engarzadas entre sí  sino que se ha fundido en un bloque informe que no funciona.  Pero  después de todo, el liberalismo no lo necesita para nada, así que no importa asfixiar la vida democrática bajo el peso de una judicatura  garante de los deseos gubernamentales y que, tras las consiguientes depuraciones,  ejerce con desparpajo su papel político en  connivencia con el gobierno.

Lo que siempre ha sido  una obviedad en lo referente a la Fiscalía General del Estado y que  se extendió al Tribunal Constitucional cuando se rompieron consensos fundamentales, se ha propagado como la pólvora a la Audiencia Nacional, al T. Supremo y otras instancias judiciales.

Cuarta conclusión: una vez más, la izquierda no ha estado a la altura.

Ensimismado en sus conflictos internos y de la mano del paladín del No es No, el PSOE se ha convertido   en una simple  muleta del PP, cuya  aspiración parece haberse reducido  a alcanzar algo de poder apostando por el  modelo de gran coalición a la alemana (quién sabe si para pactar con el PP, con Ciudadanos o con los dos a la vez): después de todo, la idea de Marin Schulz no era  la de quedarse en  casa lamiéndose las heridas tras su derrota electoral, sino convertirse  en un flamante canciller con un papel importante en el futuro de Europa.

Podemos por su parte, sin superar del todo  las luchas internas que le descapitalizan y alejan de sus rasgos fundacionales más originales, es víctima de un izquierdismo a destiempo, un desmesurado cálculo electoral  y una estrategia equivocada en Cataluña.

Sobre esta última, me detendré un poco más ya que constituye una de las equivocaciones que compartí con ellos. Me refiero al empeño en  defender como solución al conflicto, la realización de un  referéndum en el que votar  NO. Porque una propuesta en negativo nunca  es atractiva. Puede que el referéndum fuera muy democrático, pero dejaba en el tejado de los votantes la solución al problema y eludía el compromiso y la responsabilidad de hacer propuestas a la sociedad catalana y española con las que SÍ se estuviera  de acuerdo. Además, esa forma de eludir el problema es la que dejó vía libre al PP para llevar a cabo su estrategia.

El otro error del referéndum, ese no fue mío, era plantear su legalidad al  amparo del derecho de autodeterminación de los pueblos, porque ese no era el caso. Ese derecho, que funge en los procesos de descolonización y que puede extrapolarse a las dictaduras, no era aplicable a la Cataluña del momento. Y en todo caso, un referéndum de autodeterminación no se plantea para votar No, algo que en sí mismo es un contrasentido.

Pero es que, además,  no hacía falta meterse en semejante berenjenal, ya que hay modelos más acordes con la actualidad democrática de nuestro entorno que permitirían avanzar hacia consultas tipo Quebec o Escocia: lo que pasa es que ambos casos nos enseñan que no hay atajos y apuntan a que este tipo de consultas excepcionales  deben ir precedidos de procesos nacionales complejos, con propuestas, debates y negociaciones. El referéndum puede ser el último paso del proceso, pero nunca el primero.

Lamentablemente, el bloque independentista en su último giro dejó de admitir otro debate que no fuera  el de “independencia aquí y ahora” y otro interlocutor que no fuera el PP ignorando con excluyentes líneas rojas al resto de fuerzas políticas del Estado. Su error fue no comprender que  el PP iba a asimilar a la perfección  la estrategia que ellos mismos proponían al  identificar Gobierno español con Estado, convirtiendo dicha estrategia en la llave de la victoria españolista en Cataluña y, de paso, en el resto de España.

El fallo de la izquierda (incluida la independentista)  fue no ser capaz de visibilizar  una tercera vía sólida y decidida contra la doble estrategia de las burguesías española y catalana.

¿O este caso demuestra por enésima vez que eso ya no es posible y debemos olvidarnos de la izquierda  como la conocíamos hasta ahora y apostar por nuevos caminos?

One Reply to “Un Estado gripado y el horizonte de la melancolía.”

  1. lúcido análisis pos-referendo que nos deja ver las contradicciones que se plantean cuando las condiciones históricas no se han comprendido en su complejidad y sobre todo en las disputas por el territorio-no el territorio geográfico, sino el imaginado, el ideológico, el de creación colectiva, el de las confrontaciones, pero a la vez el de la construcción colectiva, de visiones compartidas, y encontradas, el de fundamentos en la multiculturalidad, la heterogeneidad…y al fin y al cabo de conformación de marcos legítimos de nación y referentes para la acción. Todo aprovechado por unos cuantos que se usurpan el pensar y soñar por todos lo demás, confundiendo, engañando, demostrando lo indemostrables: del todo o nada, de las partes menos que el todo..
    Gracias Isabel Alonso por repensar y plantearse para sí misma, pero para nosotros que estamos afuera formas y métodos de replantearse desde una posición crítica que todo nos atañe a todos, que estamos en territorios prestados y cada vez más cercados por oportunismos y zarpazos al derecho de ser, pensarnos, soñarnos diferentes, solidarios y en comunidades de prácticas ciudadanas y participativas-
    Que nunca disminuya tu necesidad de expresarte y compartirlo generosamente.

    desde Colombia

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