Presentación de un libro a la sombra de Tom Wolfe

 

El otro día, en la presentación de una novela, surgió el tema de si hay un verdadero cuestionamiento de la ficción en la literatura moderna y, de paso, si fórmulas como las de la novela negra, sujetas a normas establecidas, pueden llegar a resultar demasiado gastadas.

Y es que la muerte de Tom Wolfe el día anterior al evento, nos recordaba la importancia creciente de la realidad como referencia del mundo literario moderno, tanto desde la perspectiva del periodismo (el “Nuevo periodismo” acuñado por el autor norteamericano o el “Nuevo periodismo iberoamericano” de Gabriel García Márquez),  como de la novela, que hoy parece encontrar nuevo aliento en la llamada “autonarrativa” que practican escritoras como  Delphine de Vigan en Francia, Elena Ferrante (en la foto)  en Italia o Vila Matas en España.

Y eso me hizo reflexionar  sobre si la ficción tradicional, más allá de las modas literarias, sigue sirviéndonos (me refiero a los seres humanos en general) de manera trascendente, como ha venido ocurriendo desde nuestro más  remoto pasado.

Sobre esto, lo primero que me viene a la cabeza es la innegable constatación de que vivimos en la era del relato.

Sin ir más lejos, unos días atrás, los medios de comunicación nos hacían ver  que  ETA se resistía a disolverse  sin apuntalar su propio relato, un relato capaz de dar sentido a su sangriento pasado. Porque no cabe duda de que los medios de comunicación se han abonado  a la fórmula del relato y, especialmente en el caso del procès,  repiten la palabra una y otra vez vendiendo (o comprando)  la idea de que el bando independentista, al ganar el relato (¿al ganar el sentido?), ha ganado una parte de su guerra con el Estado.

Por otro lado, parece que el bando españolista, aferrado a un relato histórico antiguo o/y  anticuado (¿el de los Reyes Católicos?, ¿o puede que el de Una, grande, libre o Un destino en lo universal?), podrían haber perdido esa batalla. Pero claro, en todos estos casos el relato es argumentario de parte ( siempre lo es)  y por tanto más cerca de la ficción que  de cualquier verdad.

Antes de seguir por los senderos de la literatura, quiero añadir a este asunto del procès  que un tercer relato, asociado al movimiento Parlem?, que surgió con una narrativa que prendió en importantes sectores de la población en poco tiempo, tampoco consiguió el éxito necesario para competir con las teorías de los nacionalismos catalanes o españoles; después de todo, la narrativa nacionalista siempre ha sido muy poderosa   ya que  hunde sus raíces en el miedo atávico de los  humanos a su propia insignificancia, alzando  como defensa frente a ese miedo, la necesidad de sentirse distintos (y superiores).

Así que estas y otras narrativas  se amparan hoy en un relato capaz de ofrecer un nuevo sentido  (por eso el españolismo, incapaz de renovar su sentido,  solo puede recurrir a la fuerza). Dicho de otro modo, se trata de una manera suave de introducir la ficción en una supuesta narrativa verdadera para ganar el sentido, lo cual, dicho sea de paso, no es del todo estrafalario ya que  ese anhelado  sentido no es algo muy distinto a una ficción capaz de convencer (o de engañar, distraer,consolar, ensimismar…)

Sea como sea, parece que esto del relato se remonta a muy antiguo y que seguramente está ligado (como casi todo lo humano) al  sentimiento de  pequeñez de unos  seres especialmente vulnerables en los albores de la humanidad, cuando tras conquistar la consciencia descubrieron con horror que también habían conquistado el conocimiento de que estaban destinados a morir.

Es sin duda esa doble conquista (consciencia y muerte)  la que inspira la necesidad de encontrar  algún sentido a la finitud de nuestras vidas y nuestros actos, un sentido  que bien puede describirse como un relato (una explicación, una historia, una fantasía, un por qué,  pero siempre un paliativo, un ungüento, un bálsamo…)  que  permita, que nos permita, soportar la terrible conciencia de ser.

En este escenario debieron surgir las religiones, las grandes  religiones que pretendían dar un sentido trascendente a la vida humana, ofreciendo  una historia capaz de hacer soportable una vida de dolor y miedo de los pobres humanos conscientes ya de que al otro lado solo les esperaba la muerte.

Y junto con  las religiones, surgieron la filosofía y la literatura (esta última integrada en el concepto más amplio de Arte), abordando el problema, el mismo problema, desde otros puntos de vista.

Y hay que reconocer que de todos los intentos humanos por encontrar un sentido a la vida (o a la muerte) la filosofía (y más adelante  la ciencia) es la única que se propone hacerlo al margen de la ficción,  oponiéndola a  la razón, sin estar claro que en realidad  sean tan opuestas.

La religión, por su parte, mató sus posibilidades de avanzar en el conocimiento de lo humano al comprender que el mismo relato que consolaba podía servir para controlar y doblegar, lo que resultaba bastante más conveniente a las ansias de poder de sus administradores.

Pero antes de seguir y hablar por fin  de la literatura, que era el tema de la presentación del libro, me quedo con la idea de que, en la  forma que sea, seguimos necesitando los relatos, explicaciones más o menos convincentes, en torno a nuestra finitud, que solo dejarán de ser necesarias  cuando la humanidad sea capaz de dar con la fórmula que le permita no morir.

Mientras tanto, mientras la muerte persista, solo la creación de relatos  podrá servirnos de consuelo. Cosa distinta es que esos relatos, algún relato,  consiga también salvarnos.

Así que me temo que de momento, y puesto que las religiones ya no dan mucho  de sí, no queda otro remedio que dejarnos abrazar, consolar e ilustrar por la ficción. Pero también, cómo no,  por  los apasionantes y apasionados  intentos de la narración de encontrar  una literatura de lo verdadero.

(Continuará…)

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