Del 15M al 1J, el camino hacia  un cambio necesario

Nos hemos hartado de escuchar estos días que el 1 de junio hemos asistido a un hecho histórico, lo que  sin duda es cierto al  ser la primera vez en nuestra reciente democracia  que se echa a un presidente por corrupción mediante una moción de censura. Pero creo que también es histórico porque es la primera vez  que un partido con tan solo 84 diputados se propone acometer en menos de dos años una agenda ambiciosa capaz de abordar  temas decisivos como la libertad de expresión, las pensiones públicas, las relaciones laborales, las políticas de género, la educación,  la sanidad  o la cuestión territorial.

Creo que este escenario   que en otros tiempos podía parecer imposible (de hecho, muchos analistas acostumbrados a las formas del pasado  lo ven de ese modo) ha dejado de serlo. En mi opinión esto es así  porque el tiempo actual es el resultado  de una tendencia que empezó a gestarse en 2011 con  el  movimiento 15 M que pretendía poner  en jaque al bipartidismo y la plácida alternancia en el reparto del poder entre la socialdemocracia y los conservadores.

Me encuentro entre las personas que vieron con muuuuy buenos ojos la ruptura de esa perversa alternancia que alejaba cada vez mas a los ciudadanos de su democracia poniéndola  seriamente en entredicho.

A pesar de ello, debo confesar  que he llegado a preguntarme cuáles eran los beneficios reales de las nuevas reglas del juego propuestas en  la Puerta del Sol  ya que hace  pocas semanas me parecía imposible, repito imposible, que las fuerzas políticas a las que me siento mas cercana pudieran aspirar a desembarazarse del abrumador y corrupto poder conservador que nos atenazaba.

Me parecía que por mucho que los votantes castigaran al bipartidismo y todo lo que significaba, los políticos, tanto los nuevos como los viejos, eran incapaces de asumirlo  empeñados en perseguir sorpassos y  mayorías en las urnas que reprodujeran las situaciones anteriores. Es decir, eran incapaces de entender (o de aceptar) que el mandato de la nueva geometría electoral significa pactar y no imponer, que la esencia misma de las nuevas aspiraciones es evitar mayorías capaces de  secuestrar la democracia como ocurría en las alternancias ya conocidas.

Mas allá de los hitos que han marcado el devenir electoral desde 2011, jalonado de fracasos, creo que la novedad de  este 1 de junio consiste en que se ha formado un gobierno abocado irremisible al pacto, es mas, abocado al pacto  constante.

Así que no puedo ser pesimista ya que me parece entender que el nuevo ciclo que comenzó en la puerta del sol de Madrid acaba de concretarse en  una nueva forma de gobernar, quizá extrema, es verdad, pero que precisamente por eso puede resultar paradigmática respecto a lo que significa escuchar al otro, ceder, ganar y perder, aproximándose así a resultados mas acordes con las  realidades plurales de nuestra sociedad, algo  que seguramente frustrará a cuantos creen que la formación política a la que votan (siguiendo los antiguos modelos de fidelidad ciega al voto, propia del bipartidismo) es poseedora de la verdad absoluta y debe elegir entre poner a prueba su verdad  o permanecer en la oposición sin asumir compromisos complejos.

Y con esto no quiero decir que en aras del buen entendimiento  haya que renunciar a cuestiones fundamentales como  un empleo digno para todos los ciudadanos, la lucha contra la pobreza o enfrentarse con determinación a la violencia machista (por poner solo tres ejemplos que hablan de  urgencia). Lo que quiero decir es que hay modos de alcanzar conquistas que aunque parezcan parciales pueden hacer más fácil la vida de miles de personas, precisamente las más necesitadas,   sin tener que esperar años, a veces décadas o incluso  toda una vida…

Por eso creo que  este 1 de junio, se ha abierto una posibilidad  real de acabar en los próximos meses con la ley mordaza, la reforma laboral, el empobrecimiento de los pensionistas, la privatización de la sanidad… algo que hace tan solo unos días parecía imposible.

Y también es la época en que debemos ver al Presidente del gobierno español negociar con el Presidente de la Generalitat, partiendo de un diálogo que debía haber tenido lugar hace mucho tiempo, sin caer en la tentación de pensar que eso es debilidad, traición o cualquier adjetivación similar acuñada durante los últimos meses por el discurso españolista, discurso  que poco a poco ha ido instalándose en capas de la población no necesariamente conservadoras.

Porque es necesario saber, y aceptar,  que lo que  hoy es diferente de ayer no solo es que una moción de censura pueda triunfar  sino también  el reconocimiento de la bondad de negociar; de ceder y conquistar.

Por eso me parece que lo que queda de legislatura promete ser una gran escuela para los partidos que el 1 de junio votaron echar a Rajoy sabiendo que la única salida a partir de ese momento era, es, la negociación.

De que progresen adecuadamente en ese aprendizaje dependen muchas más cosas de lo que parece, porque está en juego, por fin, una forma nueva de entender la democracia.

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