Historias verdaderas

 

Un poema sin terminar.

Una botella

blanca

se mece en el agua

brava.

Un marinero tranquilo

se agita dentro de un sueño

mientras  al otro lado del mundo

A vueltas con el sentido de la vida

Hace un tiempo escribí el poemita con el que inicio este artículo al que, como se aprecia enseguida, le falta el último verso. Por eso no podemos entenderlo.

Traigo aquí lo que parece una obviedad porque es una idea a la que le he dado algunas vueltas. Según esa idea, es  el final de los relatos lo que nos revela su sentido.

Y no puedo dejar de preguntarme  si en los relatos de nuestras propias vidas ocurre algo parecido, aunque  sea evidente que las vidas, a diferencia de los cuentos, terminan cuando un virus o un accidente lo decide y cuesta creer que sea ese final el que aporte algún tipo de significado.

Así que no, debe haber diferencias significativas entre los relatos de ficción y los relatos verdaderos  y una de ellas tiene que  ser  el hecho de  que  la ficción (y ese es su atractivo) es capaz de moldear destinos, biografías, ideas, acontecimientos…  hasta encontrar algún significado que permita ofrecer un  final. Esa búsqueda casi siempre  se convierte, a su vez, en el sentido de escribir (o de leer) y puede que también del de vivir.

Quizá por eso  nos gustan tanto los relatos inventados porque, a diferencia de lo que ocurre con las  vidas, podemos encontrar en ellos el consuelo de entender qué significan.

De nuevo Cavafis

Y también puede que, por eso,  el escritor  Cavafis, en su famoso poema sobre Ítaca del que he hablado otras veces, trate de hacer del camino (y no de la llegada) el propio destino, para liberarnos así de su tiranía, para retrasarlo o  incluso negarlo.

Como premio de consolación a tal negación, el poeta nos desea un camino largo, para que tengamos tiempo de protagonizar numerosos finales (y principios), tantos como aventuras nos depare la vida (o como historias cuenta La Ilíada )

Porque ese largo camino que nos desea el poeta puede servirnos  para hacernos la ilusión de que la meta siempre está lejos, de que nunca llegaremos y podemos permitirnos la fantasía  no solo de escabullirnos de la muerte, sino también de compromisos definitivos con nosotros mismos.

El auge de las historias verdaderas

Pero incluso si nos es concedida  la ventura de una larga vida, siempre habrá algún momento en que nos quedemos atrapados en algún final de esos que debían haber sido provisionales y no lo fueron  o que, simplemente, nos cansemos de viajar a ninguna parte.

Quizá sea entonces  cuando la ficción pase a ser insuficiente y necesitemos volver la mirada a  nuestro propio personaje. Ese será el momento en el que ya solo nos valdrán los relatos verdaderos esos que, aderezados lo justo con ciertas dosis de ficción, se enfrenten de verdad a la soledad humana. O eso es lo que parecen creer los seguidores de  la  autoficción, género literario reivindicado en la  literatura actual.

Aún no, aún no.

Quizá yo también pruebe algún día esa receta, pero no todavía. La idea de recurrir a  mí misma de una forma tan absoluta  me produce una especia de pudor que se mezcla con un tedio infinito y  la nada estimulante sensación de haber llegado a algún punto (¿el final?)  capaz de proporcionar la perspectiva que necesitaría para  comprenderme y tal vez  perdonarme.

¿Arrojaría  algún tipo de luz ese ejercicio? Lo ignoro, pero es posible que  no desee saber tanto de mí como creía. Al menos, aún no.

El final del poema

El último verso del poemita del principio aún no ha sido escrito. Por eso nadie sabe lo que quiere decir. Pero se me antoja que, como la vida, la literatura no debe  apresurarse a llegar antes de tiempo a ese punto donde se precipitan los finales.

Aunque  para no dejarlo así, frustrantemente inconcluso, le  proporcionaré un último verso  provisional, que tal vez valga para siempre.

Una botella

blanca

se mece en el agua

brava.

Un marinero tranquilo

se agita dentro de un sueño

mientras  al otro lado del mundo

se desvanece el tiempo.

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