«Nuestros abuelos»-dicen, ¡vaya mierda!

Sí, vaya mierda de uso del lenguaje.

Estos días navideños con motivo de los regalos de reyes he oído hablar varias veces en la tele de nuestros abuelos tratando de establecer  con la audiencia una complicidad meliflua y estúpida.

Sí, todos  hemos oído hablar de  personas que, según dicen, son abuelos y son nuestros y eso, por sí solo, ya me parece una tremenda  estupidez. Igual que cuando en un hospital el personal se refiere a un paciente como el abuelo  de la 203, como si por definición todos los mayores fueran abuelos de la humanidad o su razón de ser, a la vejez, no pudiera ser  otra que serlo.

Pero es que, además, ese nuestros da a entender que el que habla (emisor) y yo  (la audiencia) formamos parte de un nosotros y que nos estamos refiriendo a un ellos  como si no nos estuvieran escuchando. Se  trata, en todo caso, de un ellos claramente diferenciado de nosotros (a menos que aparezca algún listo de la RAE y nos informe de que nosotros incluye también a ellos).

Igualmente da a entender que ellos son, en definitiva, los viejos. Unos viejos que no pertenecen al mismo mundo del nosotros. Los unos  pertenecen al mundo que importa mientras que los otros (lo mismo que los niños que aún creen en los Reyes) forman parte de un mundo irrelevante al que ni siquiera por ser adultos el emisor considera sus auténticos interlocutores.

Y por si quedaba alguna duda de quiénes son esos ellos denominados nuestros abuelos, las cámaras se desplazan hasta una residencia de ancianos y preguntan estúpidamente por los Reyes Magos a unas cuantas personas, la mayoría en sillas de ruedas, a la caza de la respuesta pintoresca, perpetuadora de estereotipos sobre las personas de edad avanzada que, por serlo, carecen de poder, de cualquier poder.

Pero en cambio, esas mismas cámaras no abusarían de ese pintoresquismo discriminatorio con el último Rodríguez Sampedro en posesión de una  lucidez afilada, ni con una prestigiosa Margarita Salas o una Carmena (también ella, por cierto, en silla de ruedas). Ni tampoco con un Amancio Ortega, por muy retirado que esté de los negocios. Porque la idea no es esa. La idea y la función de este tipo de mensajes es neutralizar a todo un grupo humano utilizando para hacerlo a las personas que se encuentran en situaciones más vulnerables (enfermos, personas en residencias, jubilados con pensiones exiguas…)

Es cierto que este tipo de lenguaje (de mierda) a veces solo responde a la típica inercia acrítica de los medios de comunicación o a la alienación de todos los que se limitan a repetir como loros lo que oyen… pero también lo es que siempre obedece a los mandatos del poder (el poder únicamente lo es si lo detentan pocos, muy pocos) y dibuja el perfil de una sociedad ciega incluso al creciente empoderamiento de un grupo humano cada vez más mayoritario, que goza de un creciente poder como ente votante (y consumidor) y que ha empezado a decir basta.

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