El poliamor y el sufrimiento de los animales.

Tenía yo un bonito artículo sobre el poliamor casi listo para publicar en este blog cuando El País sacó  el pasado domingo un artículo a doble página sobre las nuevas formas de amor. Eso indica que hay tema, pero también que se me han adelantado, jeje.

El caso es que ese mismo periódico abordaba también el domingo  el sufrimiento animal, algo que consiguió interesarme más. Como el artículo puede ser leído por cualquiera, solo quiero hacer alguna aportación, modesta desde luego,  en dos asuntos:

1. La consciencia y la metáfora del sueño

Para indagar sobre el complicado asunto de la consciencia, el artículo  de Javier Sanpedro propone una metáfora sencilla: la consciencia es lo que se pierde cuando uno se duerme y que se recupera al despertar. Y sí, qué duda cabe de que al despertar  recuperamos cada día  la consciencia de estar vivos.

Tirando de ese hilo se me ocurren unas sencillas  reflexiones (también como metáfora) relacionadas con lo que he tenido ocasión de observar al convivir con varios perros a lo largo de mi vida.

Es verdad que los animales, incluidos  los perros, no pueden decirnos si son conscientes de estar vivos al despertar, es decir si son capaces de diferenciar el  dormir con la vida real y consciente.

Para averiguarlo, propongo fijarse en el hecho de que los perros también  sueñan, algo que sabemos porque mientras duermen  emiten a veces gemidos ahogados  e incluso mueven  las patas de forma refleja. Al despertar, no nos dicen qué han soñado pero podemos intuir que tal vez estaban siendo amenazados por algo que les causaba miedo o angustia y que les provocaba el impulso de moverse.

Nosotros también soñamos a veces con amenazas y sin embargo no  salimos corriendo mientras dormimos, algo que sí haríamos si al despertar (y recuperar la consciencia) nos diéramos cuenta de que por ejemplo, un ladrón está intentando  entrar en nuestra casa.

Al igual que nosotros, si  el can se despertase y notara que alguien intenta forzar la puerta, correría, esta vez sí, a  ahuyentar  la amenaza.

Parece que en ambos casos reaccionamos igual, seguramente porque en ambos casos ambos somos capaces de diferenciar el estado consciente del no consciente.

Este ejemplo me parece interesante,  al igual que otro que nos permite dar fe de su conciencia en una vertiente más “moral”: a veces un perro perfectamente educado para hacer sus necesidades fuera de casa, las hace, por ejemplo, en la alfombra del salón. Lo curioso es que, sea cual sea la razón de ese comportamiento, el animal corre a esconderse inmediatamente.

Esta simple forma de proceder  parece indicar que el animal es consciente de que,  según el código en el que ha sido educado, lo que ha hecho está mal y eso con independencia de que espere recibir un fuerte castigo o un ligero reproche.

Este juego de metáforas y muchos otros  estudios científicos han conseguido que  ya no nos extrañe que el artículo de El País reconozca desde su primera página: “la mayoría de los expertos coinciden: muchos animales, incluidos todos los mamíferos, son conscientes y tienen capacidad para sufrir”.

2. Otra vez el poder desde atrás.

Sin embargo, el artículo citado finaliza con las declaraciones de un científico español que tras afirmar que no cabe duda de que los animales tienen consciencia, sensibilidad y capacidad de sufrir,  pasa a renglón seguido a quitar importancia a su declaración ironizando sobre la tentación de caer en el antropocentrismo, y añade: “Sin embargo, los ratones del animalario, aquí bajo mi laboratorio, no se están preguntando ahora mismo si tienen consciencia”

Y esa es parte de la cuestión, que los  encargados de valorar la capacidad de sufrimiento de los animales ( y su significado )  tienen un animalario en su laboratorio  del que depende su propia supervivencia como investigadores. Por eso dudo de que puedan ser  ellos (inevitablemente juez y parte) los jueces últimos que la sociedad necesita para realizar la valoración definitiva  de un asunto tan grave como éste.

Eso sin contar con el inmenso poder de influencia (ejercido casi siempre “desde detrás”)  de la poderosa industria alimentaria o  farmacéutica, capaces por si solas de  modular la contundencia el resultado de cualquier investigación.

Y qué decir de la tauromaquia, que en línea con la derecha, siempre  defensora de las  industrias poderosas, trata de convencernos de que las corridas son  un bien cultural, dando por sentado que los animales no son conscientes de su propio dolor o el escaso valor  de ese sufrimiento.

Demasiados intereses intentando que no se reconozca de forma rotunda que  lo que estamos haciendo a millones de   animales es grave, cruel, doloroso y terrible.

 

 

 

 

 

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