La Castilla más melancólica.

Isabel y Carlos nos llevan de excursión. El viaje empieza una mañana rara de nieblas y soles alternativos. Nos vamos a celebrar un jubileo y una emoción. Somos once personas unidas por el pasado que giramos en torno a la necesidad de sentirnos vivos.

 

La primera parada es en un pueblo del libro, Urueña, donde la mitad de las librerías están cerradas. Tiene encanto y es agradable pasear por sus callejas pero sus habitantes están ausentes y sólo veo turistas como nosotros. Entramos a la fundación de Joaquín Díaz, ese folclorista sabio y no suficientemente reconocido cuyo trabajo ingente se conserva al abrigo de una casona del s.XVII y una biblioteca. Él mismo está presente yendo de un lado a otro, mayor y venerable. Isa y yo nos compramos una edición recopilatoria donde se incluye la canción de los pajarcitos que tan buenos ratos nos ha hecho pasar en Berbes interpretada por Virgilio.

Después de comer nos acercamos a una iglesia a las afueras, la ermita de la Anunciada, románica con toques lombardos y algún que otro pastiche posterior.

En San Cebrián de Mazote discutimos sobre el calificativo de mozárabe que se le da a una iglesia casi completamente reconstruida, con buen gusto pero poco creíble. Empiezan las risas.

Corriendo casi porque el atardecer se aproxima, nos perdemos camino de Torrelobatón que tiene un castillo del s.XV con una impresionante torre del homenaje. No llegamos a tiempo de visitar el centro de interpretación del movimiento comunero. Pero, a estas alturas, ya tenemos suficientes imágenes evocadoras para comentar.

La noche nos acompaña hasta el hotel donde vamos a cenar y dormir. La anfitriona es una señora peculiar, al principio algo hostil pero a la que nos ganamos con nuestra paciencia. Llega el momento de compartir alimentos para el cuerpo y el espíritu. Larga conversación sobre el arte, muy, muy, graciosa. Reflexiones fantasiosas, imaginación desbordada, afán de polemizar. Isabel nos abre su corazón y nos cuenta la emoción estética e intelectual que le provoca el objeto material de la excursión: visitar la iglesia de Santa María en Wamba.

A ello vamos la mañana siguiente. Es una iglesia con relato. Una historia en piedra que va desde el pecado original hasta la muerte y el paraíso. Que nos habla del afán de inmortalidad del ser humano y de la necesidad de afirmar “yo estuve aquí”. Esto lo vi gracias a mi amiga que me lo contó y me hizo ver los detalles. La vida de la iglesia empezó con los visigodos y aún no ha terminado. Permanecer a pesar de la devastación del tiempo y la indiferencia expresados en un sarcófago de piedra deteriorado y a la intemperie que, supuestamente, albergó los restos de Recesvinto.

Como Castilla. Prendida en la melancolía de quien fue y ya no es. Te das de bruces con esta idea en la plaza de la Villa de Arévalo. Parece Siena sin poderío. Es majestuosa y a la vez solitaria. Sus pórticos son hermosos pero tristes. El espacio diáfano pero amenazante. Y comenzó a caer aguanieve.

Tierra de Campos, llena de historia aunque abandonada a su suerte. Paisaje llano pero en absoluto amable.

Sin embargo fue amor lo que nos reunió en torno a Isabel y Carlos. Generosidad de compartir con los amigos y amigas escenarios, sentimientos, pensamientos y emociones.

Gracias

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