La viejecita del autobús

Lleva el pelo blanco recogido en una cola de caballo, ni rastro de peluquería. Camina encorvada, con las caderas vacilantes, apoyando las manos deformadas por la artritis en el carrito de la compra. Afortunadamente encuentra un sitio donde sentarse en el autobús que atraviesa tres distritos y tres clases sociales. Se apea media hora después en la parada enfrente del gran supermercado low-cost. Nada de comercio de proximidad, nada de comer fresco y sano. Hay que comer barato dado el monto de las pensiones, con suerte.

Como ella, muchas mujeres mayores cogen autobuses inestables para ir al mercadillo, al super, al hospital. La mayoría solas, cargando bultos y carritos, aferrándose a bolsas de plástico donde llevan lo del médico. Solas. Mayores. Una vez una de ellas me contaba que vivía en una tercera planta sin ascensor, ochenta años, y tenía que subirla y bajarla tres o cuatro veces cada día. Muchas son viudas, otras solteras. Todas pasan su día a día con dolores, trajinando, esperando una llamada. Otro día acompañé a su casa a una que se desorientó en el trayecto de vuelta al barrio y no sabía cuál era su parada y dónde vivía. Bajé con ella y fuimos recomponiendo entre las dos el mapa que se le había borrado. Porque se había hecho de noche.

¿A quién le importan? ¿Qué campaña electoral las tiene en cuenta? A nadie. Ninguna.

Su única posibilidad, como la de tantas otras personas que viven en los barrios más humildes donde la abstención es mayoritaria, es que se consiguieran fortalecer las redes de ayuda, de vecinos amparados por unas instituciones públicas que fueran sensibles ante el desamparo y la pobreza.

Pero no se hace política para los nadies. Ni en los discursos, que no entienden, ni en las actuaciones que no revierten la miseria. Por eso se abstienen, porque creen que no va con ellas y ellos. Y quizás ,que tengan razón, es el gran agujero negro de la izquierda.

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