Querido diario, psicología electoral

(Piaget)

Gente agitando como loca un trozo de tela, gente gritando a gente en un balcón, gente celebrando lo que hoy no les repercute, gente que ha perdido cuatro amigos y dos familiares por introducir un sobre con el nombre del “enemigo”, gente varia y diversa que me recuerdan que no tuve una asignatura de psicología electoral, ¡Que necesaria hubiera sido!

Querido diario, yo que he estudiado la mente humana, los procesos de razonamiento (los más primarios y los más expertos), la psicología de grupos, yo que he visto cosas que nadie creería y he escuchado lo no imaginado me he encontrado estupefacto en las últimas semanas. La locura electoral a mi alrededor no llego a captarla en toda su esencia, me supera, me deja exhausto.

Largo y tendido te podría hablar sobre ello querido diario, a ti que no me causarás ningún problema te diga lo que te diga, algo difícil de encontrar hoy en día. Hablar de política en sociedad es como jugar al buscaminas: marcas una casilla, es decir, dices un comentario sin trascendencia y observas si te sale un uno, un dos, un tres, un cuatro o un cinco. Observas el número de minas que salen entre tus interlocutores y ante la amenaza de saltar por los aíres te refugias en tu interpretación del silencio.

Te reconozco diario que en ocasiones siento envidia de los políticos, ¡como me gustaría aplicar las soluciones tan fáciles y sencillas que ellos promulgan! Lo visualizo: ese paciente con una depresión distímica al que hago regresar al polo bueno tras recetarle una bandera en su salón o esa persona preocupada por su bipolaridad a la que le digo que deje de preocuparse que no es un problema grave y que además puede triunfar en política. Que bonito sería ese mundo en el que los problemas de fondo se arreglan a golpe de lemas vacíos de contenido.

Y luego, reconoceré un deseo oculto, a mitad de camino entre la curiosidad malsana y el deje profesional: ¡Como me gustaría sentar a los candidatos varios en un diván! Profundizar en esa masculinidad ofendida, en el deseo de éxito que disfraza el miedo a un fracaso mal interpretado, en esa mediocridad escondida entre el poder… ¡Como me gustaría ver detrás de las máscaras a las que hemos votado!

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