Querido diario, por 35 euros prefiero irme a leer a casa

(El fotógrafo)

Desde luego, los fotógrafos freelance (casi todos los fotógrafos) llevamos una vida algo arrastrada. ¡Me acaban de proponer un trabajo “estable” de 35 euros al día! Eso hace 700 al mes y de ahí hay que empezar a descontar impuestos y costes… Para vengarme, me he dado un atracón de mi último Houellebeq, Serotonina (Anagrama, enero 2019).  Me parto con este tío porque sintonizo inmediatamente con su cínico sentido del humor. Me seduce cómo se expresan sus personajes, pasando de la sinceridad a la broma en un centímetro, mezclando en la misma frase registros antagónicos y  sembrando densamente el texto con guiños que me regocijan. ¿Cinismo regocijante?

«… Yo había previsto nuestra primera escala en el parador de Chinchón, era una elección poco discutible, los paradores en general son poco cuestionables, pero este, en particular, era encantador, asentado en un convento del siglo XVI, las habitaciones daban a un patio embaldosado donde manaba una fuente, en todos los corredores y en la misma recepción podías sentarte en magníficos sillones españoles de madera oscura. Yuzu se acomodó en uno y cruzó las piernas con esa altivez hastiada que le era habitual, y sin prestar la menor atención al entorno encendió su smartphone, dispuesta de antemano a protestar porque no había cobertura. Había cobertura, lo cual era más bien una buena noticia, la tendría ocupada durante la velada. Pero tuvo que levantarse, no sin mostrar indicios de irritación, para presentar ella misma su pasaporte y su permiso de estancia en Francia, y para firmar en los lugares indicados, tres en total, de los formularios que le entregó el encargado del hotel, la gerencia de los paradores conservaba extrañamente una faceta burocrática y puntillosa, absolutamente inadaptada a lo que debe ser en el imaginario turístico occidental la recepción de un hotel con encanto, los cócteles de bienvenida no existían, la fotocopia de los pasaportes sí, probablemente las cosas no habían cambiado mucho después de Franco, aun así los paradores eran hoteles con encanto, eran incluso el arquetipo casi perfecto, todo lo que aún se mantenía en pie en España, desde los castillos medievales hasta los conventos renacentistas, había sido convertido en parador. Esta política visionaria, practicada desde 1928, había adquirido su verdadera dimensión un poco más tarde, con la llegada al poder de un hombre. Francisco Franco, independientemente de otros aspectos a veces objetables de su acción política, podía ser considerado el verdadero inventor a escala mundial del turismo de lugares con encanto, pero su obra no se detenía ahí, ese espíritu universal sentaría más adelante las bases de un auténtico turismo de masas (¡pensemos en Benidorm!, ¡pensemos en Torremolinos!, ¿existía en el mundo, en los años sesenta, algo comparable?), Francisco Franco era en realidad un auténtico gigante del turismo, y es con esta vara con la que acabaría siendo valorado, cosa que ya empezaban a hacer algunas escuelas de hostelería suizas, y, de un modo más general, en el plano económico el franquismo había sido recientemente objeto de estudios interesantes en Harvard y Yale, que mostraban cómo el caudillo, presintiendo que España nunca llegaría a subirse al tren de la revolución industrial que, preciso es decirlo, había perdido totalmente, había tenido la audacia de quemar las etapas invirtiendo en la tercera fase, en la fase final de la economía europea, la del sector terciario, el turismo y los servicios, dando así a su país una ventaja competitiva decisiva en el momento en que los asalariados de los nuevos países industriales, al acceder a un poder adquisitivo más alto, deseasen utilizarlo en Europa, ya en el turismo de lugares con encanto, ya en el de masas, de acuerdo con su posición social, aunque por el momento no había ningún chino en el parador de Chinchón, un par de universitarios ingleses de lo más corrientes aguardaban su turno detrás de nosotros, pero los chinos llegarían, vaya que si llegarían, no me cabía la menor duda a este respecto, quizá lo único que había que hacer era simplificar las formalidades en la recepción, las cosas habían cambiado, se tenga el respeto que se tenga y se deba tener por la obra turística del caudillo, era poco probable que ahora espías llegados del frío pensaran en infiltrarse en las huestes inocentes de los turistas normales; los espías llegados del frío a su vez se habían convertido en turistas ordinarios, a semejanza de su jefe, Vladímir Putin, el primero de ellos…»

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