Querido diario, la culpa es de los otros

(Piaget)

El otro día caminaba por la calle sin mirar al frente y atendiendo a un insustancial email (o quizás revisando algún insustancial tweet de alguien) cuando, sin previo aviso, me golpeé contra una farola y ¡no me rompí la nariz de milagro! Tras el susto inicial maldije al culpable de mi accidente: ese hombre o mujer que decidió poner la farola en ese preciso lugar. Continué mi camino y tras entretenerme tomando un café y leer una revista de psicología llegué una hora y cuarto tarde a una cita con un amigo. A mi llegada mi amigo me recibió con aspavientos y me culpó de llevar esperando mucho tiempo. Incrédulo ante su reacción le contesté que la culpa era claramente suya por haber llegado a la hora indicada.

Para completar tan aciago día al regresar a casa mi pareja también me recibió con ademanes y comentarios críticos ya que no había limpiado los platos de la comida. De nuevo, incrédulo ante el curso de los acontecimientos le comenté que no dijera tonterías ya que en ningún momento me había indicado que debía realizar la acción que ahora me exigía por lo que clara y meridianamente la culpa, en el supuesto problema, era solo suya.

¿Qué sería de nuestras vidas sin el bendito comodín de la atribución externa?, ¿cómo de dañada quedaría nuestra autoestima sin la excusa de que ha sido el otro?, ¿cuánto se resentiría el en muchos casos ilimitado ego sin poder creer que la culpa es del contrario?, ¿cómo sería la vida si aprendiéramos lo que es la autocrítica?

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