Querido diario, la activista no piensa mirarse el ombligo.

Anda la izquierda sociológica como la chica de la foto, desolada al borde del precipicio.

Hay quienes echan la culpa del fracaso a la fracción opuesta a la suya y a los pactos de unas minorías que se disputan la pureza de la lucha. Hay quienes consideran que una parte de las votantes que no les han votado son culpables de falta de realismo y de preferir el cuanto peor mejor. Hay quienes piensan que todos son culpables por igual.

Y mientras tanto, el fascismo lo tiene claro: todos a una en defensa de nuestros intereses.

Y luego está el pueblo soberano. Hay una realidad tozuda que no nos gusta nada pero que está ahí con números y votos: En Madrid hay más gente que se ha tragado el pensamiento neoliberal que la que no, o no del todo. Y hay un porcentaje alto de la población que no siente que su voto vaya a cambiar nada su vida cotidiana y que, a lo peor, son los más lúcidos.

Y sobre estos dos grupos tenemos que pensar. ¿Por qué y cómo? ¿Cómo contribuimos a ello? ¿Qué tendríamos que hacer para combatirlo?

¿Somos suficientemente antifascistas y anticapitalistas y antiracistas y feministas? ¿Entendemos suficientemente que la lucha no se puede fragmentar ni en lo epistemológico, ni en lo pragmático? ¿Vivimos vidas coherentes con lo que proclamamos? ¿Sabemos y sentimos dónde estamos posicionados en la lucha por la erradicación de la desigualdad?

En fin. Muchas preguntas y mucha reflexión por delante.

Pero activismo viene de actividad y es una actitud. Hay que salir del sofá, recoger los pañuelos llenos de mocos, ponerse en forma y resistir. No vale deprimirnos, no vale seguir discutiendo quién tiene la culpa, no es eficaz regodearnos en nuestro fracaso.

«A la calle que ya es hora

de pasearnos a cuerpo

y mostrar que pues vivimos

anunciamos algo nuevo»

Yo empiezo mañana mismo.

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