Las transiciones del postcapitalismo

Cuando todo cambia es que estamos en transición. Kosmopolis es la bienal del festival de la literatura en sentido amplio que lleva ya diez ediciones organizadas por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. En la presente, titulada “Relatos que mueven el mundo”, se dieron cita un grupo internacional de nuevos teóricos que se centraron en analizar las Transiciones del Capitalismo.

El planteamiento equivalía a rearmar el discurso de la nueva izquierda, aunque su principal conclusión podría ser que las transiciones del capitalismo van para largo. El capitalismo surgió en el siglo XVI para sustituir al feudalismo que procedía del siglo IV y empezó a cambiar el modo de producción en el siglo XII con las comunicaciones y transportes. Puede que solo llevemos dos siglos de transición hacia algo que aún no sabemos que es. Largo también es el proceso que transita entre la galaxia Gutenberg y la galaxia Digital. Mientras tanto, los relatos se han fragmentado por el posmodernismo, pero aún no se han desvanecido como parecía apuntar el postdigitalismo cultural. Más bien al contrario, todo es susceptible de convertirse en relato, es decir, en historias, narraciones, ficciones, críticas… y en este escenario lo mejor que se nos brinda es reinventar aquellos relatos que mueven el mundo. Los relatos que nos hacen reflexionar tratando de dibujar el futuro. Por ello casi todos los participantes en Kosmopolis 19 coinciden en la urgencia de que el coste ecológico y la igualdad de género deberán ser pilares fundamentales de los programas de una nueva izquierda.

El postcapitalismo

La cultura del postcapitalismo habla de la revolución feminista y la igualdad de género, la física cuántica, el cambio climático, el postrabajo, conformando un corpus heterogéneo que va del aceleracionismo tecnológico – partidario de fusionar cuanto antes lo humano con lo digital-, hasta el relato de los riesgos que supone esa humanidad aumentada sin control por las tecnologías que dominan el mundo. El supergalardonado periodista y escritor británico Paul Mason, autor de Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro, advierte que esta civilización ha llegado a su fin y ahora vivimos la transición a un nuevo sistema basado en las nuevas tecnologías y la reestructuración del trabajo.

Como el resto reclama una nueva forma de pensamiento radical, aunque para ello tengamos que volver al socialismo utópico. Y coincide conel economista estadounidense Jeremy Rifkin, al predecir el fin del trabajo tradicional y que muchos productos y servicios serán casi gratuitos. Por eso, también coincide con los demás participantes en que el nuevo modelo deberá ser cooperativo frente al modelo del lucro individual. Mason afirma que asistimos a un choque entre tecnologías y sociedad, porque las primeras se desarrollan a mucha mayor velocidad que la segunda, por eso la sociedad se enfrenta a retos y desafíos tan importantes como la amenaza del cambio climático, que niega ahora una extrema derecha en auge. Porque, aunque no sabemos aún hacia dónde va esta transición, el camino va a estar lleno de sobresaltos y retrocesos. O avanzamos hacia un modelo colaborativo superador del capitalismo o nos vemos avocados a un futuro distópico, un feudalismo tecnológico multiplicador de las desigualdades.

Por ello, al final, todos los participantes acaban girando la vista hacia el Estado: el principal responsable sostenedor de esos movimientos radicales que van más allá de los mercados. Serán propuestas que deberán surgir de la sociedad civil como, por ejemplo, el Green New Deal para abordar el gran problema que amenaza el planeta.  “Hay que luchar para salvar el planeta”, dice Paul Mason, para citar al bolchevique heterodoxo Alexander Bogdanov, quien ya en 1908 profetizó que “Aunque triunfara el comunismo habría que seguir gestionando el planeta”. Pero de momento lo único que ha sustituido a la certificada muerte lenta del neoliberalismo es un nuevo capitalismo más radical, y en el actual ambiente de abundancia tecnológica y mercantil lo que resurge ha sido una derecha fascista, nacionalista, populista, xenófoba y misógina, que está negando el cambio climático.

El postrabajo

Respecto a la reestructuración del trabajo provocada por la robotización, la joven pareja de la Universidad de Londres formada por Helen Hester y Nick Srnicek, autores del “Manifiesto aceleracionista” avanzan unos apuntes sobre esta nueva era del postrabajo. Ya hemos dejado atrás con la crisis del modelo de reproducción social el viejo paradigma del capitalismo liberal.  La incorporación de la mujer en el mundo laboral era un factor con el que el estado del bienestar no contaba, ¿quién se encarga ahora del trabajo doméstico, la reproducción y los cuidados? «Las familias ricas sostienen esta situación con la privatización de la reproducción social contratando, principalmente, a mujeres inmigrantes para trabajar como niñeras, cuidadoras o limpiadoras«, explica el economista y escritor Nick Srnicek. «Las mujeres de las familias pobres cuidan a las familias ricas, pero ¿quién se ocupa de cuidar a las familias pobres?». Para que no se acabe consolidando la división de género es necesario un modelo paritario, que requiere distribuir a partes iguales el ámbito público y privado entre los dos miembros.

El trabajo productivo está siendo desplazado. Los robots se están convirtiendo en los principales trabajadores. Pero en esta corriente habrá que evitar la división entre los trabajos remunerados y los no remunerados, y también entre los trabajos productivos y los de asistencia, de atención a las personas, que lo único que pueden hacer es consolidar la división de género, y por otra parte la precarización. Como jóvenes voluntaristas y emprendedores que son los dos académicos londinenses proponen convertir la pérdida incesante de puestos de trabajo en una oportunidad de futuro: “hay que entender el trabajo como el problema no la solución”. Para ello hay que superar el estatus quo a través de un activismo social que proponga políticas de postrabajo. «Nuestra propuesta de modelo post-trabajo incluye tres puntos esenciales: la automatización del trabajo doméstico, una reducción de nuestros estándares sobre el ámbito doméstico –tener una casa limpia, pasar tiempo con nuestros hijos, ser hospitalarios con nuestros invitados…– que nos permita distribuir el tiempo según nuestra voluntad y, por último, repensar la organización de la vivienda«, añade.

El estudio de Hester y Srnicek propone revisar la organización del espacio doméstico, que asociamos a la familia nuclear convencional. Una de estas ideas es la formación de comunidades, donde los cuidados sean compartidos sin distinción de género. En definitiva, menos tiempo de trabajo, viviendas colectivas y uso comunitario frente al privado. Pero ello también requiere una respuesta del Estado. Así que son necesarios sus recursos para avanzar en el postrabajo. Su sistema deja abiertas muchos interrogantes porque aún no sabemos hasta dónde puede llegar la economía del nuevo capitalismo. ¿Qué pasa con el tercer mundo a donde no llegan las nuevas tecnologías? ¿Qué pasa con el auge de la extrema derecha que regresa culturalmente a las tradiciones?

La siliconización del mundo

El autor francés de moda Eric Sadin alerta contra La siliconización del mundo. Este nuevo modelo económico es el de las plataformas on line que ya ha sido extendido desde USA a Europa o Asia y que está basado en la nueva economía de las aplicaciones. Google ya ha cambiado el mundo hacia la mercantilización de las relaciones humanas. Se trata de la hegemonía del algoritmo, que nos acompaña en nuestra vida haciendo una recogida masiva de datos. El futuro industrial es la empresa 4.0, la empresa en tiempo real, que no necesita del tiempo de la gestión, no necesita recursos humanos imperfectos y lentos.

La tecnología ya nos está hablando. Siri, Google Home, se han metido en nuestra casa y nos dicen cómo podemos estar mejor. Todo esto construye un nuevo capitalismo autoritario: a través de la Inteligencia Artificial nos dice como tenemos que actuar. Un capitalismo que pretende entender todas nuestras expectativas vitales para luego decirnos como tenemos que actuar, dirigirnos. La Inteligencia Artificial es la verdad, no se equivoca nunca, pero nosotros humanos sí. Vivimos en la época de la posverdad, pero concebimos la Inteligencia Artificial como la verdad que nos dice que somos imperfectos porque no somos tan tecnológicamente inteligentes.

Un paso más inquietante es la intervención de Libby Heaney, artista y profesora británica en el Royal College of Art. Investigadora en computación cuántica, experimenta con el uso de la inteligencia artificial en las relaciones humanas. Heaney presentó su instalación más llamativa, Lady Chatterley’s Tinderbot, un robot de inteligencia artificial que interactúa con usuarios de la aplicación Tinder que buscan pareja. Cada respuesta del robot corresponde a una cita de la novela de D.H. Lawrence, Lady Chatterley. El amor en la era postdigital convertido en unos bots o programas informáticos que acabaran dominando también el mundo sentimental.

Pero quién habla

Pero es la joven filosofa catalana Marina Garcés, autora de La nueva ilustración radical, quien responde directamente a esta ideología de la siliconización. Después de esa dominación de nuestras vidas, comprobamos que ese sistema ya no necesita integrar o seducir a todo el conjunto de la población, a la totalidad de la sociedad, y que se permite dejar fuera de su sistema a colectivos rechazados, descartables, abandonados, heridos… Son los que no están integrados ni procesados por el nuevo sistema totalitario. Solo ellos hablan por sí mismos. Movimientos radicales que diariamente se rebelan en las ciudades y en los barrios.

Para Marina Garcés, ese régimen de la dominación no puede responder a la pregunta ¿Quién habla? Precisamente esa pregunta nos hace humanos en ese mundo tecnopolítico de los posthumanos. Es decir, ¿quiénes somos? Por eso, ese mundo no tiene respuesta, no puede responder a esa pregunta porque utiliza lo que denomina la ventriloquia del poder, porque habla por nosotros. La ventriloquia de esa ficción de la autoridad basada en el algoritmo: el discurso ventrílocuo del poder, donde las dos grandes leyes naturales son la económica y la tecnología, cuya expansión predice la cuarta revolución industrial como un tsunami que va a acabar con todo.

Por eso hay que preguntar al algoritmo, quién habla a través suyo, porque habla una trama de poder y de intereses. Y con esa pregunta estamos descubriendo el proyecto totalizador. Un totalitarismo que deja fuera a los rechazados. Ese mundo de descartados, heridos, abandonados por el sistema, que sí responde, que sí son identificables. Para Marina Garcés, la nueva ilustración radical es el nuevo fantasma que recorre el mundo, y recuerda a Noemi Klein en su libro sobre Puerto Rico, donde describe como se ha constituido un criptopoder, donde se ensaya una criptosoberania. Donde ya no se trata de quien gobernara la isla sino de que soberanía se trata.

El Pragmatismo Histórico

El más pragmático es Richard Sennett. Ese veteranísimo sociólogo norteamericano que ha trabajado en el MIT, la London School of Economics, la universidad de Harvard y en la ONU. Con una extensa obra, hoy es uno de los principales teóricos actuales de las ciudades y ante todo se define como un consultor de planificaciones prácticas. En definitiva, uno de los maestros del pragmatismo norteamericano. Esa corriente que ha tratado de unir el análisis filosófico con la práctica concreta, la ciencia y la vida cotidiana. A estas alturas de su vida su único interés reside en concretar formas resolutivas de convivencia entre los diferentes, frente a las grandes teorías urbanísticas realizadas desde arriba por expertos iluminados.

Para Sennett el capitalismo hegemónico quiere imponernos la misma ciudad. Al presentar en Kosmopolis19 su nuevo libro “Construir y habitar. Ética para una ciudad’, afirma: «Me interesa cómo las personas se mezclan y no creo que sea tan importante si mantienen o no un diálogo entre ellas. Se le ha dado demasiada importancia a la comunicación verbal y las comisiones de los organismos internacionales están llenas de declaraciones de intenciones un tanto huecas. Creo que es mucho mejor que varios colectivos vivan juntos físicamente, porque el cuerpo está diciendo algo mucho más claro que las palabras. Prefiero eso que la idea de que los ciudadanos deben vivir en entornos separados para evitar los problemas como propugna Trump» Por eso no le importa que, por ejemplo, en el Eixample barcelonés -que sigue exaltando como ejemplo de urbanismo humanista- donde reside una importante comunidad china, los catalanes no puedan hablar fácilmente con esos habitantes por el desconocimiento de la lengua.

Sennett cuestiona desde su mayoría de edad que organismos como la ONU centren esfuerzos en obligar a entablar diálogos para llegar a comprender al otro “cuando los esfuerzos deberían ir a obligar a convivir: el cuerpo es la clave para construir la ciudad; la clave de la comunicación en las urbes es lo que se hace, por más incompleto o ambiguo o complejo que sea lo que se hace” Propone localizar nuestra atención frente a la globalización porque el capitalismo hegemónico acaba imponiendo la misma ciudad que es como Shangai o Nueva York. La tecnología es su arma de estandarización. Y alerta contra la falta de compresión: “la causa de los alquileres altos está más, en muchos casos, en la pequeña burguesía de las ciudades que en las grandes corporaciones; la respuesta a eso no es destruyendo a Bill Gates”

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