Querido diario, cuanto peor, mejor

(Piaget)

Su mujer está en coma. Una desgracia que, sin embargo, es fuente de felicidad. La vecina le provee con deliciosos bizcochos, el dependiente de la tienda le otorga un trato prioritario, su entorno le presta atención en lugar de la habitual indiferencia. Pero entonces, ocurre una desgracia: ¡la mujer despierta del coma! El delicioso bizcocho ya no es posible por falta de tiempo, se convierte en un cliente más y a su entorno su vida le importa tan poco como la de los demás.

Un retorcido desarrollo argumental (al que aun le quedan varios giros más) que me encontré hace varias semanas en una película griega llamada “Pity” y que me ha hecho reflexionar sobre mi vida en consulta y fuera de consulta. ¿Cuántos de mis pacientes solo necesitaban una persona que les escuchara?, ¿cuántos ellos tan solo sufrían un narcisismo exacerbado?, ¿Cuántos sintieron una punzada de tristeza al indicarles que la terapia ya no era necesaria?, ¿a cuantos les podría haber sacado varias cientos de euros más si mi moral y ética fuera menor?

Eso en la consulta. Pero ésta no es una realidad ajena a lo que sucede fuera. ¿Cuántas personas necesitan la queja para dar sentido a su día a día?, ¿cuantos hipocondriacos del drama cotidiano tenemos a nuestro alrededor?, ¿cuántos no consideran una opción contestar “bien” a la pregunta de cómo se encuentran?, ¿cuántos trabajadores tendrían muchas horas por llenar si abandonaran por un día su toxicidad?, ¿cuántas personas parecerían mudas sin sus quejas constantes?, ¿cuántos políticos serían aún más inútiles (¡si es que eso es posible!) sin el refuerzo de lo negativo?

Pero dejaré de quejarme. A fin de cuentas es mejor que la gente se queje, mi consulta no se mantiene sola y mis “amigos” trileros de la autoayuda también tienen derecho a alimentar a sus familias.

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