Desenmascarar la mentira, un reto ineludible.


Hace unas semanas  surgió en el seno de Anomalías cierta polémica sobre si debíamos mantener el lema con el que abrimos el blog, lema que giraba en torno a la idea de que la opinión, construida y expresada sin censuras, contribuye a  la libertad.

Mario  G. de Castro expuso recientemente sus dudas sobre este asunto en un artículo bien fundamentado en el que describía las claves de la posverdad que se ha apoderado de la comunicación actual para terminar lamentando la expansión de la “opinión” como instrumento capaz de desdibujar  la realidad y sustituir a la verdad, amparándose  en la subjetividad.

Y es cierto que es descorazonador ver la avalancha de programas de radio y TV  que, basándose en la opinión de “tertulianos” y “expertos” sustituye a la información o, sencillamente,  cambia la realidad  gracias a una cháchara inconsistente, mentirosa, demagógica y fiel siempre a una ideología y unos intereses concretos de los que muchos de esos “opinadores” forman parte al pertenecer a alguna de las redes clientelares tejidas al efecto.

Pero los que se llevan la palma son los políticos que mienten sin rubor repitiendo sus interesadas falsedades hasta dotarlas de entidad suficiente para ser sometidas a la palabrería  de los tertulianos, que llegan a validarlas al proporcionar la categoría de “opinable” a lo que solo son  flagrantes mentiras. Eso, además de  proporcionar a dichas falsedades  la categoría de “fuentes”, lo que les sirve para justificar su  inclusión en la agenda informativa del día a día.

De nada sirven ya los Fast-chek, las hemerotecas, malditas o no, ni los informes reputados basados en investigaciones y datos. Todo es inútil. Si alguien lanza la opinión  de que el cambio climático no existe y se  repite en los medios un número suficiente de veces de nada servirá la verdad sustentada en la ciencia, y la opinión, siempre interesada, suplantará a la verdad.

Así que  puede que no sea muy acertado mantener nuestro  lema en esta época nuestra en la que la opinión de periodistas y expertos así como de los nuevos agentes que habitan las redes sociales   han dejado de ser una base fiable para estar bien informados o para contribuir al formación de nuestro  propio criterio.

El empeño de no someter la propia opinión a autocensuras inducidas es una victoria pendiente

Sin embargo, también tengo la impresión de que si cambiamos nuestro lema temerosos de hacer  el juego a los que alimentan este endiablado y gigantesco círculo viciosos que trata de ocultar la verdad, estaremos dejando de dar una batalla necesaria.

Porque aunque a veces nos olvidemos de ello,  la libertad para expresar la opinión o el empeño de no someterse a autocensuras inducidas  es una victoria pendiente en muchas sociedades (en realidad, también en la nuestra)  donde periodistas o simples ciudadanos y ciudadanas pierden el trabajo, la libertad o incluso la vida por ejercer esa libertad.

Por eso me pregunto si no deberíamos ser precisamente nosotros, que elegimos abrir un blog para expresarnos  libremente, los que nos empeñemos en la defensa  de un medio en el que las opiniones huyan de los argumentos tramposos, que estén fundamentadas sin temer por ello la osadía, lo  políticamente incorrecto o la provocación.

Me pregunto si en vez de cambiar, no deberíamos comprometernos con debates  leales a la verdad y ajenos al sectarismo, debates  sustentados en opiniones capaces de desvelar lo oculto para acercarnos a la verdad.

Si no deberíamos comprometernos con el desmantelamiento de las factorías de la nueva  propaganda que persigue, como siempre ha hecho, el control de nuestras mentes.

Pensémoslo.

Pensemos si hay que dar la batalla por la opinión y desenmascarar la mentira, el clientelismo, la autocensura y la propaganda.   

Pero sobre todo, démosle una vuelta a cómo hacerlo.

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