Evaluar, calificar, etiquetar

A principios del mes de mayo, se va a someter al alumnado a las llamadas “pruebas de evaluación diagnóstica” en los cursos de 3º y 6º de Primaria. Acabamos, además, de tener la evaluación del segundo trimestre por lo que nuestras cabezas están llenas de criterios, controles, observaciones, notas, boletines, risas y lágrimas y mis labios de herpes.

Necesito reflexionar sobre la evaluación, lo necesitamos en realidad toda la Comunidad Educativa, pero ni la organización ni los tiempos nos lo permiten.

¿Para qué las pruebas diagnósticas? ¿En qué benefician al alumnado?. Desde mi punto de vista son una medida política para hacer ver que se está al tanto de lo que sucede y que se recaban datos para mejorar la educación. Ah sí, y para señalar qué centros cumplen con los estándares y cuáles no. Y luego filtrarlo convenientemente. La nota individual se traslada al expediente del alumno o alumna sin tener en cuenta que las pruebas son sobre competencias adquiridas pero, en la mayoría de los casos, no se puede trabajar por competencias sino por contenidos.

Esto último quiere decir que se enseñan contenidos, muy inflados en la LOMCE, pero no da tiempo a trabajar de manera que las criaturas sepan aplicarlos a problemas o situaciones reales. Eso requiere un planteamiento globalizado de las enseñanzas y aprendizajes y un respeto a los tiempos y la individualidad de cada alumno o alumna.

Luego, en el momento de las evaluaciones ordinarias, se nos exige calificar con un número lo conseguido. La calificación significa “Asignar a alguien un grado de una escala establecida, mediante una denominación o una puntuación, valorando el nivel de suficiencia o insuficiencia de conocimientos o formación mostrados en un examen, un ejercicio o una prueba.”

¿No bastaba con decir si el alumno o alumna progresa adecuadamente a sus objetivos personalizados y explicar qué sabe, o que necesita mejorar y explicar el plan para la mejora? La evaluación se puede enfocar desde distintos puntos de vista: desde el paradigma cuantitativo donde el foco se pone en los productos observables, desde una perspectiva cualitativa donde se evalúa también el proceso o desde un modelo crítico donde intervienen el diálogo y la autorreflexión.

Indudablemente, un control y un 4 o un 8 son productos que no tienen en cuenta el sinfín de cosas que pasan en el proceso de aprendizaje: la personalidad de cada quién, las dinámicas del grupo, la influencia de las decisiones organizativas y de las compartimentalización de aprendizajes y momentos. Se me dirá que eso también se recoge en la nota. Pero yo veo la influencia que el medio ejerce sobre las criaturas que se pavonean ufanas con su 9 o estallan en lágrimas con el 4. “Mi madre me va a matar”, “me lo van a quitar todo” (se refieren a los gadgets electrónicos). No siendo conscientes del por qué de esa nota, de cuál ha sido el proceso , sino considerando el resultado como una especie de lotería donde su autoestima sufre vaivenes como una barca en una tormenta.

Y, ¿dónde quedan los buenos momentos? ¿Los abrazos, las risas, los cariños, los consuelos? ¿Detrás del 7? “¡Me encantan las fracciones!” “¡ Esto si que mola!” no es lo mismo que “Este niño es de nueves”. “No tengo problemas con ella, lo menos que saca es un 8”.

¿Merece la pena que lloren en la escuela?

Yo soy partidaria de una evaluación ponderada, que incluya al alumnado y que no ponga la carga en los controles y números. Como funcionaria, estoy obligada a pasar las pruebas diagnósticas al alumnado. Las familias y las niñas y niños son libres de no hacerlas. Decir no a un sistema perverso que no respeta a nuestras criaturas, resultadista y engañoso, empieza por negarse y terminará, si nos lo proponemos, en poner, por fin, al alumno y alumna como centro del aprendizaje.

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