“Decreto el estado de felicidad permanente.”

En una de esas sobremesas veraniegas en las que se  discute sobre lo divino y lo humano, ha surgido el tema de los líderes. Eso me ha servido para reflexionar sobre mi alergia a esa figura, asombrarme de las posiciones ajenas y retomar viejas ideas que me condujeron por el camino que me ha hecho ser lo que soy.

Retomo pues las ideas antiautoritarias que orientaron mi primera juventud de la mano de Freud (matar al padre) Wilhelm Reich (la revolución sexual), Eric Fromm (el miedo a la libertad) o Simone de Beauvoir (lo siento, pero yo no soy lo otro). Retomo mi simpatía  por  el movimiento hippie, contracultural, libertario y pacifista y por el mayo francés…una época en que la revolución a la que yo aspiraba no era solo social sino también, y quizá sobre todo, personal.

Durante un tiempo, de la mano de lecturas decisivas  y una juventud rabiosa, emprendí un camino de liberación personal que me llevó a ciertos excesos pero que a la larga me ayudó a conocerme a mí misma y a enfrentarme a los desafíos que habría de plantearme la vida.

Creo que lo más difícil de aquel proceso fue la ruptura con la autoridad (interna y externa), sobre todo porque se llevó a cabo durante  la dictadura de un estado católico, con una educación religiosa  y en el seno de una familia tradicional (como lo eran casi todas por entonces por pura necesidad)

No todo fue en vano 

Casi lo había olvidado, pero es de esa época llena de ideales luminosos y música increíble de la que he sacado la fortaleza necesaria para vivir.

Reconozco, no estoy ciega, el  fracaso personal y colectivo de aquellos movimientos, pero quizá no todo fue en vano. Personalmente  me  quedaron algunas cosas extraordinariamente valiosas: la idea de la felicidad como arma revolucionaria, el rechazo a líderes  y libertadores, un razonable control del miedo a decir NO, una fascinación por la creación en sentido amplio y un feminismo esencial.

Dejo aquí algunas consignas del 68 que me inspiraron (anónimas en su mayoría) y que permitirán a mis amigos y amigas comprender por qué no simpatizo con los líderes y por qué mi ideal revolucionario (aunque mejor mutación que revolución) es aquel en el que no son necesarios.

Como las olas del mar

Reivindico una forma de mutar juntos que se contrapone a la idea de cuña o pirámide, en la que el líder ocupa el vértice y marca el camino.

Mi símil se parecería más a olas del mar que, juntas, distintas, insistentes… van señalando la línea de las  mareas y hasta son capaces de marcar  los movimientos a la luna; pueden ser  olas bravías que arrancan de cuajo mástiles y poderosos puertos de hormigón y cálidas y envolventes como el amor. Un empeño colectivo, igualitario, en el que cada uno, en su diferencia, aporta lo que es sin dejar de serlo. Sin tener que suspender el pensamiento propio para no entrar en colisión con el del líder, lo que sería desastroso desde todos los puntos de vista.

Creo que así sería más fácil construir realidades duraderas, hechas de convencimiento y  no de fe ni de sumisión interesada.

Organizaciones  cuyos mensajes se transmiten con actos y no a través de líderes, son las que hoy marcan el futuro

Y también entenderán por qué encuentro  lo mejor de la lucha de nuestros días  en  organizaciones como Greenpeace, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Cruz Roja  y tantas otras ONGs y movimientos cuyos mensajes no nos  llegan a través de líderes, sino a través de ACTOS.

Pensadlo amigos y amigas; por bien que nos caigan algunos líderes, no los necesitamos (o casi) y si de verdad merecen ocupar un lugar en esta lucha deberían ser capaces de aportar sus ideas  sin que otros deban someterse a su criterio y silenciar sus propias ideas.

“No me liberen, yo me basto para eso.” Decía un grafiti del 68  que suscribí en el 73 y que suscribo hoy.

Y otro: “Lo sagrado: ahí está el enemigo.”…y yo desconfié entonces y desconfío ahora  de los que quieren hacer pedagogía con el pueblo desde cualquier a de los pulpitos utilizados por los líderes (eso sí, siempre por su bien).

Y sin embargo todo el mundo quiere respirar y nadie puede respirar; y muchos dicen ‘respiraremos más tarde’. Y la mayor parte no mueren porque ya están muertos” escribieron en Nanterre y “¡Viva la comuna!” en el Barrio Latino “Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar.” Pintaron en la Sorbona….y yo añoro una revolución que nos haga soñar con nuestros propios sueños.

 

Y: “La acción permite superar las divisiones y encontrar soluciones. La acción está en la calle.”, en la facultad de Ciencias Políticas junto a: “No hay pensamiento revolucionario. Hay actos revolucionarios.”  Y también: “El acto instituye la conciencia”, en Nanterre.
Pero también proponían un cambio radical en relación al poder: “La imaginación toma el poder.” Grafitearon en la Sorbona, en el mismo sitio donde apareció el archifamoso: “Sean realistas: pidan lo imposible“…una verdadera revolución que caminaba de la mano de nuevas formas de crear, imaginar y reinventarse: “Abajo el realismo socialista. Viva el surrealismo.” Escribieron en Condorcet y citando a Breton escribieron: “La imaginación no es un don, sino el objeto de conquista por excelencia”; “La revuelta y solamente la revuelta es creadora de la luz, y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la libertad y el amor.

Y otras joyas de un ideal verdaderamente emancipador y perdido, que respeto más que a cualquier líder:

“No es una revolución, majestad, es una mutación”

“Decreto el estado de felicidad permanente.”

“Prohibido prohibir”

“Cambiar la vida. Transformar la sociedad.”

“La emancipación del hombre será total o no será.” 

“El arte ha muerto. Liberemos nuestra vida cotidiana.” 

“Queremos las estructuras al servicio del hombre y no al hombre al servicio de las estructuras. Queremos tener el placer de vivir y nunca más el mal de vivir.” 

 

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