Sobre el poliamor, según lo prometido.

Hace unas semanas comenté que tenía preparado un artículo sobre el poliamor y a pesar de que El País le dedicó un par de páginas muy ilustrativas cuya lectura recomiendo,  no me resisto a añadir algunas reflexiones.

Empiezo por reconocer  que la  palabra poliamor me parece  horrible donde las haya;  me recuerda más a  polipiel o  poliéster que a una evocación de nuevas posibilidades amorosas en las que los seres humanos puedan  sentirse libres y felices… que es de lo que creo que se trata…

¿Otra vez el amor libre?

¿Estoy proponiendo usar  entonces Libertad sexual o amor libre? La verdad es que no; al fin y al cabo, esos términos  ya se utilizaron  el siglo pasado cuando se trató  de ensayar un nuevo orden amoroso que creció sobre el fértil sustrato del  psicoanálisis (incluso del enloquecido Wilhelm Reich), del marxismo, del influjo de numerosos pensadores y pensadoras así como del movimiento de liberación de la mujer, dentro del cual me parece relevante citar  la publicación de “El mito del orgasmo vaginal” de Anne Koedt, que ya en la década de los 60 criticaba  el origen freudiano de los discursos dominantes  sobre la sexualidad femenina.

Lamentablemente  ni los movimientos pacifistas  ligados a la oposición a la guerra de Vietnam ni el movimiento  hippie o la revolución de la vida cotidiana de  los estudiantes del 68  consiguieron que sus propuestas de libertad sexual y amorosa llegaran  a instaurarse como tales en la sociedad. Personalmente creo que el machismo y la homofobia  de  todos esos intentos hacían imposible, de hecho,  cualquier esperanza liberadora.

Pero es justo señalar  que  el fracaso de aquellos movimientos no solo es deudor de sus propios errores sino, sobre todo, de los tiempos que siguieron a la caída del muro de Berlín que al acabar con la política de bloques permitió la emergencia en todo su esplendor del nuevo   monstruo cuyo término se había estado gestando bajo la dictadura pinochetista…un monstruo capaz de imponer un espeso silencio sobre cualquier asunto que  propusiera una revolución del tipo que fuese.

Me refiero al neoliberalismo  que no solo había llegado para dar una vuelta de tuerca  más a la clase trabajadora sino también para comprar cualquier  sueño.

El poliamor, un nuevo intento.

Sin embargo,  no todo fue derrota. Justo es reconocer que los efectos de aquellos intentos libertarios que  trataban de romper con la familia tradicional fueron capaces de insuflar un poco de aire fresco  llegando  a influir en las formas de vivir el amor y el sexo de las generaciones siguientes.

Fruto de esa libertad ganada años antes llegaron nuevas  luchas capaces de calar en una sociedad cada vez más global. Me refiero al nuevo empuje feminista y el auge LGTBI.

Pero esta vez, los movimientos que en los aspectos ideológicos están detrás de los intentos de alumbrar nuevas formas de entender el amor no solo claman contra el sistema capitalista (aunque no siempre) sino que claman en voz bien  alta contra el patriarcado.

Y lo hacen con razón ya que es el patriarcado (asociado, desde luego al sistema capitalista) el responsable de la familia patriarcal monógamica que conocemos.

Ser radicales para encontrar la raíz. El orgullo de la herencia.

Porque reconozcamos que es en ese modelo de  familia en el  que se basan los comportamientos amorosos tradicionales enemigos de la libertad sexual y amorosa.

Y ese modelo de  familia es también el que  sirve de base al sistema capitalista que sigue haciéndose fuerte  en torno a la propiedad privada y la herencia.

Porque, ¡oh casualidad!, la herencia es precisamente la coartada que utilizan ambos  sistemas para conseguir sus fines.

El capitalismo tiene en la herencia la gran coartada para jusitificarse, la excusa   para acumular bienes y riquezas hasta el fin de la vida del individuo mismo. Bien es sabido que el rico más rico del mundo no deja de intentar conseguir más y más riquezas por anciano  que sea. ¿Hay algo más grotesco que esa avaricia sin medida y sin lógica? Pues bien,  si a ese rico riquísimo le preguntamos por qué lo hace, por qué quiere conseguir más riqueza de la que nunca podrá gastarse o disfrutar, indefectiblemente responde henchido de orgullo: “para dejárselo a mis hijos”…algo que se convierte por arte de magia en  la  razón suprema, en la justificación que nada justifica.

Una mentira flagrante que atenta contra la más elemental idea de justicia y, de paso,  contra la igualdad de oportunidades consagrada en la mayoría de las constituciones de los países desarrollados.

Y, por otro lado, ¿dónde nos encontramos con el quid  del patriarcado? Pues en el mismo lugar que el del capitalismo ya que, a su vez, el imaginario patriarcal justifica el sometimiento de la mujer a la monogamia por la necesidad de asegurar  que los descendientes del padre heredan, además de los bienes,  su propia dotación genética.

De nuevo la descendencia se convierte en razón suprema en la que  capitalismo y patriarcado se encuentran y retroalimentan.

Sobra decir que  del  sometimiento de la mujer a la monogamia, de la que el marido es guardián, se derivan todos los demás sometimientos, hasta tal punto que las mujeres son cosificadas en diferentes formas, incluso
en algunas culturas ( y a veces en la nuestra) llegan a convertirse en propiedad del hombre. Eso sin hablar de la mercantilización que supone la prostitución, fenómeno común a cualquier cultura que, entre otras cosas más evidentes, se propone dejar pública constancia del hecho de que la monogamia de ningún modo es aplicable a los hombres.

No, no nos merecemos tantas mentiras para ocultar la imposición por la fuerza de los intereses de una parte de los seres humanos sobre otros. No nos merecemos un amor que ensalza el sufrimiento, que se sustenta en la desigualdad, no nos merecemos un amor frustrante y obligatorio.

Continuará con:

-La fidelidad y sus aristas.

-Poliamor, una revolución más afectiva que sexual.

-Feminismo y movimiento LGTBI ¿una pareja bien avenida?

-¿ En el poliamor, es oro todo lo que reluce?

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