¿Han dejado ya de gritar los corderos?


Por el puro placer de aprender, asistí  hace unos días en  la Facultad de Filosofía de  la Universidad de Valladolid al I Congreso Internacional de Ética animal y Género. 

Y lo hice. Aprendí,  por ejemplo, que las posturas animalistas tienen bases filosóficas sólidas, que el ámbito moral no solo pertenece a los animales humanos, que no hay ni una sola  razón sólida  que permita a la “especie” humana creerse con derecho a disponer de (y matar a) los animales no humanos y que es hora de abandonar un dualismo  que nos hace creer que hay una línea precisa y trascendente  que separa a unos de otros.

También aprendí que hay dificultades para dar respuesta a todos los dilemas que plantea la defensa de los animales no humanos, pero que la hegemonía “especista”  no quiere ni oir de hablar de encontrar respuestas.

A mí no me interesan los corderos, solo me los como.

También tuve ocasión de conocer un poco más  el proyecto Gran Simio que desde hace años trata de otorgar derechos morales a gorilas, orangutanes, bonobos y chimpancés. Me acerqué al  trabajo de las primatólogas, cuya mirada ha permitido desvelar que muchas de las visiones que describen el mundo de los primates están sometidas a las interpretaciones machistas de los observadores que proyectan sus valores y prejuicios en el mundo animal.

Me interesó especialmente la visión de la primatóloga Thelma Rowel que tras estudiar el comportamiento de los gorilas durante años  dirigió sus observaciones a las ovejas…” al estudiar a los primates intentamos conocernos a nosotros mismos” -escribió- y también algo así como: ”A las ovejas como especie no les hemos dado la oportunidad de  respondernos a preguntas interesantes ni siquiera las hemos considerado como individuos”.

Como decía Hannibal Lecter, a los corderos, solo me los como.

Ninguna bestia es tan salvaje como el hombre cuando tiene poder para expresar su ira.

También reflexioné sobre la existencia de arquitecturas similares entre la violencia que se ejerce sobre los animales y sobre las mujeres, basándose en una cultura que otorga valor a esa violencia y rinde culto  al domino y la fuerza.

Y que, en realidad, los humanos somos tan vulnerables como los no humanos y necesitamos de cuidados para sobrevivir individual y colectivamente. Que la cultura de los cuidados debería sustituir a la cultura de la violencia amparada por un capitalismo patriarcal depredador con mujeres, animales y medioambiente. Que la mercantilización de la vida, la mirada antropocéntrica (que en realidad es casi siempre puro androcentrismo) y el afán de crecimiento ilimitado puede ser el camino de la desaparición de los animales sin distinguir entre humanos y no humanos.

Y hasta ahí, todo bien, incluso mejor de lo previsto. Mi simpatía por los animales se veía reforzada por bases teóricas que me permitían dar pasos cada vez más firmes.

¿Todavía despiertas en la oscuridad escuchando los gritos de los corderos?

Pero al final ocurrió lo inesperado. Algo que no estaba en el guión, en mi guión.

La última ponencia de la última intervención del evento consistía en una lectura poética. Ruth Toledano, a cargo de dicha intervención, empezó a desgranar poemas inexorables, entre silencios tan espesos como en los cementerios y gritos escondidos  como en los mataderos. Y empezó a sentirse la muerte.

El ambiente se tiñó de rojo, del rojo de la sangre de los animales asesinados, sacrificados, abandonados, ejecutados, diezmados o torturados por el hombre.

El dolor y el sufrimiento infringido  a millones de seres sintientes empezó a ahogarnos desde la palabra poética. Naciendo en otra especie era el libro desde el que  la activista desvelaba con voz firme y rotunda  la empatía y la compasión de los y las poetas, seres humanos que ya habían tomado partido.

Mi pensamiento se inundó de una tristeza inesperada  al descubrir que, sin saberlo y sin quererlo, había sido cómplice de  matanzas infinitas y eternas.

Los argumentos a los que había tendido acceso me ayudaban a forjar el conocimiento que había ido a buscar,  pero algo exigía mi atención desde otro sitio. La teoría aprendida parecía interpelarme desde la oscuridad misma de todos los insomnios.

¿Sería capaz de atender a su llamada?



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