El amor, siempre el amor.

I.

Hace tiempo empecé a escribir una serie de artículos sobre cómo la herencia impregnaba nuestro mundo al sostener aspectos fundamentales del patriarcado y del sistema capitalista.

Para el capitalismo, la herencia es la principal  razón que justifica la acumulación ilimitada de bienes que los hijoslegítimos” habrán de heredar para seguir acumulando privilegios generación tras generación.

Para el patriarcado, la exigencia de garantizar la herencia “legítima” del padre serviría de coartada para  someter  a la mujer a la fidelidad y al matrimonio, mientras el hombre se evade  de esos yugos mediante la permisividad de que disfruta en el ejercicio, a menudo violento, de su sexualidad.

Y dicho esto, lo que me pregunto en esta ocasión es qué papel juega el amor en este esquema; si es un elemento integrador o si tiene o puede llegar a tener  alguna suerte de valor subversivo.

II.

Es innegable que durante centurias, el amor, sin adoptar el modo “romántico” propio del mundo desarrollado, fue un elemento incómodo, perseguido o castigado; algo de lo que  numerosas obras literarias de épocas diversas  han dado buena cuenta.

De hecho, la concentración de la riqueza  o la perpetuación de poderes políticos como las monarquías, se sirvieron y se sirven de  políticas matrimoniales donde las bodas concertadas son la norma.

También entre las capas populares  de distintas partes del mundo la norma durante siglos ha sido la de utilizar   a la mujer como moneda de cambio otorgándola en matrimonio sin la intervención de su voluntad ni, por supuesto, de concesión alguna  a sus deseos o al amor.

,Hay que señalar que si bien muchos hombres también se vieron sometidos por esta ley inexorable que excluye el amor del matrimonio, su margen de maniobra fuera del vínculo conyugal ha sido siempre tan infinitamente superior que no es equiparable al de  las mujeres.

Y si nos fijamos en la actualidad, vemos cómo, fuera del imperio del “amor romántico” propio del primer mundo, perviven prácticas que otorgan  en matrimonio a mujeres y niñas sin tener en cuenta sus deseos. De hecho, “esta costumbre” no deja de ser una cara más de la extendida práctica de la trata de seres humanos de la que se sirve el suculento negocio de la prostitución que da aire al patriarcado.

Por todo ello, podríamos pensar que el amor basado en la inclinación personal de cada cual puede ser  un elemento interesante para las mujeres, ¿pero realmente lo es?

III

A veces he defendido el valor curativo del amor, capaz   de salvar vidas sin esperanza o de otorgar una suerte de ilusión vital a quienes lo comparten. En ocasiones se convierte en la razón de vivir, en el propósito de toda una vida. Es, a la vez, deseo, inspiración, sentido, diversión, felicidad, pasión… y también una forma dulce de deslizarse hacia la integración social.

Así que, a pesar del sufrimiento que a veces infringe el desamor, podría decirse que el amor es bálsamo, ilusión y goce. Y visto en perspectiva, parece que también es  una expresión más de lo que entendemos (con razón o sin ella)  como libertad humana.  

Engels, a finales  del siglo XIX, ya vinculaba la legitimidad del matrimonio al amor, de manera que si moría ese amor, desaparecía la legitimidad del vínculo conyugal.

Emily Brontë transmitía a través de Jane Eyre su  convencimiento profundo de que el amor igualaba a los seres humanos, sin distinción de hombres o mujeres, de ricos o pobres…

Todo un avance.

Hoy, sin embargo, el feminismo cuestiona el amor romántico, haciéndolo responsable de cierto freno emancipatorio, y eso merece pensar en ello un poco más.

IV

No deja de ser cierto que el llamado amor romántico se basa en ideas retrógradas como  la de la existencia de una media naranja, la  incondicionalidad, la exclusividad  o las pruebas de amor que se exigen en nombre del “amor verdadero”. Todas ellas ideas-trampa  que, en realidad nada tienen que ver con el fenómeno amoroso  en  una concepción moderna (y feminista)  del mundo.

Tampoco es propio de esa concepción otorgar al amor una importancia absoluta  en nuestras  vidas, algo que no por casualidad  juega siempre, ¡siempre!, en contra de las mujeres.

Ahora bien, ¿es esto la prueba de que el amor es un mal para las mujeres?

V.

Bajo mi punto de vista, cada una de las conquistas emancipatorias de las mujeres, y el amor lo es, suele ser “contestada” por el patriarcado  con una “vuelta de tuerca” que trata de minimizar los daños.

Así, el sistema ha demostrado ser capaz de “domesticar” los aspectos subversivos de muchas iniciativas humanas entre ellas los del amor  que, una vez “customizado” ha servido  como ingrediente principal de un cóctel letal para las mujeres al mezclar la cultura popular (canciones, publicidad, series, videojuegos  o películas entre las que la saga “Crepúsculo” es paradigmática) con la falta de igualdad económica y de oportunidades, a la que se añade  la pervivencia de un sin fin de valores machistas.

Eso, sin hablar del componente adictivo del propio sentimiento, que daría para un artículo entero.

Por eso, no deja de ser cierto que una mujer  enamorada, en vez de ser libre y feliz,  pueda  convertirse en la esclava de su “gran amor” que “mutis mutandis” puede pasar a ser “su señor”,  su maltratador o incluso su asesino.

V.

Sin embargo, bajo mi punto de vista, el amor pertenece a ese grupo de elementos humanos capaces de revolucionar el mundo, al revolucionar la vida cotidiana porque, además, ni siquiera está tan relacionado como algunos filósofos han pretendido hacernos creer, con la reproducción o con la familia (el propio patriarcado ha ganado  a la biología encargándose de que así sea).

En cualquier caso, el amor (el de siempre, el que no necesita apellidos) es un gran sentimiento  que a lo largo de la historia  ha salvado de la insignificancia  a muchos seres humanos haciéndoles tocar el cielo alguna vez en su vida… y puede seguir haciéndolo.

Está bien para los hombres, que lo han utilizado como fuente de inspiración y goce desde épocas inmemoriales, pero  también está bien para las mujeres.

Por ello no podemos renunciar sin oponer resistencia. Transformemos todo lo que haya que transformar, pero no  pidamos a nuestras niñas que renuncien a él, porque en cuanto oigan su llamada no nos harán caso (y harán bien).  

Reclamemos  que el amor, como todo lo demás, no tenga exigencias diferentes para unos y otras.

Enseñemos a todos y todas que por más que traten de engañarnos,  no ama quien humilla, daña, somete, utiliza, esclaviza, controla o exige.

Es así  de simple.

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