Sobre cuánto nos parecemos a los políticos.

El periodista Pedro Sánchez comentaba en un artículo reciente que nosotros no somos muy diferentes de los políticos. Se trata de una  óptica que no solemos utilizar, la de entender a los demás fijándonos en nosotros mismos. Y está bien, porque después de todo lo que se ha escrito y hablado sobre el asunto de la investidura  muchos seguimos perplejos, sin acabar de entender de qué va la izquierda y sabiendo que nos tenemos que conformar con las “impresiones” que políticos y analistas vierten sobre nuestras propias “impresiones”.

Porque “impresiones” tenemos todos y todas, pero saber, saber, lo que se dice saber, sólo sabemos que nos hemos quedado sin  gobierno de coalición y sin gobierno a la portuguesa.

Pero sí, es cierto que conozco a gente que se autodenomina progresista y/o de izquierdas que  está rabiosamente de acuerdo con la decisión de Pablo Iglesias de preferir ir a nuevas elecciones antes que trabajar en un acuerdo de legislatura que no pase por una coalición de gobierno. Igual que conozco a personas autodenominadas de izquierdas y/o progresistas  que están igual de  rabiosamente de acuerdo con Pedro Sánchez al preferir un nuevo proceso electoral antes que aceptar un gobierno de coalición con UP. 

Así que sí, hay muchas personas que se parecen a los líderes de los partidos, como asegura el artículo de Pedro, pero lo que me pregunto es  dónde están  los políticos a los que nos parecemos ese otro  enorme grupo de la ciudadanía que también nos tenemos por progresistas y/ o de izquierdas y que, como yo, hubiéramos dado por bueno tanto un gobierno de coalición como el que ofreció Sánchez a Iglesias  (y que misteriosamente caducó), como  uno monocolor donde se hubiera pactado tanto el programa como sistemas eficientes para asegurar su cumplimiento.

Y ahí es donde me pierdo, porque si esos políticos existen (me refiero a los que priorizan el acuerdo  progresista a  la manera de llevarlo a cabo, conscientes de que cualquiera de las opciones conllevaba riesgos), su silencio  interesado me parece inadmisible. Igual que me parece falta de ética   la posición de los líderes, con sus cálculos interesados, su falta de autocrítica, sus desmesurados egos, su incapacidad para dimitir ante sus fracasos manifiestos y su inmensa desfachatez al someter a la ciudadanía a todo ello.

Pero volviendo al artículo de Pedro, debo reconocer que yo,  en mi propia vida, también juego a veces órdagos suicidas. La diferencia entre los políticos y yo es que  esa forma de actuar solo me penaliza a mí y, si acaso, a algún otro jugador de mi partida. Sería muy lamentable que llevada por ese orgullo que tantas veces nos impide ceder,  paralizara, por poner un solo ejemplo,  el cobro de las ayudas a la dependencia. Si lo hiciera, si pusiera mi orgullo por delante de las personas que necesitan imperativamente esas ayudas, quedaría en evidencia no sólo que soy orgullosa y prepotente, sino que  también soy una mala persona.

Así que sí y no; puede que los políticos no sean muy distintos de nosotros pero en la mayoría de las cosas en las que nos podemos comparar con ellos, su responsabilidad es inmensamente superior a la nuestra y eso marca una diferencia decisiva, diferencia que no deberían olvidar esos políticos que tan alegremente se presentan a unas elecciones para representarnos. Representar a millones de personas supone una responsabilidad tan exigente que no puede ampararse en las miserias personales que nos afectan a cada uno de nosotros de manera privada. Quien no quiera asumir esa responsabilidad no debe presentarse a unas selecciones y si lo hace y no está a la altura, debe dimitir.

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