Querido diario: la activista se hace mayor.

Me veo en el espejo y pienso: “¿Cómo he venido a parar a este cuerpo?” “¿En qué momento pasé de una flaca con estilo a una señora gruesa a la que ceden el asiento en el autobús?” Autobús que se me escapa porque ya no corro y no porque defienda una vida lenta, que también, sino porque no puedo correr como antes. ¡Y pensar que era una campeona en el instituto! Siento el peligro en mi vida de activista porque como en alguna manifestación les dé por atacar voy a ser esa vieja que sale en la tele a la que arrastran los cuerpos represivos sin poder oponer resistencia.

¡Jajajajaja, no es para tanto!, diréis. Pues sí, no me reconozco. Es como si mi cabeza estuviera a veces disociada de mi físico, como si yo guardara en mi memoria la que fui pero no pudiera verme reflejada en la miradas de lxs otrxs.

¡Ay, la mirada! ¡Qué cruel es la mirada! Sobre todo cuando te has vuelto invisible para una parte de la población, la masculina. Y es que a mí me gustaba un poco seducir, como a todo el mundo, pero solo me queda la inteligencia. Que no es poco. Pero asusta. Siempre ha asustado. Soy una abuela cebolleta con minifalda y Doc Marten’s que cuenta batallas que interesan a la juventud. He dado un paso atrás en cuanto a desplegar alas y velas. Aunque te diré que los hombres de mi generación no me interesan mucho, demasiado patriarcado y demasiada justificación. Y tampoco les veo atractivos. A mí me gustan jóvenes, como a ellos.

No estoy hablando de sexo, las necesidades físicas las cubro con pericia. Hablo de algo más tenue, de las caricias, del revolver el pelo, del abrazo, de cogerse las manos, apretar un brazo, pasarlo por un hombro. Hablo de la ternura. Y los hombres tienen déficit de ternura. Unos, porque les han enseñado a reprimirla. Otros, porque tienen miedo de que te confundas sobre sus intenciones, ¡angelitos!. En fin que me invade la melancolía.

Menos mal, querido diario, que están ahí las mujeres. Las mujeres nos decimos cosas bonitas, nos tocamos, nos besamos, nos abrazamos, nos cogemos por la cintura, nos apoyamos unas en otras. Sin filtros. Sin malentendidos. Sin autocensura. Sin cálculo. Vamos por la vida como una panda de pájaros libres, rozándonos con las alas, riéndonos con ruido y consolándonos las penas.

Y sí, estoy hablando de sexualidad, fundamental en las relaciones entre seres humanos, transversal a las edades, posibilidad de reconciliación contigo misma, eso tan bonito que nos hace elegir vestido, ponernos un sombrero y sonreír cuando nos dicen lo bellas que estamos.

Hoy las imágenes sobran. ¡Rienda suelta a la imaginación!

2 Replies to “Querido diario: la activista se hace mayor.”

  1. Pues no, no me pasa lo mismo. O si, pero me enfrento a ello de otra manera. Claro que el cuerpo va por un lado y la cabeza por otro, por eso hay que tratar muy bien al cuerpo, para que contenga la cabeza mucho tiempo en las mejores condiciones.
    Yo creo que esta sensación que describes tiene que ver con una cultura y una educación que exigen que estemos estupendas, en todos los sentidos hasta el día de nuestra muerte.
    Hay una exigencia social, a la que hacemos demasiado caso, que hace que veamos la vejez como algo terrible y no es más que el final de un camino que sabemos inevitable desde que tenemos uso de razón. Vivimos en una sociedad que no nos prepara para ese final, que nos hace ver el último tramo como algo feo e inútil, totalmente desvalorizado.
    Yo prefiero mirar a esas mentes lúcidas hasta el final que combinaron arrugas con sabiduría, afectos y serenidad.
    Al final, aprender a envejecer no es tan distinto de aprender a vivir, es parte de un recorrido con meta segura.

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