El coste personal de las palabras políticas

Para mi desgracia, y sobre todo en los tiempos que corren, soy una persona que suele entender el gris. Comprendo los diferentes puntos de vista en una confrontación. Prefiero callar a hablar sin la información suficiente, y cuando tomo posición estoy abierto a la posibilidad del cambio. Ojo, no confundir todo esto con una equidistancia y pasividad que me impida tomar partido. No vengo a hablar de mi libro y mucho menos de mí. Quiero hablar de un tema que, al igual que otros muchos, se aborda con una enorme irresponsabilidad en este país, la eutanasia.  

Mi proyecto fin de grado versó sobre la representación audiovisual de la eutanasia, una elección que me llevó a escuchar muchas veces la frase “que raro eres, mira que hablar de esas cosas”.  Ya se sabe, callar como solución. Una representación en el séptimo arte que va más allá de “Mar Adentro”, y en la que podemos encontrar numerosas películas donde se presentan historias de personas que no quieren seguir viviendo, pero también otros casos donde si se quiere vivir. Para comprender un poco más sobre el asunto recomiendo el visionado, con una actitud abierta, de películas como “La fiesta de la despedida”, “Las invasiones bárbaras”, “La escafandra y la mariposa”, “Million Dollar Baby” o “Amor”. 

Fruto de todo el trabajo de investigación se fraguó en mi una plena convicción acerca de que el deseo a poner fin a la vida propia, en determinadas circunstancias, es una decisión personal, que debe ser respetada y comprendida. El mayor acto de amor que se puede hacer por alguien es respetar dicha voluntad en el caso de que, desafortunadamente, quiera que se cumpla. 

Pese a todo, pese a mi clara posición soy plenamente consciente de la complejidad del tema, de lo difícil de establecer los límites, de los muchos dilemas éticos y morales, de los puntos vacíos que no tienen una solución clara. Es obvio, es un asunto muy delicado. Y aquí llega lo que de verdad quería decir. Más allá de la opinión personal de cada uno este es uno de los temas en los que debería existir un amplio consenso, una lucha conjunta por alcanzar y definir los puntos de encuentro y legislar de forma que se puedan ver representadas todas las sensibilidades. 

Pero lo anterior pareciera utópico en España, ¿consenso? Es más probable que del coronavirus se hable con rigor científico. Como todo tema, este caso solo sirve como arma política que arrojar al “enemigo”, luchando por ser quién más ruido hace y sin tener en cuenta a quién se pueda herir. Quizás, el ruido político, las declaraciones absurdas y malintencionadas como que “esto solo va de ahorrarse pensiones” no ofenda ni hiera políticamente al adversario político pero sí que haga llorar al marido que sufrió la enfermedad degenerativa de su mujer impotente ante el deseo de ella de poder dejar de sufrir; o a la hija que durante varios días vio padecer a su padre cuando ya nada tenía solución y que sigue pensando que las cosas podrían haber sido de otra manera. 

Porque cuando tienes a alguien sentado frente a tí, con lagrimas en los ojos y te dice lleno de rabia el dolor que le hizo sentir la palabrería barata en busca del poder del político de turno, te das aun más cuenta de que no todo vale, no todo es aceptable con tal de hacer ruido político.

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