¿Quién está escribiendo el relato de la pandemia?

El imaginario colectivo sobre los sinsabores de la cuarentena que podemos leer en la prensa digital, en los videos de youtube, en las redes en general, nos hablan de una población unida en la desgracia, asomada a los balcones y ventanas, con oferta gratuita de arte y cultura para aburrir, con tutoriales para hacer ejercicio físico y cocinar alimentos saludables, con problemas de ansiedad por el confinamiento en familia, teniendo que repartir el tiempo entre el tele trabajo y las tele-tareas de sus criaturas, con necesidad temporal de abrazos, deseando que abran las terrazas de los bares y lamentando el parón de los conciertos, el teatro y el deporte de masas.

Es decir se está construyendo un imaginario de clase media, que a veces hace referencia a la desvergüenza de los ricos y a veces a las condiciones de vulnerabilidad de una parte de la población. Para lamentarlo. Haciéndose eco de que al parecer existen redes de ayuda en los barrios. Como si los barrios fuesen unos lugares imaginarios donde pasan cosas que no son normales y que no situamos bien en los mapas.

Este relato ignora, porque siempre lo ha ignorado, que hay gente que no tiene balcones ni ventanas, que por no tener, ni siquiera tiene paredes y techo donde cobijarse. O que una familia de cuatro o cinco miembros vive habitualmente en una habitación de una casa pequeña, con derecho a cocina. O que hay gente que cobra en negro porque la lógica perversa del sistema económico le obliga a hacerlo y no va a ser beneficiaria de las ayudas. Que las personas con dependencias o problemas de salud tienen necesidades no contempladas en las medidas de confinamiento. Que las criaturas no tienen necesidades uniformes, intereses comunes y acceso al mundo en igualdad, sólo la protección y el amor son cosas que necesitan todas las niñas y niños por igual. Que las ancianas y ancianos a quienes decimos proteger, están pasando un tiempo precioso en soledad, arrancadas de sus amigas, sus paseos, sus comidas comunes, sus satisfacciones necesarias. Que hay gente que no tiene qué comer. Que mucha gente no tiene los medios ni está en posición de acceder a la cultura, ni gratis, porque la supervivencia es prioridad en su vida cotidiana. Que no echan de menos la terraza del bar, sino el poyete de la calle donde reunirse con sus afines. Que hay mujeres y criaturas conviviendo con hombres violentos y maltratadores. Que hay mujeres en situación de prostitución a merced de los proxenetas, aumentando sus deudas, obligadas a seguir recluidas en su situación de esclavas.

Es necesario, imprescindible, revolucionario, dar voz a las y los nadies. Tenemos la obligación de incluir en el relato a quienes no están. No son los otros, las otras, los raros, las raras. Son legión. Sobre su miseria se asienta el sistema capitalista y patriarcal. No se puede salir de la pandemia sin tenerles en cuenta, sin que nos hagan su narración, sin que tomen la palabra, sin que les reconozcamos que son personas sujetas de derechos.

Otra cosa es mirarse el ombligo y caer en la melancolía. No estamos dispuestas.

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