El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

Sí, Casablanca también es una película de cuarentena, incluida su famosísima frase que declara el triunfo del amor sobre el mal.

Triunfo equívoco, en realidad. Como equívoco es un guión que no acaba de aclararse sobre si Ilsa ama a Richard, como afirma su mirada cada vez que Sam toca el piano, o sigue prisionera de la admiración que siente por su esposo, ese líder intachable capaz de levantar a los pueblos contra los malvados nazis que han provocado el desastre del mundo.

Difícil disyuntiva la del personaje que interpreta Ingrid Bergman pero similar a tantas otras historias de amor que florecen en medio de horrendas distopías.

Debe ser una característica humana, esa de buscar una luz en la oscuridad…o simplemente de seguir el  impulso que  la naturaleza ha escrito en nuestros genes.

Y puede  que el amor sea de las pocas tablas de salvación que nos quedan cuando todo se derrumba, esa última oportunidad de redimir vidas tan rotas como, por poner otro ejemplo, la del ex policía de Blade Runner (1982) interpretado por Harrison Ford, un hombre capaz de encontrar en una replicante, símbolo de lo que siempre ha combatido, su propia salvación. Por cierto, esa es otra magnifica película de cuarentena que me reservo para un próximo comentario.

Pero también es verdad que en las ficciones cinematográficas (y de todo tipo) a menudo se cuela el tío Paco con la rebaja, para que el amor no triunfe.

Seguro que viendo  Casablanca, todos hemos deseado  alguna vez que Ilsa se deje llevar por su deseo y deje marchar a Víctor Laszlo en pos de su causa.

Pero el guionista no quería ponérnoslo fácil, quizá porque la vida real no lo es  o por simple ideología,  ya que una chica tan elegante, dulce y perfecta, nunca debería  abandonar a un héroe tan intachable.

Sea como sea y se ponga como se ponga el cine, ahora sabemos por propia experiencia que lo único que existe en las distopías es el presente y que es de ese presente del que debemos alimentar nuestro deseo.

Confiemos en que algún día se hagan muchas películas donde no sea  obligatorio renunciar, aunque nos entristezca saber que para Ilsa y Richard sea ya, y para siempre, demasiado tarde.

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