Simone Weil, del amor y la desgracia del siglo XX (1)

 

Con esta primera entrega se inicia la serie de perfiles de personajes históricos que aportan cierta referencialidad a los tiempos que nos ha tocado vivir. Son unos en mi opinión, aunque a ojos de otro también podían ser otros. Los que yo he seleccionado son muy personales. El trabajo será lento y la publicación serializada en una entrega diaria. Como ya señalé en la anterior colaboración de Referentes, esta no será la primera vez ni la última que alguien destaca biografías de estos mismos personajes. Hace más de veinte siglos que Plutarco ya escribió 48 biografías de griegos y romanos, celebres más por el carácter moral del personaje que por los hechos políticos narrados, con interesantes anécdotas que revelan su naturaleza humana, y que pueden constituir modelos virtuosos.

En la entrega cero, abríamos boca con una anécdota de la infancia de nuestro primer perfil, que ya es hora de decir que se trata de la joven filosofa francesa Simone Weil, y que ella misma recordó como decisiva en la última carta que escribió a su propia madre.

Simone Weil, del amor y la desgracia del siglo XX (1)

De niña, Simone Weil estudiaba matemáticas y aprendía música con su hermano dos años mayor que ella. Ambos eran inteligentes, pero a los 10 años, André, el hermano mayor ya era un prodigio y destacaba por sus conocimientos de álgebra y por escribir diccionarios de griego y latín. A los 13, Simone tuvo su primera gran crisis y quería suicidarse porque se reconocía mediocre y sin talento suficiente para alcanzar la verdad. En sus escritos autobiográficos cuenta que llego a salir de esa crisis cuando se convenció de que la verdad no estaba reservada a los talentos porque no es el resultado de la inteligencia sino del deseo. Fue una de sus grandes obsesiones a lo largo de su precipitada y corta vida. En las últimas cartas a su madre, Simone concluye que por fin ha entendido cual es el papel de los locos en las tragedias de Shakespeare, “son los únicos que dicen la verdad”.

la verdad no es necesariamente un producto de la paradójica inteligencia humana. La verdad es consecuencia de anhelar la verdad y de enfrentarse a ella. Es la única ambición emocionante que no puede comprarse. Es la más hermosa de las expectativas a que puede aspirar el conocimiento humano, tan limitado, tan superficial, tan henchido de trascendencia inútil y perecedera”.

Simone Weil había nacido en 1909 en París en el seno de una familia judía, burguesa y laica, en la que su padre era médico renombrado y su hermano mayor, André Weil, uno de los tres matemáticos más importantes del mundo. Su hermano siempre la consideró alguien que sufría de una sensibilidad extrema. De vida atormentada y salud muy frágil, tras sus peripecias revolucionarias se convirtió en la más joven filosofa humanista, que escribió prolíficamente desde una inspiración cristiana o espiritual, pero que nunca abandono el activismo político. Hija del tiempo de entreguerras, rechazó el judaísmo, pero tampoco llegó a abrazar el cristianismo oficial. De vida breve, murió a los 34 años de lo que algunos denominarían “anorexia mística”. Hoy su vida está envuelta entre su excepcionalidad y las leyendas del siglo XX.

 

(continuará mañana)

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