La humanidad como fracaso. Vivir para siempre (III).


Cuando Stephen Hawking alerta sobre el peligro de que las máquinas inteligentes puedan desarrollarse hasta alcanzar la independencia de los humanos, incluso hasta ser capaces de acabar con ellos, lo primero que me viene a la mente es que tal vez eso no sea tan malo, sobre todo si esas máquinas son mejores que nosotros.

Lo malo y lo bueno de la especie humana

Porque bajo mi punto de vista, esta especie lleva moviéndose miles de años entre dos polos opuestos sin que haya conseguido imponerse el único que podría habernos dado sentido como humanos.
Es cierto que siempre ha estado en nosotros ese sueño de una cosa al que se refería Marx en 1843*, pero lo cierto es que nuestra realidad social presente y pasada se mueve con una lógica dominada por la lucha por el poder, la avaricia y el sometimiento de unos seres por otros.

Este escenario, real y testarudo, deja muy poco margen a los individuos de la especie que se proponen sustraerse a él (que paren el mundo que me quiero bajar, decían en el 68, pero este mundo nunca ha habido quien lo pare). Poco margen para algunos privilegiados del primer mundo pero ninguno para otros muchos que resultan ser una aplastante mayoría.
No en vano cantidades ingentes de seres humanos viven hambrunas atroces, penosos éxodos, guerras terribles, miseria, esclavitud sexual, trata o, simplemente, sometimiento de por vida como es el caso de la mayoría de mujeres.


Y no me refiero solo al tercer mundo sino también al mundo desarrollado , en el que en distintos grados según los países o regiones, sufren dolor, desigualdad e injusticia negros, mujeres, niños y niñas (víctimas silenciosas de abusos sexuales y malos tratos), pobres, inmigrantes, personas sin trabajo, asalariados empobrecidos y, en general, todos los que no son el macho alfa anglosajón y blanco que suele ser el poseedor de los medios de producción y que controla los resortes financieros para mantener en sus manos el poder y la mayor parte de la riqueza del planeta.
Y aún así, ni siquiera consigue ser feliz.
Pero a pesar de encontrarnos con un panorama tan desolador, un optimista podría pensar que todavía hay esperanza, una esperanza que quizá pasa por entender y caracterizar el problema, (como tratan de hacer el marxismo o el feminismo, por poner dos ejemplos que me son queridos), para poner en marcha una revolución social (revolución o evolución, lo que a estos efectos da igual) para acabar con el sistema actual (el capitalismo en cualquier a de sus formas, el patriarcado en cualquiera de sus formas, el racismo o el imperialismo en cualquiera de sus formas…) e implantar uno nuevo más equitativo capaz de avanzar hacia mayores cotas de conocimiento y felicidad.
Pero la esperanza se desvanece cuando observamos el fracaso de casi todas las rebeliones que han existido a lo largo de la historia…y lo poco que hemos aprendido.

Creo relevante señalar que todos esos intentos de emancipación (que están en la base de la búsqueda del sentido mismo de lo humano, al menos para la mayoría de los rebeldes) no nos han servido para aprender cómo cambiar las cosas sin repetir los mismos errores una y otra vez.
De poco sirven las bibliotecas que atesoran la historia (escrita por los vencedores, es verdad), de nada los compendios de los que pensaron y aprendieron antes que nosotros, porque nos comportamos como analfabetos incapaces de analizar certeramente el pasado para alcanzar alguna vez un sistema que nos haga más felices.

¿Alienación o incapacidad?

Es cierto que como nada es inocente esto tal vez nos sucede porque “el poder” ha desarrollado un sistema de alienación muy eficaz y no por una estupidez congénita.
Sea como fuere, lo cierto es que si uno se fija en su propio entorno y atiende a la política del día a día (la política como instrumento de organización/ cambio de las sociedades humanas), puede ver de cerca, muy de cerca, cómo sus líderes, incluso los que querrían alumbrar una nueva humanidad, viven presos de pulsiones primarias que no les permite actuar con inteligencia y pragmatismo.
Así que nuestra especie parece víctima de un adanismo que le hace dar vueltas infinitas en un devenir lúcido y ciego a la vez.
A veces inteligente, incluso consciente de sí misma, la humanidad es incapaz de encontrar un sentido a su propia existencia. Impotente para aliviar el dolor de la mayoría de sus individuos, parece empeñada en degradar el planeta donde vive hasta el límite de crear armas capaces de hacerla desaparecer.
Sin embargo, esa humanidad incapaz de respetar sus propios intentos de dotarse de una ética universal (los DDHH, sería lo más parecido en la actualidad ) es, en cambio, capaz de desarrollar la ciencia y la tecnología de un modo extraordinario hasta el punto de que ese desarrollo, y no la política, puede llegar a ser el instrumento de un cambio trascendental.
Y si esto es así, ¿qué tendría de malo que otra especie más sabia viniera a sustituirla?

¿Por qué no otra especie?

Pues no habría nada de malo si no fuera porque es ingenuo pensar que esa nueva especie (o lo que sea), hecha a imagen y semejanza de los humanos vaya a ser capaz de sustraerse al modo de desarrollo tecnológico que la alumbre y a las formas de hacer de las compañías que la creen. Al menos en sus primeras fases.
Porque es cierto que lo que las empresas capitalistas actuales llaman oportunidad de negocio puede ayudar al desarrollo de la ciencia y la tecnología necesarios para el alumbramiento de una nueva especie, pero también lo es que esas mismas compañías lo estropeen todo al reproducir en los nuevos seres su lógica perversa que contempla la existencia de individuos de primera y de segunda, de sujetos que dominan y que son dominados, de mortales y amortales…acompañando todo ello, cómo no, de la eliminación por la fuerza de cualquier elemento que se oponga a esa lógica….como ha advertido desde siempre la Ciencia ficción.

Dos escenarios

Así que la esperanza de una nueva humanidad no contaminada por lo peor de sus orígenes humanos queda limitada, bajo mi punto de vista, a dos escenarios:
-Uno bastante azaroso que confía en que los Cyborg superdotados del futuro superarán lo humano gracias a una potente inteligencia adornada de capacidades inesperadas que le permitirán elegir de forma natural el bien sobre el mal hasta alcanzar una superación virtuosa de ambos.
-Y otro, en el que los humanos seamos capaces mediante la política de controlar la lógica del mercado de la vida eterna y otros futuribles estableciendo por encima de esa lógica un sentido de lo humano que garantice e inspire los cambios futuros.

La felicidad inteligente, un punto de partida 

En cuanto a ese sentido de lo humano, yo, que siempre he creído en la fertilidad de la felicidad humana para la creación y el conocimiento así como en su potencial transformador y revolucionario (declaro el estado de felicidad permanente, decían en el 68 en París), la propondría como punto de partida para ese sentido humano presente y futuro. Pero como también es necesario rescatarla de su utilización por el marketing publicitario o del dilema que plantea  Huxley, es obligado señalar que la felicidad como objetivo solo será fructífera si va acompaña de la cultura, la libertad de pensamiento, la consciencia y la autonomía…. de todos y cada uno de los seres de la especie (o cualidades similares que las sustituyan en un hipotético futuro)

Creo que sobre esa base, la próxima humanidad podría volar sin miedo hacia un futuro que supere nuestra  imaginación.

* Nuestro lema debe ser, pues: reforma de la conciencia, no por medio de dogmas, sino mediante el análisis de la conciencia que no se ve con claridad a sí misma, o se presenta en forma religiosa o política. Se revelará entonces que el mundo tiene desde hace mucho tiempo el sueño de una cosa…

                                 K. Marx, de un carta a Ruge enviada desde Kreutznach.                                                                                          Septiembre de 1984

Kreutznach. Septiembre de 1843

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