La política joven que viró a amateur

“Estos jóvenes de hoy en día se creen que lo saben todo y no tienen ni idea de nada”. “Estos dinosaurios siguen viviendo en el medievo y no tienen ni idea de lo que pasa en la actualidad”. Esa dualidad entre lo joven y lo viejo. Esos polos que se enfrentan como si no existiera la opción de lo complementario, y ¿si no fuera ni virtud ni defecto?, o dicho de otro modo ¿y si fuera a la vez virtud y defecto?

Hace tiempo pude entrevistar a Pedro Casablanc que protagonizaba una obra de teatro que dialogaba sobre ello. Recuerdo unas frases que me dijo: “Estas generaciones tan tecnológicamente preparadas adolecen de humildad”, “Las generaciones que están llegando olvidan que ya hubo muchas generaciones antes que ellos y que lo hicieron mucho mejor”. Si hubiera entrevistado al joven que acompañaba a Casablanc en la obra quizás le hubiera rebatido con estas ideas: “la gente mayor piensa que las cosas solo se pueden seguir haciendo como las han hecho ellos”, “las generaciones con tanta experiencia adolecen de la humildad de reconocer que pueden no saber algo”.

La dualidad entre lo joven y lo viejo, ¡Como si no pudieran ser complementarios! Es un viejo tema de fondo sobre el que reflexiono y que tiene su relación con la actual campaña política. Cuando Pedro Sánchez llegó a la Moncloa se destacó que sería el primer presidente del gobierno de España que hablaría inglés. Poco después tras la victoria de Pablo Casado y su confirmación como líder del PP se habló de que la renovación política nos llevaba a tener la terna de candidatos más jóvenes de la historia. Parecía que una generación brillante llegaba a nuestra política y, sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Si Berlanga levantara la cabeza es posible que considerará la opción de votar a los alcaldes de sus películas antes que a los actuales candidatos. La supuesta generación más preparada nos ha llevado a una política abaratada donde lo que brilla es el amateurismo, el cortoplacismo y la mediocridad. Quizás la culpa no sea suya sino del contexto, del mundo 2.0, de los medios, de la población, de su juventud o de su vejez o, quizás, la culpa sea suya que al fin y al cabo son los que deberían saber la responsabilidad que tendría que conllevar sus puestos y sus luchas.

Los idiomas y los estudios, los supuestos y los reales, no nos han llevado a debates de fondo, a una contraposición de ideas o a la aceptación de que el otro quizás también puede aportar algo sino a discusiones más propias de parroquianos que beben anís en una taberna a las ocho de la mañana. “Ser valiente de barra de bar es fácil” le leía el otro día a Javier Maroto, una frase que me gustó ya que la barra de una tasca antigua, cutre y aceitosa es el mejor escenario que se me ocurre para ambientar el actual debate político.

Los idiomas y los estudios, los supuestos, los reales y los inventados, nos han llevado a unos candidatos que son unos alumnos obedientes y se comportan como mascotas fieles de sus asesores de comunicación y marketing. Esos que escriben los silencios que no se saben interpretar y que les dictan donde deben situar el relato y cuantas veces tienen que repetir sus tótems de campaña. Bueno, miento, el nivel es tan bajo que después del desayuno los pobres asesores tienen que redactar de urgencia la corrección al error de su líder en la entrevista de la mañana.

Pero como siempre es más alentador mirar el lado bueno de las cosas, lo mejor será pensar que las cosas siempre podrían ser peores. Quien sabe, quizás, si hay que repetir elecciones alguna televisión planteé la opción de convertir la campaña política en un reality donde los candidatos convivan en una taberna de bar. ¿Suena disparatado?

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