Ser o no ser de izquierdas y un brevísimo comentario sobre el asunto catalán

En primer lugar, quiero aclarar que mis comentarios van a referirse  a las dos versiones de la izquierda que con sus diferencias y sus coincidencias se manifiestan políticamente en nuestro, algo bastante parecido a lo que pasa en otros lugares de Europa pero que quizá no sea extrapolable a otras latitudes.

Una de esas versiones, la socialdemócrata, con una indiscutible tradición de avances sociales, pasa en la actualidad  dificultades, ligadas bajo mi punto de vista a su papel durante la crisis financiera de 2008. La segunda  versión, más minoritaria, ha seguido durante años la estela del   eurocomunismo, hasta que el descontento que cristalizó en el 15M la zarandeó con la aparición de  nuevos actores algunos de los cuales incluían postulados fuertemente populistas.

Y por mencionar alguna coincidencia, señalaré a los más izquierdistas coqueteando  con elementos típicos de la socialdemocracia, tratando de alejarse de una radicalidad sectaria para alimentar otra radicalidad que sin perder de vista los objetivos sociales tradicionales, incorporan los de capas más amplias de la sociedad  (los de abajo) adoptando la transversalidad como una nueva seña de identidad.

Entre las diferencias, me referiré al rechazo de la nueva izquierda a una socialdemocracia manchada por la corrupción, la connivencia con los poderes fácticos y los privilegios que de ello se derivan o la estructura centralista y poco democrática de sus organizaciones.

Pero hay algo que me parece relevante señalar y es que ambas izquierdas coinciden en la adopción, quizá oportunista, de objetivos que no provienen de su tradición social u  obrera, sino que son propios de movimientos masivos emergentes como el feminismo y el ecologismo.

En este contexto, no es de extrañar que mucha gente se haya ido distanciando de la socialdemocracia tradicional con su  falta de ideas y su   incapacidad para dar una respuesta social creíble a los ataques del capitalismo financiero, orientando sus expectativas a los herederos del 15 M, en principio más abiertos e imaginativos.

Sin embargo, la izquierda surgida de ese 15 M también ha ido perdiendo su fuerza inicial y su capacidad de entusiasmar debido a tres factores principales: la falta de logros concretos para las capas más castigada por la crisis que, a pesar de ir a votar, siguen esperando que la recuperación les llegue a ellos; las similitudes entre las dos izquierdas en lo relativo a los modos de hacer política y los furibundos  ataques de la derecha mediante la utilización de las cloacas del Estado.

En este escenario de retroceso,  es lógico que emerjan inquietudes sobre la izquierda que adquieren un nuevo significado ante el poder de cambio de los movimientos generados por el feminismo, el ecologismo, el pacifismo  y en menos medida, el animalismo… algo que permite plantearse que hay vida más allá del marxismo y que las  filosofías liberadoras de los nuevos movimientos proporcionan  respuestas a los problemas de hoy mucho más ajustadas a su carácter global que las que es capaz de ofrecer la izquierda por sí sola.

 Por mi parte, hace  tiempo que comprendí que las inquebrantables fidelidades a buenas causas  cuando su praxis contradice de forma reiterada sus supuestas bondades es una soberana pérdida de tiempo.

Por eso creo que ha llegado el momento de reconocer que tanto la nueva izquierda que representa Unidas Podemos (a medio camino entre los postulados del comunismo y del populismo), como la vieja socialdemocracia,  adolecen en su praxis de problemas endémicos que no son capaces de quitarse de encima, algo que les impide evolucionar, cuando no les hace retroceder. Si Más País es capaz de ofrecer otra cosa, es algo que está por ver.

Por el momento, citaré algunos asuntos de la praxis izquierdista que me resultan especialmente antipáticos y que lastran, quizá de forma definitiva, sus posibilidades de liderar los cambios que el mundo necesita, a saber:

-Los  izquierdistas consideran que solo hay un análisis “verdadero”, al igual que un solo camino para luchar contra la derecha y que ese análisis y ese camino son, ¡oh casualidad!, los enunciados  por  la dirección del partido con el que se simpatiza. Todo lo demás puede ser calificado de traición, de ser fruto de  ideologías ocultas o de subterfugios morales.

-Como consecuencia de lo anterior, los izquierdistas suelen ser bastante dogmáticos y poco flexibles, de ahí su tendencia a infinitas rupturas (potencialmente, tantas como líderes aparezcan) y a enarbolar el  “estás conmigo o estás contra mí”. Todo lo demás se convierte en una sospechosa “equidistancia”.

-En línea con lo anterior, el izquierdista  cree tener  una autoridad teórica y moral indiscutible para decidir quién es auténticamente de izquierdas.

-Para algunos izquierdistas, la democracia solo es un medio para alcanzar un fin y no siempre el medio más adecuado. Gustan de diferenciar  entre fines y medios, justificando con frialdad leninista la perversidad de algunos de esos medios.

-Se consideran con un conocimiento político superior al de las masas que necesitan de permanente pedagogía para salir del error que les lleva a votar a opciones políticas distintas a las suyas.

-En su seno se suele desarrollar un fuerte culto al líder que va acompañado de una incapacidad casi congénita para aceptar o consentir opiniones diferentes. No se concibe que pueda haber una postura resultante que integre diferencias; ser ecléctico está muy mal visto.

-Es muy poco frecuente  que una mujer llegue a liderar un partido de izquierdas, no en vano, durante años el feminismo ha sido un objetivo secundario.

-Los izquierdistas parecen más  ocupados en alcanzar o mantener la hegemonía y el poder que los fines sociales de su programa. A menudo desprecian  conquistas factibles en nombre de otras mejores que nunca llegan.

-Por su parte, para muchos  votantes de izquierdas nunca hay una opción suficientemente buena y las incongruencias, errores o desacuerdos se traducen en un sonoro “ya os lo dije” o/y   la abstención.

Con todo esto, no es de extrañar que  muchas personas nos preguntemos si seguir la estela de la izquierda puede seguir siendo el camino acertado  y, en todo caso, si es   el único camino.

De hecho, debo confesar que personalmente cada vez me importa menos ser o no de izquierdas  y  que  me siento mucho más comprometida con los movimientos feministas y ecologistas, con el animalismo o el pacifismo. Y que este compromiso se debe tanto a la forma global, antiautoritaria y transversal con la que se  manifiestan  como a sus objetivos tan inapelablemente radicales como  necesaria y urgente es su praxis.

Confieso también que me identifico con su capacidad para proyectarse  hacia el futuro, para pensar a largo plazo  y enfrentar  las contradicciones que habremos de vivir con la revolución feminista, tecnológica y ecológica.

Menospreciar los nuevos escenarios como a veces hace la izquierda solo conduce a dejar en manos del capitalismo puro y duro la conformación de ese  mundo futuro que se avecina. Y lo que es seguro es que eso no es una buena idea.

Evitarlo, nos obliga a afrontar una radicalidad y una urgencia que la izquierda, sumida en sus interminables luchas por el poder y sus cálculos electorales, no parece capaz de afrontar.

Y nos estamos quedando sin tiempo.

SOBRE CATALUÑA: En cuanto al asunto catalán, es evidente que no se puede abordar desde la temática de este artículo y eso me hace pensar, con pena, en cuánta energía es capaz de desplegar el nacionalismo y sus derivados (que en todo caso, no califico) y en qué poca, las desigualdades que afectan a las personas más desfavorecidas, que se cuentan por millones.

Pero no cabe duda de que por algo será, y si uno es curioso, tratará de averiguar por qué.

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