Amar o no amar a las mujeres.

Hay una novela de Stieg Larsson cuyo título, Los hombres que no amaban a las mujeres, me viene a la cabeza  en estos días en que IU ha expulsado de su coalición al Partido Feminista de España.

Y es que nunca creí que en el seno de la izquierda pudieran llegar a priorizarse teorías en fase de discusión sobre la identidad (¡cuánto peligro hay detrás de esa maldita palabra!) frente a un feminismo que defiende a la mayoría  de la población más vulnerable del mundo con siglos de lucha y conquistas de derechos a sus espaldas.

Pero ahora resulta que a una parte de la izquierda le parece que se puede querer a las mujeres y estar a favor de la prostitución, los vientres de alquiler, la pornografía y el burka …y todo eso en nombre de esa libertad que defiende el neoliberalismo  para que  nos traguemos que aunque seas pobre, oprimido o/y mujer, eres libre de elegir.

Libre para no   ser víctima de trata, libre para ganar un sueldo justo, libre de no ser maltratada, violada o  discriminada de una forma u otra… como si un trabajador precarizado fuera libre de aceptar las condiciones que le impone el  capitalismo de turno.

Y no, no se ama a las mujeres si se acepta que se pueda usar el útero de una de nostras para que un hombre, por muy gay que sea,  pueda comprarse un bebé.

No se ama a las mujeres si, por muy trans que seas, afirmas que el sometimiento sexual, violento o no, a cambio de dinero es una opción o un trabajo.

No se ama a las mujeres si das por bueno que tengan que vivir escondidas bajo un burka o un hábito monjil que expresa el sometimiento a uno de los instrumentos más poderosos para la opresión de los seres humanos: la religión.

Como tampoco se quiere a las mujeres si retorciendo los argumentos sobre el género te empeñas en negar una realidad que hasta sonroja tener que recordar: que las mujeres son mutiladas, violadas, discriminadas…por el simple hecho de pertenecer a una categoría biológica que existe y es muy real llamada “mujer”.

No se quiere a las mujeres si tratas de escondernos tras el velo de la diversidad sexual identitaria, si intentas ocultar que, como mujeres que somos, luchamos  con orgullo, con el orgullo de defender la mejor de las causas que nunca antes haya tenido  la humanidad, la de una igualdad radical que, a diferencia de la defendida por Rousseau o Kant, se extiende a todos los seres humanos  sin excluir a nadie, por muy lejos de la metrópoli que haya nacido y por muy  homosexual o trans que sea.

Por eso creo sinceramente que los colectivos que luchan por la diversidad han equivocado el enemigo. Ojalá sea por ignorancia.

También creo que deberían responder con lealtad a un movimiento, el feminista,  al que le deben mucho y  ser capaces de  adoptar con un poco de humildad  metodologías de análisis, si no materialistas, al menos un poco objetivas.

En cuanto a ciertos sectores de la  izquierda, no estaría mal que renunciaran  a las cazas de brujas con tintes misóginos y aportaran un espacio para el debate fraternal y el encuentro en lugar de para la quiebra y la división.

Y, por último, creo  que  si los colectivos que enarbolan la bandera de la diversidad quieren poder declararse feministas, deberían  empezar por amar un poco más a las mujeres.

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