La sonrisa de María

El domingo pasado María se fue.

Ya no volveré a verla aparecer, discreta y sonriendo, en el grupo de apoyo de mayores. Ya no escribiré “María O. ha venido hoy”.

“María, ¿funcionan bien los audífonos?”. Durante unas sesiones estaban haciéndole unos nuevos y eso le hacía difícil la comunicación en el grupo. Pero ella se sentaba con nosotras y entre todas hacíamos lo que podíamos. Porque ese era el espíritu del grupo: que cada una de nosotras (y Pedro) estuviéramos bien en compañía.

María sonreía mucho. Un día nos contó que la iban a llevar sus hijos al Wizin Centre a un concierto de Raphael. “¡Qué bien María!”. Nos contó que era muy fan. Y yo me la imaginé en sus años mozos cuidando y sosteniendo la vida en su casa y en su barrio con la banda sonora de Yo soy aquel y entendí porque las mujeres de su generación le amaban. Luego nos contó lo bien que se lo había pasado y reiteró que le gustaba mucho. ¡Qué grande! La veo, pequeñita, tarareando las canciones que tantas veces habría cantado.

Porque María era de porte chico y no imponía su presencia. Entraba, saludaba, sonreía y ya. ¡Esa sonrisa luminosa! Transmitía dulzura y bondad. Incluso el desacuerdo lo expresaba con dulzura. Una tarde me dijo que eso que hacíamos no era trabajo de memoria. Que lo que le agradaba eran los trabajos de escribir y colorear que le ponían en la parroquia. Pero (gracias a sus hijos), siguió viniendo. Creo, además que le caíamos bien. Porque sonreía.

Otro momento de “crisis” fue cuando las llevé al ordenador para hacer ejercicios de refuerzo de memoria on line. Se enfadó. Como ella se enfadaba, que no lo parecía. Y me dijo claramente que ella al ordenador no volvía. No le gustó nada, no se sintió cómoda. Era muy franca y un poquito rebelde, derecho que se había ganado por edad y dignidad. Yo le aseguré que, si hacíamos otra sesión en la sala de informática, le prepararía material del que le gustaba para que no se sintiera incómoda. Y volvió a sonreírme.

La tarde que estuvimos hablando de cómo llegó cada una al barrio, en qué año y qué recuerdos tenían del lugar de dónde procedían, María O. no vino al grupo. Pero sé que perteneció a ese grupo numeroso de mujeres que construyeron San Blas codo a codo con sus vecinas en un tiempo y en unas circunstancias de penuria. Todo se compartía, sacaron adelante a las hijas e hijos entre todas, sacaron al barrio del barro, sacaron las familias a flote, con fuerza, con garra. María era del Rinconcillo de Algeciras, una de esas andaluzas, como mi madre, que marcharon lejos pero volvieron cuando pudieron y siempre llevaron su tierra en el corazón. “La Mari” y su vecina “La Dulce” tenían unas hijas mejores amigas , Fini y Agus. Este par se iban a almacenes Arias y a Galerías Preciados a por telas, dibujaban qué querían y sus mamás, se ponían las dos, codo a codo, a coserles ropa.

Se construye barrio, tejiendo y cosiendo redes de apoyo, de amistad, de cariño. Eso es el vecindario.

El domingo lloré porque no voy a volver a verla. Sé que se ha ido rodeada de amor, el que ella dio toda su vida. Hice mi tabla de gimnasia del confinamiento con Raphael a todo trapo. Ese fue mi homenaje.

Esta era María Ortega. Porque fueron, somos.

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