Dos años sin ti

Le da la impresión de que la pareja humana está hecha de tal manera que su amor es a priori de peor clase de la que puede ser el amor entre una persona y un perro”

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera.

Eran las 20:47, minutos arriba, minutos abajo, cuando escuche la vibración del móvil. Me acerqué y al ver la pantalla supe lo que esa llamada significaba. Las condiciones habían sido pactadas previamente y sabía que esa era la llamada que no habría querido recibir. Tras el breve preámbulo de cortesía llegó el anuncio “ella ya no estaba con nosotros”. No por esperado era menos doloroso. Al contrario, el dolor invadió hasta la última parte de mi cuerpo.

Ella era mi perra, la que comenzó siendo mi niña y acabó siendo mi viejita. Para quienes en este punto piensen “¡bueno, era solo una mascota!”, les diré una cosa, ahórrense su consejo de que “nos tenemos que morir las personas que somos más importantes”. Que una pérdida pueda ser mayor no reduce el dolor de cualquier otra pérdida. Ese consejo es casi tan poco empático como el profesado tras una ruptura de “ya encontrarás a otra persona”. Puede que un clavo saque otro clavo, pero el clavo nunca borrará las cicatrices. A esas personas les deseo que algún día descubran lo fiel e incondicional que es el amor de un perro.

Y respecto a la importancia…es un tema bastante subjetivo. La lealtad y la fidelidad de un perro es algo difícil de encontrar en los humanos. 14 años y cuatro meses de fiel compañía, ¿cuántas personas permanecen durante tanto tiempo? 14 años y cuatro meses son muchos momentos, muchos paseos, caricias, regañinas y enfados, miradas, sonrisas, lágrimas. Dejen que cada persona decida lo que es importante y lo que no. En mi caso, les confesaré que desde entonces, cada vez que he visitado el lugar donde está enterrada no he sido capaz de que una lagrima no caiga por mi mejilla.

Me gustaría creer en la existencia de otra vida en la que podamos reencontrarnos, pero mi exceso de racionalidad me lo impide. Me hubiese gustado estar en su final, pero no fue posible. Al menos me quedó el consuelo de saber que la última vez que nos vimos fui consciente de que eran nuestros últimos minutos juntos. Al menos me queda la compañía de su huella en mi antebrazo y es que ella siempre permanecerá en mí porque como escribió Kundera no hay amor más puro que el que existe entre un perro y una persona.

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