Tarde de sábado de pandemia.

Veo un otoño triste asomar tras mis ventanas. Unos arbolitos escuchimizados de los que se desprenden unas hojas que enseguida se ensucian pisadas una y otra vez. No tengo ganas de ir a los grandes parques porque para eso tengo que atravesar la ciudad, y la ciudad se ha vuelto inhóspita.

Las calles están llenas de tiendas cerradas y las que están abiertas son muy feas y están llenas de cosas que no nos hacen falta. El paisaje urbano ha cambiado a peor.

Las noticias son reiterativas y confusas. Pero siempre está ahí la amenaza. Esperamos un consuelo, un aliento, un movimiento a favor de lo razonable. Sin embargo obtenemos acusaciones, incertidumbres, incoherencias y una sensación terrible de que no les importamos ni a los dueños del dinero, ni a quienes se lo gestionan,ni a las plataformas de propaganda del régimen.

Soledad frente al Apocalipsis anunciado.

También los nuestros nos han abandonado. Se pelean entre ellos por quién está más cerca de la verdad cuando estamos todas tan cerca del fin. Especialmente han abandonado a las mujeres aunque se llenan la boca de igualdad y feminismo. Pero sabemos que no es cierto, que se han puesto del lado de quienes quieren borrarnos como una verdad incómoda y sustituir nuestra utopía por un mundo líquido y difuso donde el deseo se convierta en derecho y lo individual en motivación para la acción. Cada quién enfrente de su propio espejo. ¡Loor y gloria a Narciso!.

Soy una mujer. Una mujer feminista, materialista, comunitaria, luchadora. Soy una mujer mayor.

Todas las alternativas que se me ocurren para salir de este desastre requieren de las demás personas para llevarse a cabo. Sólo creo en salir juntas. Necesitamos a las vecinas, las amigas, las colegas, las correligionarias. Tenemos que articular nuevas maneras de vivir, de crear, de cuidar, de nutrir, de luchar. Y me encuentro con la distancia social, la ira, el rencor, la impaciencia.

Parece que van ganando los malos.

Me he quedado sin voz. Circunstancia física que me merma, me impide, me anonada, me molesta mucho. A pesar de ello, con mi vocecita atiplada de niña cursi trato de comunicarme con las personas queridas o con las compañías de telefonía, con el ayuntamiento, con los repartidores, con electricistas, fruteros, farmacéuticas, enfermeros, médicas, carniceros, es decir, con la sociedad. También con mi logopeda. Y con mi psicóloga. Y con las vecinas. La peluquera. El gato. Con la veterinaria y la fisio, la panadera y la de los congelados. Y trato de saludar a la persona que conduce el autobús desde detrás de la mascarilla y haciendo gestos con la manos.

Todo antes que dejar que el silencio se apodere de todo.

Los árboles del Pirineo se han quedado esperando que les abrace. Y el agua marina templada de fin de estación del Cantábrico que me de un chapuzón vivificante. Nostalgia. Futuro.

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