Dispersión

Me cuenta alguien que trabaja con personas que consumen que algunas de ellas, que llevaban más de un año sin consumir, lo han vuelto a hacer para paliar el hambre provocada por la falta de ingresos.

Leo en twiter que Medialab nos oculta bajo el eufemismo “personas que sangran”. Podían haber añadido “por el chocho” para que se entendiera mejor que hablaba de mujeres.

En la cuarta asamblea de Podemos ha salido al escenario una persona con caracteres secundarios de macho de la especie y ropa asignada al género masculino que llevaba en los pies unos zapatos de tacón. Parece ser que sus amistades le nombran en femenino. Siento que se burlan de mí y de todas nosotras, las que sangramos por el chocho.

La prensa explota a todas horas del día el morbo de los asesinatos de las niñas de Tenerife. No respetan a la madre, no respetan el dolor. Los casos de las adultas asesinadas pasan a un segundo plano. Venden menos que la violencia vicaria. El algo habrán hecho aletea al fondo de los cerebros deformados por el patriarcado.

Llegan con el verano los anuncios publicitarios de bañadores y de sandalias de tacón, las redes llenas. Yo me bañaría desnuda pero me reprocharían, no el escándalo sino mis carnes de mujer mayor sometidas a la ley de la gravedad. No sería un desnudo bonito según el canon masculino. Así que me tengo que comprar bañadores. Pero por las sandalias de tacón no paso. Ya cometí el error cuando era joven. ¡Qué instrumento de tortura tan refinado! Y deja secuelas físicas y mentales.

Volviendo al hambre, en mi barrio, los nazis han montado una colecta de alimentos para las familias del barrio imitando a las redes vecinales que dieron y dan de comer a más de doscientas. Ellos solo recolectan para españoles. Han atendido a nueve familias. Se blanquean con estas artimañas porque hay gente cómplice.

Estoy cabreada después de esta semana de muerte, de lágrimas, de la derecha vomitando sindioses por sus bocazas pútridas. No es bonita la realidad. Tratamos de llevarlo con una cierta gracia pero nos rodean las amenazas de la quinta ola. ¿A quién le resulta tan rentable nuestro miedo?

Hasta otra.

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