Socialdemocracia y revolución.

La victoria por la mínima del PSD en Alemania junto con  los gobiernos progresistas de España y Portugal, el avance socialista italiano y  la permanencia en  el poder de otras socialdemocracias de nuestro entorno parece abrir  un resquicio  hacia un posible resurgir de la socialdemocracia en Europa, algo que junto con la también apurada victoria de Biden, nos permite  dar un par de vueltas a si será posible aprovechar esa suave brisa de oposición al neoliberalismo descarnado que parece soplar en una parte del mundo occidental.

¿Pero quiere decir esto que debemos confiar de nuevo en la socialdemocracia cuando lleva décadas demostrando  su incapacidad para frenar el avance neoliberal y mantener sus promesas electorales?, ¿que debemos creer ahora que las debilitadas democracias que conocemos serán capaces de oponerse al monstruo globalizado en que se ha convertido el sistema capitalista?, ¿que ya no necesitamos la revolución para cambiar la senda  que parece conducirnos hacia distopías de catástrofes mundiales y ricos, riquísimos  que controlan el mundo?

Es evidente que no, que en el nuevo escenario mundial las políticas progresistas necesitan renovarse si no quieren dejar que la gran mayoría de la humanidad siga condenada a la pobreza y la humillación posibilitando  una nueva derrota, tal vez definitiva, que suma a nuestro planeta en una crisis de dimensiones terribles.

Por mi parte, que mantengo  la ambición revolucionaria del cambio y el convencimiento de que la humanidad puede emprender un rumbo distinto al actual si se sirve de las políticas adecuadas, a día de hoy reivindicaría  un pacto entre lo mejor del espíritu de la revolución y los  hallazgos de las propuestas socialdemócratas, superadoras de los peligros autoritarios, violentos  o voluntaristas de muchas de las revoluciones del pasado.

Y aunque para entender esta propuesta de alianza entre socialdemocracia y revolución no estaría de más analizar en profundidad los errores históricos de ambas corrientes, por razones de oportunidad (y porque la revolución que condujo al  socialismo realmente existente ha sido derrotada y enterrada)  voy a fijarme aquí en la renuncia socialdemócrata, esa que cuando ha estado en el poder con importantes mayorías parlamentarias  le ha impedido  llevar a cabo los cambios estructurales que el sistema requería  para garantizar la igualdad, algo que, de facto, hubiera servido para cortar  el paso al avance neoliberal.

Me refiero a una  renuncia tan debilitante políticamente como también lo es su empeño en desacreditar  las revoluciones. Hablo de revoluciones pacíficas y democráticas como la feminista, que podía haberse apoyado desde la socialdemocracia con políticas decididas contra  la violencia extrema que supone la prostitución y la pornografía; o la ecologista, que hubiera permitido a los partidos socialistas  y comunistas  la alianza con un  movimiento joven capaz de combatir el principio capitalista del crecimiento ilimitado.

Y junto a la renuncia,  la falta de visión para comprender que cualquier cambio profundo, también los que necesita una  sociedad del bienestar que merezca el nombre de tal o cualquier forma de socialismo, necesita contar con bases sólidas en las que asentar las nuevas aspiraciones de la gente.

Las aspiraciones estaban y  siguen estando ahí, como parecen indicar los resultados electorales de estos últimos meses o los movimientos masivos de jóvenes, feministas o de corrientes antirracistas  como el Black lives matter.  Pero falta todo lo demás. Alguien, inocentemente o no,  no ha hecho los deberes en décadas.

Pero dejando aparte el pasado para  poder explicarme  en el breve espacio de este artículo, resumiré en cinco puntos algunas ideas que los socialdemócratas y los revolucionarios actuales deberían afrontar de forma conjunta para no perder esta nueva aunque débil oportunidad que nos brindan las nuevas mayorías parlamentarias de algunos países occidentales.

1.-Recordar que la razón de ser de la socialdemocracia desaparecerá y con ella la socialdemocracia misma  si no asume de una vez su objetivo principal de  erradicar la pobreza y  garantizar la igualdad y la justicia social. Recordar que también constituye una de sus señas de identidad la posibilidad de intervenir los mercados para conseguir su objetivo primero e irrenunciable.

Y para demostrar que ese ejercicio de memoria  funciona, los partidos socialdemócratas deberían empezar por no rehuir el debate sobre la legitimidad de  la intervención estatal en sectores claves para el bienestar de las poblaciones  o los intereses estratégicos de un país, combatiendo activamente el principio defendido por la derecha de que el mercado es sagrado,  que en el capitalismo existe la libre competencia o que el mercado es capaz por sí solo de alumbrar sociedades prósperas y medianamente justas.

Pero para eso, para no tener miedo a defender posiciones radicales en lo que a la igualdad se refiere, es necesario contar con una buena dosis de ambición revolucionaria y creer en que  los réditos electorales llegarán si se ofrece a las mayorías sociales  resultados reales y duraderos en lugar de un puñado de reformas más o menos superficiales.

2.-Crear estructuras capaces de sustentar los cambios que ya reclaman esas mayorías sociales críticas con el capitalismo neoliberal. Se trata de afrontar cambios estructurales imprescindibles para acabar con  las escandalosas desigualdades  abriendo un camino esperanzador hacia al futuro mediante:

-Una profunda reforma fiscal que combata la evasión y aumente de forma efectiva los impuestos a  los ricos ( poniendo una atención especial en la herencia)  haciendo de lo público y el bien común la principal prioridad.

-La transformación de la enseñanza pública en un sistema de excelencia que se convierta en un igualador social universal, apoyándose en cuantas leyes de discriminación positiva sean necesarias para no dejar atrás a ningún grupo social.

Pero ninguna de estas dos  acciones de calado se podrán  llevar a cabo  sin una perspectiva revolucionaria capaz de sustentar  la firmeza de las posiciones. Sin una perspectiva que permita evaluar cuándo ceder es una opción y cuándo es inevitable un enfrentamiento radical con el sistema.

Porque esos enfrentamientos acabarán por llegar, de eso no cabe duda; la derecha lo sabe y se prepara permanentemente  para ellos. También deberían hacerlo las fuerzas progresistas que no lo conseguirán si pierden  la perspectiva revolucionaria,  si olvidan con falsa ingenuidad que los poderosos  están dispuestos a hacer lo que sea para no perder sus privilegios. Cuando llegue el momento, en cada uno de esos  momentos cruciales, solo se podrá evitar la derrota si se ha pensado de forma adecuada la revolución y se está en disposición de afrontarla.

3.-Mantener activa la lucha en la calle  para apoyar las reformas y mostrar la determinación de las mayorías abandonado el debilitante activismo de sofá que se expresa de forma cada vez más inútil en las redes sociales. Porque no va ser suficiente votar cada cuatro años en unas democracias debilitadas ni tampoco un activismo adormecido por  twiter o Factbook. Ni las votaciones ni el ruido digital van a ser suficiente oposición a  una derecha dispuesta a hacerse con  las instituciones, los medios de comunicación, la opinión pública y todo cuanto le garantice el control de la intención de voto. Y no es que se trate de sustituir la democracia por la calle, se trata de volver a la calle para fortalecer  la democracia y defender el bien común.

Y para esto también necesitamos contar con ese espíritu revolucionario de larga tradición que llevamos dentro, con  esa rebeldía orgullosa que nos empuja a no dejarnos avasallar por  los poderosos y a defender a los desfavorecidos, con esa determinación visionaria que a veces habita en los humanos.

4.- Y bajando el diapasón,también debemos recordar nuestra obligación como ciudadanía de exigir a los gobiernos  que cumplan sus programas, que gobiernen según sus objetivos, que tengan la claridad necesaria para no ceder ante las presiones. La historia de la socialdemocracia nos recuerda que retroceder a cambio de algunas concesiones no conduce a  mejoras duraderas y debilita a las fuerzas progresistas permitiendo el avance del capitalismo más salvaje. Y es que es más que probable que reivindicar los programas y exigir su cumplimiento sea lo que anime a los votantes a sumarse a proyectos decididos en vez de caer en la frustración, la abstención o el cambio de bando.

5. Erosionar el pensamiento conservador en todos los ámbitos, combatiendo en todos los terrenos y de todas las formas posibles las mentiras del poder derechista-patriarcal.

Por todo esto, reivindicar la revolución, las revoluciones, es un acto revolucionario como tal. Porque amar, repensar, defender, inventar y hacer cada una de las  revoluciones que necesitamos  no supone abrazar la violencia sino comprometerse con la igualdad. Un compromiso que nos obliga a combatir los privilegios de las élites que se amplían de generación en generación a través de la herencia capitalista y patriarcal.

La revolución y las ideas radicales han sido desprestigiadas y demonizadas hasta la extenuación para que las tengamos miedo y aceptemos esa sumisión que llaman “moderación”. Pero la realidad es que a quien debemos temer es al neoliberalismo cuyas políticas son, de hecho, el elemento político más sanguinario que existe en nuestros días.

Es el elemento que se cobra cada día la vida y la dignidad de la gente cuando redacta directivas que condenan a muerte a  los mayores de las residencias, normaliza la violencia contra las mujeres prostituidas por puteros y mafias, condena a muerte a enfermos en listas de espera interminables, permite a las farmacéuticas especular con las vacunas a despecho de la vida de los más pobres, empuja al suicidio a personas expulsadas de sus hogares, vende armas a países sumidos en guerras interminables, permite que la Iglesia ejerza como el más poderoso depredador sexual de la infancia que existe o esconde ante la opinión pública el coste en vidas que produce la contaminación de las ciudades.

Son las fuerzas de derechas las que ejercen la violencia y no las personas que, bajo una inspiración socialista, democrática y feminista, reclamamos cambios revolucionarios, radicales y pacíficos, para alcanzar una sociedad igualitaria y justa.

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