No descubro nada nuevo al afirmar  que una de las formas de aprender es el “ensayo y error”. Sin errores no sabríamos coger un tenedor ni tampoco hablar. Ni siquiera sabríamos  pensar de un modo coherente.

Otra forma de aprendizaje es la imitación. Pero ambas afirmaciones son  una obviedad a estas alturas.

Paradójicamente, si echamos un vistazo a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que la mayoría de las personas adultas que conocemos  en el ámbito privado, profesional y por supuesto, público,  no suelen reconocer errores.

Pero si detectar y analizar las equivocaciones   es un potente motor para el aprendizaje y el desarrollo de la inteligencia, no hacerlo debería significar lo contrario. Por esa razón  me parece lícito dudar de la sabiduría de aquellos que se regocijan con suficiencia  cuando alguien, valiente en todo caso, reconoce un  error. Y más aún cuando utilizan ese reconocimiento como signo de la debilidad ajena.

Utilizar el error para aprender tiene mala prensa en España. Somos un país de arrogantes sabelotodo que no dedican ni un minuto a revisar las propias apreciaciones sobre el pasado, el  presente o el  futuro. Así, si un político reconociese haberse equivocado y anunciase un cambio de rumbo en base al análisis de ese error (algo inédito, por cierto), sería linchado de inmediato al igual que sucede cuando alguien osa hacerlo en un entorno profesional, personal o incluso íntimo.

De ese modo, cualquier  persona honesta que desee modificar una  idea, un procedimiento  o una acción basándose en el reconocimiento de un error previo, parece abocado a  asumir la  culpa de la equivocación en lugar de que se reconozca como natural una forma de pensamiento que nos hace avanzar  en cualquier misión, experimento  o análisis.

Pero esto es España y aquí los personajes  honestos son vilipendiados mientras sus contrincantes urden  todo tipo de intrincadas falsedades para, señalando a su oponente, esconder sus propias meteduras de pata.

He asistido muchas veces al “tú mismo has reconocido tu error” como argumento contra el  que se atreve a  hacerlo, sin darse cuenta de que detectar los fallos propios habla bien de quien lo hace y  muy mal  de quien presume de acertar siempre.

Estos últimos, los que nunca se equivocan,  son personas capaces de retorcer sus propios argumentos, opiniones o recuerdos  hasta extremos sorprendentes con tal de construir un relato que parezca darles la razón, aunque sea a costa de traicionar cualquier atisbo de coherencia intelectual o ética.

Lamentablemente, este fenómeno mezcla de cobardía, arrogancia y falta de brillantez es un fenómeno extraordinariamente extendido; tanto, que pocos pueden presumir de no haber participado de él en alguna medida.

Pero quizá es en esa medida en la que reside la importancia de este asunto ya que pasado un umbral, nos vemos abocados  a la ignorancia  más dañina, esa que impide avanzar a las sociedades y que ahoga cualquier intento de alejarse de esa mayoría mediocre y conservadora que intenta engullir cualquier cambio.

Porque  reconocer errores implica necesariamente cambiar.  Y los cambios son peligrosos para el statu quo. Como lo es la existencia de individuos capaces de construir un pensamiento  propio, algo que solo se consigue si estamos dispuestos a enfrentarnos a nuestras propias equivocaciones.

Por eso, las sociedades impregnadas por la mediocridad de los obedientes, los sumisos a líderes, partidos, dictados de las mayorías o, simplemente, acostumbrados a hacer lo que haga falta para medrar…azuzan  de forma natural a sus huestes contra quienes osan  emprender otro camino.

Porque el error reconocido proclama el orgullo de quien  no tiene miedo a equivocarse porque sabe que, cada  vez que yerra, obtiene  un descubrimiento que le hará  más sabio.

Aferrarse a lo establecido, a lo que se da por bueno gracias a una autoridad superior del tipo que sea, nos  garantiza, es cierto, la aceptación del grupo (de algún grupo) y una dosis razonable de  tranquilidad. La cuestión es que, mientras nos protege  de la intemperie de la razón, nos arrebata la dignidad y nos obliga a readaptar permanente e ignominiosamente nuestro relato a las conveniencias.

En pos de ese abrigo que nos permite suspender la razón, la mayoría de las personas  sucumbe a esa especie de cuñadismo que basa sus opiniones en prejuicios, lugares comunes, refranes, opiniones mayoritarias… mediante un aprendizaje basado en  la imitación.

Otras personas, creyéndose más listas que las anteriores, se nutren (también por imitación)  de certezas algo más elaboradas a las que se aferran mediante un dogmatismo militante. Y luego están los cínicos, a los que les importa un bledo aprender algo que no esté relacionado con su autocomplacencia o sus intereses. Pero no son muy diferentes de aquellos que viven  con un  miedo programado  a la exclusión y al fracaso. El mismo miedo programado que alimenta a las  sociedades formadas por individuos ignorantes que no quieren dejar de serlo.

En el otro lado, el del error, se encuentra la posibilidad de un aprendizaje permanente, de  construir conocimientos nuevos, de ser creativos y   libres, además de vivir con naturalidad  la posibilidad de fracasar.

Pero  aunque parezca una opción luminosa, los que se sienten capaces de convivir con el error no lo tienen nada fácil ya que su esfuerzo obtiene pocas recompensas (a veces, ninguna)  debido a la férrea resistencia de los  que siempre temerán a los que menos temen o a los que, simplemente, se atreven.

Por eso, desde artículo prenavideño, quiero invitaros (e invitarme a mí misma de paso) a prender a aprender de los errores para ser más sabios, más libres y más felices en el 2022.

Para atrevernos a ser un poco revolucionarias.