No sé por qué he elegido este tema para comenzar el año. Me parece un poco triste, la verdad. Pero supongo que tiene que ver con que se trata de un asunto lamentable, como el año que se va. Me refiero al éxito y a su contrario, el fracaso. Me refiero a esa dualidad que nos divide como seres humanos  entre losers y winners.

El éxito es el desiderátum de nuestras sociedades. Pero no cualquier clase de éxito. No se trata, por ejemplo, de  alcanzar un alto grado de satisfacción y reconocimiento por la consecución de un objetivo necesario, deseable, extraordinario, digno o  simplemente lúdico.

No. El éxito que nuestras sociedades idolatran se basa en  los valores propios del sistema: la consecución de riqueza, poder  y/o  cualquiera de sus  trasuntos.

Y para construir el edificio en el que se sustenta ese deseo es suficiente utilizar una idea simple que parezca contundente. Me refiero al mito de ser el mejor.

Porque en nuestro mundo ser el mejor es el mérito por excelencia, ese que nos otorga legitimidad para poseer mansiones, vehículos y esposas/amantes guapísimas acorde con nuestras hazañas competitivas (reales o imaginarias); así como elogios, premios, popularidad y admiración con que alimentar la vanidad. Eso, cuando no sirve para justificar cosas mucho peores.

Y no es por nada, pero visto así, no me parece posible llegar a otra conclusión que no sea la de negarnos a participar en este juego infernal. A menos, claro está, que esperemos recibir una herencia abultada que nos sitúe en una buena posición de salida o que estemos convencidos de conocer un atajo para llegar a la meta.

Pero el éxito goza, además, de otra virtualidad muy útil al sistema, la de reducir al resto de los humanos a la condición de perdedores.

Como síntoma elocuente de lo que digo me viene a la cabeza la cínica boutade neoliberal que otorga el papel de primer perdedor al segundo clasificado. Pareciera buscarse con ello que la gran mayoría de las personas pasen a formar parte de un inmenso colectivo humillado que lucha por llegar arriba (a algún tipo de arriba) sin nunca conseguirlo del todo.

Porque aunque nos conformemos con ser los segundos, los décimos o incluso los últimos, no dejaremos de formar parte de una comparsa orquestada desde la desigualdad que exalta una competitividad que no busca alcanzar lo mejor de las personas o de cualquier disciplina. La verdad es que nunca se trató de eso.

¿Pero es siempre así, siempre la competición está trucada?  Y, por otro lado, ¿en realidad se puede abandonar el juego  sin condenarse al ostracismo o incluso a algo mucho peor?

La respuesta a la primera pregunta no merece ser muy larga. Porque claro que algunas veces la competición no está trucada o, aún estándolo, puede ser ganada por un inocente. Ni la maquinaria del truco es perfecta ni necesita serlo. Ofrecer ejemplos de ganadores salidos del pueblo forma parte de la farsa.

Así que bien por ellos. Bien por los que sin morirse por el éxito consiguen alcanzarlo de algún modo  o   aquellos cuyas hazañas verdaderas les otorgan  reconocimientos que tal vez les sirvan para superarse. Bien por ellos, en serio.

La segunda pregunta es, en cambio, más complicada  porque abandonar el juego, aunque sea   posible,  de ninguna manera debería ser  el objetivo.  

El único objetivo digno, el que no se preocupa solo por uno mismo y atiende a esa abrumadora mayoría que soporta el peso de  las más inmerecidas derrotas, es desbaratar el juego totalmente.

Pero antes  convendría  revisar  esa  arraigada tradición  cultural nuestra que admira y consagra  a determinados  perdederos que habitan la ficción moderna (aunque no sólo la ficción y no solo la moderna). Y me pregunto si no será  que este retorcido juego ha sido capaz de crear una suerte de  Panteón   de los derrotados ilustres  que funciona como  anzuelo o premio de consolación para evitar el suicido colectivo.

Porque  tengo la sensación de que algo en torno nuestro  intenta convencernos con demasiado desparpajo de que somos incapaces de ganar según qué batallas y nos apremia a asumir con celeridad la condición de fracasados.

Por eso no me suena descabellado lo del premio de consolación ya que  de ser así,  se comprendería mejor que a veces nos  comportemos como alumnos aplicados que alimentan la propia melancolía y el gusto por   la derrota.

En el otro extremo se sitúan los negacionistas del fracaso, que se esfuerzan por maquillar los reveses de la vida como si cada nuevo retoque frente al espejo les permitiera sustraerse a ese destino de ganadores imposibles. Tanto unos como otros responden, respondemos, a un plan pensado para que nos sumamos en el miedo a ser señalados como losers.

Se trata de  un plan que nos escamotea la inspiradora complejidad de los fracasos, que no nos deja ver  que no hay  derrota que no apunte a una  victoria  ni victoria que no conozca  los reveses; que  el error es el gemelo del acierto, que el aprendizaje es el territorio de la libertad, que el éxito no consiste en  ganar a nadie  y que el triunfo que merezca el nombre de tal solo florece alejado de la trampa.

Pero aunque está muy bien reconocer todo esto, también me pregunto si saberlo sirve para algo en realidad. Porque  aunque cabalmente comprendamos que los ganadores oficiales son unos impostores ¿no necesitaríamos  contar con algún tipo de mapa del tesoro  que nos oriente en la búsqueda del éxito que realmente deseamos?, ¿no deberíamos recibir alguna formación  sobre cómo extraer las  enseñanzas que esconden  cada uno de los fracasos individuales o  colectivos que asumimos como propios?, ¿no tendríamos que hacer de esos fracasos una  escuela que nos ayude a cambiar este maldito juego de vencedores y vencidos?

Pues seguramente  sí. Pero no es tarea  fácil.

Por eso, al menos  de momento, me limitaré a sugerir que tal vez  cada uno de nosotros tengamos en nuestro poder,  aún sin saberlo, un fragmento de ese deseado  mapa del tesoro,  un valioso fragmento de sabiduría que, de existir, se encuentra escondido entre  los restos de nuestros muchos naufragios.

Y lo digo porque algún día deberíamos citarnos  llevando  con nosotros nuestros respectivos pedacitos para encontrar entre todos esa suerte de talismán que nos permita  destruir este juego indeseable.

*Aclaración:

He escrito este artículo en masculino para ser coherente con el carácter de  los sueños de triunfo  de nuestras sociedades que no solo responden  a los valores neoliberales sino también a los patriarcales.

Lo he escrito, por tanto, como si yo misma fuera un hombre. Es un defecto (mucho más que eso, en realidad) que no he conseguido quitarme del todo desde que, siendo niña, me creí lo de que el masculino me incluía también a mí.

Pero no me incluye, porque a mí también me gusta el éxito, y sin embargo no me atraen los rubios despampanantes ni los coches ostentosos ni necesito presumir de tamaño, ni siquiera simbólicamente. Y es que el imaginario del éxito se conjuga en masculino. Como se escribe en masculino esa larga tradición de perdedores ilustres que habitan el imaginario Panteón que citaba más arriba. Ni una sola perdedora laureada me viene a la cabeza mientras lo hacen tantos adorables fracasados que asoman desde las páginas de libros o películas inolvidables.

Al final resulta que nuestra sociedad, fiel a sí misma, nos enseña que hasta para fracasar es necesario tener éxito y que ni siquiera ese territorio de derrota ha sido creado para que lo habiten las mujeres.