El otro día caminaba de regreso a casa cuando, de repente, empecé a sentir un hambre atroz. Me quedaba todavía un largo rato para llegar a mi casa por lo que, en el primer comercio que vi decidí entrar y buscar algo que saciara mi apetito. Una vez dentro, cuando ya tenía entre mis manos el candidato ideal para saciar mi hambre me topé con un cartel inesperado: ¡No se puede pagar con tarjeta! Maldije mi suerte porque era consciente, sin necesidad de mirar mi cartera, de que no lleva ni un triste céntimo encima. De nuevo, mi cabeza se activó en busca de alternativas. Las tripas sonaban con insistencia y mi mente fué primaria. Me acerqué a una esquina y al ritmo que Usain Bolt ganaba medallas de oro devoré el alimento. Una vez saciado me dirigí tranquilamente hacia la puerta.

Justo en el momento en que puse el primer pie fuera del establecimiento alguien me detuvo con modales muy bruscos. Me giré molesto y le interpelé sobre sus razones para tener tan malas maneras. No reproduciré todo lo que su boca dijo, pero no eran palabras aptas para todos los públicos. No entendía la situación. El hombre que me impedía poder continuar mi retorno a casa seguía y seguía con su verborrea malsonante. Un par de minutos después apareció otra persona con apariencia de responsable de seguridad que empezó a hacer mención a una grabación en una de sus cámaras. Mi incredulidad crecía y crecía ya que no entendía en qué momento habían sido tan osados como para grabarme sin mi consentimiento. La gente comenzaba a agolparse a nuestro alrededor pero nadie quería comprender lo injusta de mi situación. Nadie parecía empatizar con que estaba siendo retenido en contra de mi voluntad y que, encima, me habían grabado sin ningún tipo de autorización. Es más, algunas voces empezaban a gritar e interpelaban a los dos hombres que me estaban quitando mi libertad de movimiento para que llamaran a la policía. Yo no entendía nada. Me parecía una situación muy surrealista. Me parecía muy injusto que todos me acusaran y nadie entendiera que yo estaba siendo la víctima.

No, está situación no fue real. No estuve cerca de pasar un rato en comisaría. Todo es fruto de mi imaginación. No obstante, no me parece un escenario muy descabellado el descrito dado todo lo que vemos, leemos y vivimos cada semana. Estos últimos días hemos escuchado al deportista ejemplar que tanto si predica con el blaco como si lo hace con el negro lo hace bien y al presidente que se lucra por el bien “de las minorias” y por las reivindicaciones sociales. Son solo una muestra más de una lista muy larga donde, incluso, se puede masacrar a una población bajo el discurso de hacerlo por su bien.

Situaciones que suelen tener un denominador común: nunca parece pasar nada. Y si pasa, es entonces cuando aparece el relato de que yo soy la víctima. ¿Por qué asumir la culpabilidad?, ¿por qué reconocer que se ha podido hacer algo mal (aunque sea solo moralmente)?, ¿para qué? Es mucho más sencillo construir la defensa desde el victimismo. Puede que en la imaginación me haya comido un alimento he intentado salir sin pagarlo pero, ¿cómo pudieron atreverse a grabarme sin mi consentimiento?

Y es que pareciera que nunca nadie paga por nada. Con la libertad por bandera, ni los hechos ni las palabras parecen tener consecuencias. Una situación que no solo ocurre en esas altas esferas. No me cuesta mucho trabajo imaginar un escenario entre amigos donde uno de ellos filtre un audio que deje en mal lugar al otro. Sigue sin costarme trabajo imaginar que, en lugar de disculparse por lo que pueda contener ese fragmento, su defensa fuera: ¡cómo te atreves a compartir eso!

Al respecto, hace unos meses leí un artículo del escritor Sergio Del Molino donde hablaba sobre otra variante de todo esto. En ocasiones sí aparecen las disculpas pero estas están lejos de un verdadero deseo de redención o reparación. Cómo dice él: “los traspiés no dejan huella ni siquiera en los protagonistas, basta con que uno confiese su culpa y error, y a otra cosa”. Una reflexión que tiene su reflejo en esas disculpas del estilo “lo siento mucho, no volverá a ocurrir” (la quinta vez que se ha realizado el mismo acto) o “lamento mucho si hice algo mal o he ofendido a alguien”. Esta última es una fórmula muy habitual que en realidad viene a significar: “no creo haber hecho nada mal, te has ofendido porque quieres pero estoy intentando ser políticamente correcto”.

La suma de ejemplos crea tendencia y es fácil pensar que si lo normal es no pagar por los errores para qué iba a ser uno la excepción. Siempre es más fácil la autocomplacencia de acercarte a quién te diga que, bueno, tampoco era para tanto, que hay que pasar página, que mejor no volvamos a mencionarlo nunca. Si, es más gratificante que al final de la rueda de prensa para dar “explicaciones” todos te aplaudan. Y es que siempre es más fácil decir: ¡Yo soy la víctima!