Leo que según la OMS, el trastorno de ansiedad aumentó en un 25% en todo el mundo el primer año de la pandemia.

Y me siento incluida  en esas cifras. Pertenezco a ese grupo que se ha reconocido en ese monstruo llamado ansiedad y tal vez en  una depresión no diagnosticada.

La pandemia, sin duda la pandemia. Y también la guerra. Pero no solo ha sido eso. Casi nunca lo es.

En mi caso, sobrevino  la enfermedad de personas muy próximas  y finalmente mi propia enfermedad que me conducirá  en unos días al quirófano.

Y sin embargo, no es ahora cuando estoy peor. Ni mucho menos.

Creo que el punto álgido de mis emociones negativas llegó con varios accesos de pánico durante la noche. Esos pensamientos oscuros que empezaron a aparecer con el insomnio de la pandemia se volvieron casi negros. Pero faltaba el  casi y ese casi me ayudó a accionar una palanca para revertir la negrura.

Manejar  las emociones es algo que aprendemos durante la infancia, que hemos aplicado a lo largo de nuestra vida para sobrevivir y que se encuentran en algún lugar de lo que somos. Y en mi caso, llegó un momento en que necesité  ir en su busca.

Pero no fue de forma consciente. Simplemente en una de esas noches de insomnio, una voz del pasado, la de mi madre (siempre mi madre) me susurró al oído: nena, se valiente.

No me dijo se fuerte, no me dijo aguanta, no me dijo ten calma. Ni siquiera, me dijo no te pongas en lo peor. Y recordé que cuando era pequeña y  me hería en una rodilla, tenía tanto miedo al alcohol que me negaba a gritos a someterme al tratamiento que me esperaba. Entonces mi madre me hacía ver que era inevitable y que la única solución para que no se me aplicara a la fuerza era  ser valiente. Y tenía razón, en cuanto comprendía que no había escapatoria, que por más que patalease, que tratara de esconderme o de escapar no iba a conseguir nada, entonces hacia acopio de fuerzas y me enfrentaba a “lo que había”: una herida que había que sanar.

Si se me hubiera echado el alcohol a la fuerza, habría sido muchísimo peor para mi madre y para mí. Hacer acopio de fuerzas, en cambio, resultaba ser, casi de forma milagrosa, un antídoto contra el dolor a la vez que me proporcionaba la satisfacción de saber que tenía fuerza suficiente para combatir el miedo.

Así que una noche sombría me dije: tía, se fuerte.

No sé lo que dirá la psicología de todo esto. Supongo que a cada uno le funciona lo que le funciona y recurre a lo que forma parte de su bagaje emocional. Lo que sí se es que ser valiente es un buen consejo y no solo para manejar la ansiedad.

Hoy, que duermo mejor y estoy mucho más alegre cuando sale el sol cada mañana, reivindico la valentía. Reivindico enfrentarse a las cosas que nos asustan en lugar de rehuirlas. Reivindico no escamotearnos la verdad a nosotros mismos mediante “relatos” tramposos y tener la valentía de saber que eso solo es, como decíamos antes de inventar la   estratagema de “las narrativas”, engañarnos  a nosotros mismos.

Porque suele ser cierto lo que  hace poco me dijo una amiga: casi nunca es para tanto. Y yo añado: y  si  lo es, ya lo afrontaremos.

En todo caso, resulta sorprendente darse cuenta del carácter terapéutico de la verdad. O mejor dicho, del carácter terapéutico de afrontar la verdad.

Tal vez si nos lo propusiéramos más a menudo  tendríamos menos miedo como individuos, relaciones más sanas con los demás y una sociedad mejor. Tendríamos unas redes sociales con menos “ghosting” y demás síndromes comunicacionales de la era digital y mas aceptación  (y proclamación orgullosa, si viene al caso) de lo que somos. Tendríamos menos necesidad de protegernos del  miedo, cualquier clase de miedo, tras un silencio dañino con el que no solo nos hacemos daño  a nosotros mismos  sino  que se lo hacemos a los demás negándoles su derecho a una comunicación honesta.

Pero para poder hacer todo eso,  tengo la impresión de que es necesario empezar por cambiar  nuestro concepto de valentía y  no solo en el terreno emocional. También se trata  de comprender, por ejemplo,  que ser valiente no es, como proclama el sistema, la aceptación o el entusiasmo con el que los hombres van a, o apoyan, la guerra. Que demuestra más valor quien, tras afrontar  el significado de ese acto extremo que compromete nuestra propia vida y la de los demás, decide no apuntarse  al mandato de los ejércitos.

Un ejemplo con un enorme poder transformador ya que, de generalizarse, las fábricas de armamento no sabrían cómo conseguir esa valiosa, hoy abundante y barata, carne de cañón imprescindible para que cualquier guerra sea posible.

Pero hay muchos ejemplos más, solo hace falta tener valor para cuestionar el significado del  valor,  un concepto altamente contaminado por los intereses del statu quo.

¿Estamos entonces ante la pescadilla que se muerde la cola?

Tal vez,  tal vez sea difícil saber por dónde habría que empezar a desmontar la patraña de la valentía y a adoptar la valentía de la razón, la valentía de lo humano.

Pero me parece que no por eso deberíamos  refugiarnos en  los ansiolíticos.

Aclaro: esta última frase sobre ansiolíticos, al igual que el enorme  salto que supone estar hablando de angustia emocional  y pasar a una posición ideológica sobre la guerra, pueden  parecer un tanto tramposos ya que su hilo conductor no se explicita, por razón espacio, en el propio artículo. No obstante, confío en que quien no quiera profundizar por su cuenta  en el recorrido de ese  hilo conductor, entienda la intención “poética” de la conexión.

En todo caso, quiero dejar claro que  no pretendo en modo alguno estigmatizar el uso de  fármacos o  de cualquier otro medio, químico o no, que atenúe el sufrimiento humano.