Las películas del Oeste mostraban a las abolicionistas de la prostitución como grupos de esposas puritanas y carentes de atractivo que pugnaban por echar a las prostituidas de los pueblos en nombre de la moral, las buenas costumbres y la decencia. Por supuesto éstas eran más atractivas, listas y con más dignidad que las viragos que querían acabar con el comercio carnal.

Las suffragettes eran terroristas descerebradas que pretendían dar el voto a las mujeres socavando el principio de autoridad en pos de una igualdad que desprotegía a las mujeres decentes de los peligros sociales. Por ello se las perseguía, encarcelaba, torturaba y deslegitimaba.

Las mujeres que han pretendido ser libres en el siglo veinte han sido tildadas de casquivanas, promiscuas, sabihondas, insolidarias, fanáticas, brujas, putas, pequeñoburguesas, malasmadres, guarras, zorras, hipócritas, frígidas, calientapollas, y muchos más epítetos tan variados como la procedencia o ideología de los machos que sentían perjudicados por su insolencia.

En el siglo veintiuno los insultos estrella son feminazi, terfa o tránsfoba dependiendo de si lo escupe forocoches o la izquierda identitaria que, en un rizar el rizo que supongo pensarán muy original, ha añadido viejas, antiguas y conservadoras a quienes defendemos que ser mujer es la circunstancia biológica observable de haber nacido hembra de la especie humana y que el género es el constructo formado de estereotipos, prejuicios y lugares comunes que se encarga de decirnos cómo hemos de ser y comportarnos y, muy importante, que ocupamos un lugar secundario en la jerarquía social.

Nos llaman conservadoras porque se supone que queremos guardar unas esencias obsoletas y somos incapaces de admitir el mandato de los nuevos tiempos donde lo sexual es transgresor, todo fluye , el sujeto revolucionario es múltiple y cambiante, los jóvenes son muy listos, la experiencia no sirve de gran cosa y si no crees que la identidad deseada es la realidad y que una mujer trans es mujer y más mujer que una vulgar mujer biológica te llevan a la hoguera en menos que canta un gallo, o gallina, o galline.

Y ¿qué queremos conservar las conservadoras que es tan terriblemente pasado de moda e incluso, algunos dicen, criminal?

Pues la agenda feminista, ni más ni menos.

Que sexo no es igual a género y nos declaramos abolicionistas del género y su jerarquía.

Que el sistema prostituyente es la forma más brutal de violencia contra las mujeres y que nos negamos a que los hombres tengan derecho a violar a mujeres y niñas por dinero. No es un trabajo, es violación.

Que la pornografía es violencia y se ha convertido en el sistema por el que niños y jóvenes aprenden una relaciones sexuales basadas en la coacción, la misoginia y el dolor que luego trasladan a la vida real.

Que estamos en contra de la hipersexualización de la infancia, de los abusos que se ejercen contra ella, incluidas las hormonaciones y mutilaciones a las que se les somete para reafirmarles en la ficción de que pueden cambiar de sexo a voluntad y de que no va a tener consecuencias en su salud.

Que estamos hartas de que no se elabores estrategias con presupuesto y medidas eficaces para prevenir la violencia asesina contra las mujeres y la violencia vicaria contra sus hijos e hijas. No valen lamentaciones posteriores.

Que no estamos dispuestas a que las labores sociales de cuidado se nos atribuyan porque es lo más barato para el sistema ni que se nos trate de convencer que los cuidados son feministas sustrayendo al estado de sus obligaciones para con la ciudadanía.

Que no queremos que los hombres hablen en nuestro nombre. Queremos la voz y los espacios.

Y queremos el poder y la riqueza que nos corresponde por ser más de la mitad de la humanidad. Aquí en Europa y en todos los continentes.

Ya vale de explotación.

Pues por eso somos conservadoras por no querer renunciar a una teoría política emancipadora en aras de una nueva religión y por no callarnos prudentemente ante las presiones y por llamar a las cosas por su nombre.

Como desde hace más de trescientos años venimos haciendo.