Simone Weil. La ebriedad de la vida (3)

En Barcelona, Simone Weil había coincidido entre otros con Baitaille. Tuvo amigos y admiradores, pero también muchos detractores. Llegó a ser juzgada por sus rarezas, por el cabello despeinado, la camisa y el aspecto descuidado. La llamaron loca, fea, extravagante, “exasperante santa” y antijudía. Georges Bataille escribió en 1935 Cielo Azul sobre la revolución de Barcelona, que no publicó hasta veintidós años después. Su extraño personaje Lazare está inspirado en su amiga, con la que se reencontró en Barcelona.

«Tenía unos 25 años. Era rara y hasta ridícula. Llevaba trajes negros, desangelados y manchados. Parecía no ver lo que tenía delante, y a menudo chocaba con las mesas al pasar. Sin sombrero, el pelo corto, tieso y despeinado, creaba unas alas de cuervo en tomo a su cara. Tenía una gran nariz de judía flaca, cutis amarillento, que asomaba bajo aquellas alas y tras las gafas de montura de acero… Infundía malestar: la enfermedad, el cansancio, la miseria o la muerte nada importaban a sus ojos… Ejercía una fascinación por su lucidez y por sus ideas de alucinada… Y yo me reía rumiando una cualquiera de sus lentas frases”.

Tengo color de hoja muerta, para los demás no existo” había escrito la joven Weil en sus Cuadernos. En un texto en el que trata de autorretratarse de modo despiadado con ella misma hace una lista de sus tentaciones: la pereza o la falta de coraje, la vida interior o el apego a sí misma, la del dominio, la rendición, y la perversidad. “No soy libre de ninguna de ellas, pero de la única que no soy capaz de superar es de la pereza”. Siente un permanente agotamiento físico y es consciente de que nunca podrá tomar un puesto de responsabilidad, o mantener una familia. Tiene sentimientos de amor, pero le falta naturaleza para alcanzar el objeto amado.

Después de la experiencia española había retomado la docencia en los liceos, pero se ve imposibilitada por su mala salud y vuelve a solicitar una nueva licencia. Mientras tanto, su esperanza en la revolución liberadora se ha disuelto y su visión se llena de pesimismo. El escenario internacional está amenazado por los fascismos en Italia y Alemania, y Francia vive un clima apremiante de intrigas políticas. Simone escribe presagiando el peor futuro para su país y para Europa.

En 1937 viaja a Italia donde, contrariamente a España, encuentra una tregua para estudiar sobre la filosofía y la tragedia griega, la belleza como elemento de mediación entre la realidad humana y la divina. “Florencia es mi ciudad. Ciertamente, he vivido una vida anterior entre sus olivos. Cuando vi sus hermosos puentes sobre el Arno me preguntaba lo que había hecho, lejos de ella, durante tanto tiempo”.

La heterodoxa mística

Cuando solo tenía 29 años de edad ya había vivido y escrito más que tantos intelectuales de su tiempo. Su mala salud la lleva a ingresar en la Abadía de Solesmes una Semana Santa, por recomendación de su amigo benedictino Joseph Marie Perrin. Trataba de curarse de una de sus endémicas migrañas. Durante esta estancia tuvo sus primeras experiencias místicas, que ya no dejara de narrar hasta que le llega la muerte cinco años después. Escribe sobre “el pensamiento de la pasión de Cristo”, visiones que confiesa, muy vinculadas a su propia experiencia política pasada y al porvenir inmediato de Europa, que presagia con lucidez. Pero nunca dio el paso para abrazar a la iglesia romana porque la consideraba próxima a sus raíces judías. Siempre se mantuvo al margen de cualquier institución religiosa.

Para Weil, la civilización del Languedoc en el siglo XII es la etapa histórica que más se acerca a lo que podemos denominar Utopía. Sostiene que entonces, cátaros y cristianos alcanzaron un armonioso equilibrio, como cuenta George Steiner, quien, a pesar de elogiar su gran imaginación filosófica, la reprocha haber dado la espalda al pueblo judío y, en cambio, empeñarse en encontrar prefiguraciones de los evangelios en los dramas griegos y en la filosofía platónica.

Escribe sobre el modelo de moderación de los griegos, los límites del trabajo físico, al que concede un valor espiritual extraordinario. El yo y la colectividad, la guerra o el orden. La contraposición entre libertad y necesidad. Pocos filósofos han desarrollado un análisis tan implacable sobre la naturaleza de la fuerza, sobre la tendencia humana a ejercer permanentemente el poder: “donde hay necesidad hay coacción y dominación”. Los hombres no renuncian nunca a mandar si pueden hacerlo y ante los débiles siempre se comportan como bárbaros. La suya es una filosofía de la ética. “la dominación no desaparecerá en un amanecer glorioso de la revolución, a pesar de lo cual no estamos condenados a ser cínicos.

(continuará mañana)

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