Tu run run y mi historia

Juia, retomo el hilo de nuestra anterior comunicación y aprovecho para felicitarte por ese dolorido y certero artículo que has titulado de forma tan sugerente: El run run. Ese run run también aplicable a nuestras vidas, reales o ficticias, sufridas, recordadas o soñadas. Ese que no acaba de dejarnos vivir en paz.

Y en época de ficciones, y de libros en el parque de El Retiro, quería responder a tu pregunta sobre  dónde fueron a dar  las notas que tomé sobre lo sucedido el verano en que nos conocimos. Pues bien, harta ya de huir del recuerdo  y sin fuerzas para entregarme a él, decidí pasárselas  a nuestra común amiga Isabel. Ya lo había hecho anteriormente, en una época muy dolorosa de mi vida. Ella lo convirtió entonces en una novela, que tal vez te interese. Como está descatalogada, te paso el primer capítulo y me dices si quieres que aquel relato  te siga contando mi historia. Comenzaba así:

En el centro de la conciencia había la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar.

El Cielo Protector. Paul Bowles.

Capítulo I

 El viento helado del norte soplaba sobre la ciudad desde hacía varias semanas, tal vez por eso el cuerpo encontrado el día de  Navidad en el céntrico parque del Retiro no presentaba signos de descomposición, a pesar de las muchas horas transcurridas.

Se trataba de un hombre blanco, de alrededor de treinta años, con un enorme bigote del mismo color intensamente negro que sus fuertes y abundantes cabellos. De estatura media y escasa corpulencia, había aparecido envuelto en una manta vulgar, desnudo y sin ningún otro indicio  que facilitara su identificación.

Varias  cadenas de televisión y casi todos los periódicos del día siguiente prestaron atención al suceso por lo poco habitual  del lugar en que se había producido; pero lo hicieron con notas muy breves que diferían poco unas de otras. Tan sólo la crónica de la China en El Universal aportó un detalle distinto al añadir que el cadáver había sido encontrado  a primera hora de la mañana por uno de esos individuos de la farándula que a veces se  transforman en inmóviles estatuas humanas y que, en este caso, se preparaba para  representar la figura de un gigantesco y hierático cuervo.

Resultaba sorprendente que en una mañana fría y desapacible como aquella, hubiera alguien dispuesto a disfrazarse de un desagradable pajarraco con la esperanza de recibir a cambio unas monedas. O eso pensaba  la China, que no dejaba de asombrarse de las singulares circunstancias que suelen acompañar a toda muerte violenta, por azarosas que parezcan…

En condiciones normales, la periodista  habría lamentado la llamada de Jon en un día festivo, pero tratándose de la comida de  Navidad, le pareció una buena excusa para poner fin a la sobremesa que transcurría lentamente junto a su madre, sus hermanos y sus ruidosos sobrinos, sin sentir la acostumbrada mala conciencia. Y no es que ella detestase las  celebraciones navideñas como la mayor parte de los hipercríticos amigos de su generación; era tan  sólo que temía la llegada de ese  momento en que solían ponerse de manifiesto  las enormes diferencias que les separaban, en doloroso contraste con todo lo que les había unido tiempo atrás.

Pero al abandonar la casa materna, el aire gélido de la calle le ayudó  a recuperar un cierto buen humor, algo sorprendente  puesto que se dirigía al encuentro de  un inspector de policía maduro y hosco, perfectamente casado, que tan sólo se proponía proporcionarle información sobre el asesinato de un pobre diablo ocurrido el día más inoportuno del año.

A Jon lo conocía desde hacía tres años, cuando tuvo que dejar su corresponsalía en Tokio para buscarse un hueco en local, y más concretamente, en la sección de sucesos, como a ella le gustaba seguir llamándola, por más que ese nombre estuviera ahora proscrito en el periódico.

El policía era un vasco fuerte y directo, de aspecto corriente y un  extremado mal carácter que a veces suavizaba  ante ella agradecido de que no publicara detalles perjudiciales para la investigación o, al menos, no  de forma gratuita.

Y es que la China no basaba el periodismo de sucesos en los aspectos morbosos de los dramas con los que se enfrentaba cada día, como  solían hacer algunos de sus compañeros de profesión, sino que hacía de él  una especie de indagación personal sobre la naturaleza humana…

De ese modo, a cambio de respetar algunas reglas, Jon había llegado a proporcionarle  más detalles que al resto de sus  colegas, e incluso a buscar su compañía para  comentar algunas hipótesis sobre  los casos que más le preocupaban  hasta hilar, casi sin darse cuenta, una singular amistad hecha  a partes iguales de interés profesional y respeto personal.

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