¿En el  año-aniversario del 68, rescatará alguien la felicidad?

Hace tiempo reivindicaba en este blog la felicidad como objetivo humano capaz de cambiar el mundo, siguiendo a los estudiantes que se levantaron contra el sistema en mayo del 68 con proclamas entusiastas como: decreto el estado de felicidad permanente.

Pero me sigue sorprendiendo la falta de épica de esta palabra frente a otras que, en cambio, se han reivindicado como idea talismán desde  cualquier ideología.

Ideas con épica

Eso le pasa, por ejemplo, a la  libertad que, según dicen voces interesadas, es esencial para el  capitalismo y en especial para su versión más descarnada, el liberalismo. Por esa razón la derecha no duda en reivindicarla, aunque oculte que la libertad que defiende se refiere solo a la de los poderosos para hacer y deshacer a su antojo (es el mercado, amigos, que decía recientemente Rodrigo Rato).

Pero  también la izquierda reivindica palabra tan hermosa, a la que abraza con pasión en su lucha contra los regímenes autoritarios. Aunque si esa lucha consigue imponerse, la libertad cede con rapidez posiciones frente  al  bien colectivo, altar  en el que se sacrifica con tan solo añadir un adjetivo a su nombre y llamarla libertad burguesa.

Ocurre  lo mismo con el binomio patria y nacionalismo que inspiraron a Stalin y  sus seguidores a acuñar la dañina teoría de la   revolución en un solo país y también   a los movimientos de liberación latinoamericanos (véase el lema  ¡patria o muerte, venceremos!  de Castro). Pero igualmente  es la razón que enardece los corazones de  los movimientos ultraderechistas centroeuropeos (y no centroeuropeos) pasados y presentes  o a formaciones políticas  como Esquerra Republicaba de Cataluña o las CUP, que se definen como fuerzas de izquierda.

Felicidad, la cenicienta de las grandes palabras

A la  felicidad, en cambio, nadie la reivindica, nadie la quiere. Ni izquierda ni derecha ni artistas ni intelectuales…nadie.

Si nos fijamos en la tradición judeo-cristiana con la que se identifican  las fuerzas conservadoras, es bien sabido que nuestra vida se desarrolla en el llamado  valle de lágrimas y que se deja para otra vida la posibilidad de ser felices,  bien mediante la contemplación eterna de Dios, bien en el Paraíso de las vírgenes prometido por Alá ( siempre me he preguntado qué pasa con las mujeres que van a ese paraíso, aunque  esa es otra historia).

Pero a la izquierda, la felicidad tampoco le gusta mucho. Algunos dicen que no es ético ser feliz mientras otros  seres humanos luchan o  sufren, véase la necesidad de hacerse perdonar de de Silvio Rodríguez en la canción que dice: Y pido que me perdonen por este día los muertos de mi  felicidad o a Foucault cuando  se siente obligado a aclarar  en el prólogo de su Antiedipo: No creas que porque eres revolucionario tienes la obligación de estar triste.

Además, a la izquierda en el poder con la felicidad le pasa lo que con la libertad, no tarda en silenciarla  en aras del necesario sometimiento al  bien colectivo que se erige como tótem frente al bien individual-burgués.

Por su parte, los artistas no encuentran inspiración alguna en la felicidad, obsesionados por alguna forma de desesperación nihilista que se convierte a menudo en su única materia prima. Así que  los intelectuales la desprecian mirándola por encima del hombro (creía que era elegante vivir en la desesperación decía Vila Matas en París no se acaba nunca). La felicidad   no es elegante ni inteligente y nadie  duda en convertirla en parodia de un  futuro indeseable como en la famosa novela de ciencia- ficción Un mundo feliz.

La publicidad (y las falsas recetas orientalistas o buenistas bien publicitadas) es quizá  la única que se lleva bien con la felicidad (la vida es demasiado corta para vestirse de forma triste, decía un anuncio francés) a la que no duda en usar como señuelo,  pero al hacerlo, solo consigue provocar su banalización y un mayor desprecio de los intelectuales y progresistas  que, por extensión, también desprecian a los infelices que se declaran felices en la sociedad de consumo.

Nietzsche, una sorpresa

Aunque hay veces que uno se sorprende al dar con citas inesperadas como ésta, del atormentado Nietzsche: Que todos los días en que no hayamos danzado al menos una vez se pierdan para nosotros.

Reconozco que Oriente tiene otro enfoque de la felicidad del que sin embargo solo voy a citar un proverbio chino que  dice: nadie puede evitar que el pájaro oscuro de la tristeza vuele sobre su cabeza pero sí puede evitar que anide en su cabellera.

Pero hago trampa si no reconozco que hay muchas más declaraciones ilustres a favor, (por otro lado, casi siempre  condescendientes) porque en mi opinión la lucidez solo puede conducir a la senda que busca la felicidad.

Porque la muerte no es una excusa para renunciar, tampoco la injusticia o la miseria. Al contrario, debemos utilizar la felicidad  para acabar con ellas, convirtiéndola  en un atractivo motor de cambio como proponían   los jóvenes franceses del 68 al declarar: Bajo el empedrado está la playa o, si es preciso,  haciendo echando mano de otro eslogan publicitario francés: Someterse al modelo no ayuda.

Porque no consigo imaginar mejor aspiración humana  que la felicidad y recomiendo luchar por ella a las mujeres despojadas de su autoestima  por el machismo que las hace creer que no tienen derecho a ser felices; a los trabajadores condenados a salarios precarios a los que  políticos y patronos quieren hacer creer que deben sentirse satisfechos por tener trabajo; a los feligreses que desde los púlpitos solo se les habla de resignación…

La felicidad queda relegada  a la vida privada

Pero los cambios que esta sociedad necesita no solo se refieren a los grandes temas políticos y sociales, sino que afectan también a la vida privada, terreno al que casi por definición se relega la posibilidad de ser felices.  Se trata de un ámbito casi siempre oculto para la política, reducto de la “libertad individual”, en el que  ningún líder público osa entrar. Si acaso ahora, gracias a  la lucha contra la violencia machista, se empieza a reconocer  que hay cosas que no pueden ser   “privadas”. Pero curiosamente ese reducto guardado con celo por los liberales puede ser  profanado con desparpajo por la publicidad que moldea sin complejos nuestra forma “privada” de ser felices. Religión ( Lo sagrado, ahí está el enemigo, decían en el 68) y publicidad serían, pues, los únicos autorizados a prescribir “vida privada”. En este terreno a la izquierda  ni está ni se la espera, solo el feminismo o los movimientos ecologistas se atreven a entrar en el terreno prohibido.

Y es sin embargo  en ese ámbito “privado” donde se gesta  la violencia, la depresión, la renuncia, el sometimiento o el miedo, tan útiles al sistema.  Pero también es ahí donde se producen algunos destellos de auténtica vida que, de ser más frecuentes e intensos, se convertirían en irrenunciables.

Por eso los jóvenes franceses, que aún admiro, no dudaron en poner el foco de su propuesta revolucionaria en el corazón de lo cotidiano (El arte ha muerto, liberemos nuestra vida cotidiana, decían), algo  que hoy  debería  hacernos imaginar  otras formas de enfrentarse al poder, de meditar sobre el verdadero valor de la felicidad humana  y sobre el precio que pagamos por renunciar a ella.

Es una  reflexión pendiente.

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