Muchas veces he meditado sobre si el patriarcado tendría un talón de Aquiles, un cimiento del que se alimenta, un elemento clave que de ser destruido, podría hacer caer el correoso edificio que oprime a las mujeres desde tiempos inmemoriales. Y lo tiene.
También lo tiene la guerra, y en estos convulsos tiempos que corren, parece capital y urgente conocerlos.
En relación al feminismo, urge disparar esa flecha que, de alcanzar la diana, sería capaz de herir de muerte al poder patriarcal. Me refiero, claro está, a la abolición de la prostitución.
A la abolición de la idea de que un hombre, cualquier hombre (por ridículo e insignificante que sea), puede usar a una mujer para su placer y someterla a su voluntad amparado por una eternamente vigente tradición ancestral que le permite suponer sin esfuerzo que está en posesión de una supremacía natural.
Yo también lo pensaría si pudiera acceder a semejante poder por un puñado de monedas. Incluso podría suscribir la idea de que semejante forma de relación entre personas responde al ejercicio de la libertad individual, en lugar de reconocer que el simple consenso para someter de ese modo a las mujeres aniquila la dignidad humana.
Así que para preparar el asalto al talón de Aquiles patriarcal resulta imprescindible desenmascarar la anestesia ética que el sistema nos inocula bajo patrañas como la libertad de cada cual, los derechos laborales de una supuesta actividad profesional, la antigua creencia que legitima su existencia o cualquier otra farsa.
Es más, el derrumbe del patriarcado a manos del feminismo solo se producirá cuando la prostitución sea abolida y ninguna persona que afirme creer en los derechos humanos la defienda o se beneficie de ella.
Así que este 8 de marzo, una vez más, debemos levantar la voz contra la prostitución, responsable de todas las violencias contra las mujeres, esas violencias que tienen como referencia cultural el lupanar y cuyo reflejo nos pretende sumisas en nuestras propias casas, en nuestras propias calles; subalternas en nuestro propio mundo.
Pero este 8 de marzo, mientras suenan tambores de guerra, siento la necesidad de señalar otro de los talones de Aquiles que debemos atacar si, además de igualdad, queremos defender nuestro derecho a la paz.
Porque, ¿cómo defendernos de otro de los males más antiguos que nos condena a sumirnos en el horror y la muerte bajo el signo de la guerra? Esa guerra, esas guerras, que movilizan miles de millones de euros o dólares o rublos y de la que solo unos pocos salen ilesos, ricos y poderosos mientras la gran mayoría simplemente sufre y muere.
Y para desbaratar la credibilidad de la guerra, para romper una lógica tan antigua como la propia opresión de las mujeres es necesario negarse a responder a la llamada del monstruo.
Porque al igual que en la prostitución, tampoco hay excusa ética para que los hombres jóvenes de nuestras sociedades (a los que ya están empezando a llamar como voluntarios en la avanzada UE), se conviertan en la gasolina de los ejércitos, en carne de cañón al servicio de los señores de la guerra o de políticos pusilánimes o sin valores.
Así que también tendremos que movilizarnos para hacer unánime la negativa de la sociedad a proporcionar soldados a la pira de los intereses más oscuros, del ardor guerrero más pueril, el nacionalismo más estúpido… o el temor a un enemigo que se inventará a conveniencia.
Esos soldados cuyas vidas parecen carecer de valor, esos chicos que no se incluyen en los presupuestos, a los que no se nombra hasta que empiezan a volver a casa en féretros tan numerosos que se convierten en nuestra propia vergüenza.
Esos jóvenes que no aparecen en las cuentas de la guerra: tantos antiaéreos, tantos de largo alcance, tantas ojivas nucleares… hacen un montante de… 800.000 millones.
¿Pero dónde se contabilizan los soldados? ¡Ah!, perdón que sí se cuentan. Aparecen en la columna de la comida que les darán de comer y el agua que les darán de beber, de los cascos agujereados que habrá que reponer, en las botas y los uniformes.
¿Pero en qué apartado aparecen sus vidas y su salud; dónde la carne y la sangre que moverá los uniformes y disparará los fusiles?
¿Y también tendremos que dar eso éticamente por bueno, como las vidas y la salud de las mujeres prostituidas en el negocio de traficantes y proxenetas para el placer de los puteros? ¿Todo es un trabajo?, ¿todo un servicio?, ¿todo puede justificarse siempre que haya dinero de por medio? O la justificación será “porque siempre ha sido así y así seguirá siendo”.
No es ese el mundo al que la humanidad aspira desde hace mucho tiempo. No al que aspiran las mujeres ni los que solo poseen su propio cuerpo como moneda cambio.
Y como sé que estas verdades sencillas son las únicas verdades, como sé que muchos las desvalorizarán tildándolas de simplistas, infantiles o buenistas; cándidas o bienintencionadas pero carentes de la agresividad que rige nuestro mundo, en este artículo quiero ofrecer una de las ideas que nunca pierdo de vista.
Porque si llega el momento en que no lo ves claro, cuando te empujen a una decisión que no querrías tomar, entonces detente, piénsatelo dos veces y recuerda aquel eslogan de los años 60:
Haz la revolución y no la guerra.
Sí, ya sé que era el amor lo que se predicaba en el siglo XX. Pero en este aún joven siglo XXI es más necesario que nunca inocular a los soldados la idea de que no tienen que morir por los intereses de otros y que tampoco tienen que matar por sus mentiras.
La revolución, al menos, la habrás elegido tú.
Eres muy buena Maribel y como no podría ser de otra manera, das en el clavo de la verdad, de esa verdad que vemos pero miramos para otro lado mientras no nos toca de cerca.
Piensa que con este artículo has hecho tu siembra, ¿ hacia dónde miraremos ?. Pasa un buen día 8 de Marzo de 2025. Muá.
Gracias Marisa. También por los ánimos. besos