Cuándo empezó la guerra de Ucrania escribí un artículo que se inspiraba en una de las escenas finales de la película Parque Jurásico en la que los personajes del film conseguían escapar de los temibles velociraptores gracias a la aparición de un no menos terrible Tiranosaurius Rex que se enzarzaba en una pelea a muerte con ellos, permitiendo que los pequeños humanos escaparan a duras penas de la batalla desatada entre aquellos enormes seres primitivos.
Así veía yo por entonces a la Rusia de Putin frente a los EEUU de Biden.
Ninguno era bueno. Ninguno merecía nuestra confianza, refiriéndose ese nuestra a las personas pacifistas, feministas, demócratas y filo socialistas del mundo entero. Y también a la UE.
Pero entre los actores de la vida real de entonces estaba también la Ucrania de Zelensky, que permitió que fuera Joe Biden quien tuviera la última palabra ante el ultimátum ruso que exigía la renuncia de Ucrania a la OTAN, bajo la amenaza de una nueva invasión.
Y también estaba Europa, dispuesta a unir su destino al del mandatario norteamericano aunque supusiera condenar a nuestro continente a la crisis económica, la inflación y el desmantelamiento de una gran parte de sus infraestructuras energéticas, especialmente en el caso alemán, que pasó de ser la locomotora de Europa a entrar prácticamente en recesión. Todo, claro está, bajo amparo de los valores democráticos, que no podían consentir ni la amenaza rusa ni, posteriormente, la invasión de un país soberano.
No sé quiénes podían representar a estos dos últimos actores en la famosa película, pero sí sé que en vez de escapar de la batalla de los dos depredadores, decidieron apostar por uno de los indeseables contrincantes, seguros (¿seguros?) de que era la mejor opción.
Bajo la simplista consigna de que no se puede consentir que un país imponga a otro la entrada o no en determinados clubes defensivos, económicos o políticos, se dejó en manos del nada inocente Joe Biden la última conversación que habría de marcar el destino de Ucrania y, por lo visto hoy en día, del esquema geoestratégico mundial.
Porque ahora que tanto se escandalizan Europa y Ucrania de su ausencia en la mesa de negociaciones para el llamado fin de la guerra (una rendición en toda regla, en realidad), deberían recordar que la entrada de los tanques en suelo ucranio se decidió en conversaciones bilaterales entre las dos potencias entonces antagónicas, y más concretamente cuando el mandatario norteamericano rechazó la exigencia de Putin de mantener la neutralidad de Ucrania.
No en vano la CIA ya había jugado un papel nada neutral en los acontecimientos del Maidán en 2013.
Nada nuevo bajo el sol, porque entonces “parecía evidente” que defender la dignidad de Ucrania, bien valía una guerra.
¿Tan malo era mantener la neutralidad de un país fronterizo con fuertes vínculos con Rusia? ¿Tan perverso, respetar un antiguo acuerdo entre potencias según el cual la OTAN se mantendría alejada de las fronteras rusas? ¿Tan humillante, someterse a una correlación de fuerzas manifiestamente desfavorable?, ¿Tan perjudicial para el pueblo ucranio mantener por la vía diplomática sus pretensiones europeístas y una política de contención?
Bajo mi punto de vista, ninguna de esas posiciones defensivas era inaceptable. La paz, incluso con concesiones, siempre es mejor que la guerra, y más aún, si es una guerra que no puedes ganar en solitario y tu destino pasa a depender de un aliado poderoso de dudosas intenciones.
Es cierto que en 2014 Rusia había invadido Crimea. Eso es una verdad inapelable, además de inquietante y significativa. ¿Pero cómo de significativa?
El caso es que miles de muertos después, la situación es la que es. La esperable en casi todo, a pesar de que la propaganda bélica para prolongar la guerra tratara de hacernos creer en diferentes ocasiones que Ucrania no estaba perdiendo la guerra del todo.
Pero sabíamos que sí la estaba perdiendo. Porque ni Europa iba a mandar tropas para apoyar a Zelenski sobre el terreno ni EEUU iba a permitir usar determinado armamento en el momento en que habría sido necesario para tener alguna posibilidad de victoria.
Y tampoco queríamos que lo hicieran, la verdad sea dicha.
Porque ¿quién quiere meterse en una guerra con jóvenes volando de vuelta en ataúdes militares? ¿Quién exponerse a una conflicto nuclear tan cerca de casa? ¿Quién pagar el precio de intereses militaristas y errores ajenos?
Así que ganar la guerra era solo una ensoñación. Pero una ensoñación interesada.
Y muy interesada para algunos ya que durante estos años la industria bélica norteamericana se ha estado forrando, como lo han hecho los exportadores de gas líquido del otro lado del Atlántico, por citar solo una pequeña parte de los beneficiarios del conflicto.
Y todo iba según lo previsto, los gobiernos europeos pensándose si debían invertir más en armamento por si necesitábamos echar mano de armas propias para defender nuestros sagrados valores democráticos; los países nórdicos apresurándose a entran en la OTAN rompiendo décadas de neutralidad por si Rusia los invadía; los americanos haciéndose de oro y la UE empezando a comprender que si bien Rusia se esforzaba por dividirla y debilitarla, su socio del otro lado del Atlántico no se quedaba atrás.
Pero ese devenir previsible (aunque de desenlace cada vez más incierto a medida que se aproximaban las elecciones en USA) se complicó dramáticamente con la invasión y la consiguiente destrucción de Gaza por el ultraderechista gobierno de Israel. Una invasión sin resistencia cuya praxis y pretensión final era hacer desaparecer a un pueblo entero mediante la violencia, el hambre, normalizando una limpieza étnica contra los palestinos sin disimulo de ninguna clase.
Y aquí es donde de verdad se gestó la virulencia de la nueva era Trump.
Porque el capitalismo acostumbra a hacer sus contrarrevoluciones más salvajes, sus vueltas de tuerca más crueles, cuando huele la debilidad.
Y ese nauseabundo olor inundó el planeta entero cuando los países occidentales, que decían apoyar la justa causa de Ucrania y defender los sagrados valores democráticos, los DDHH y la soberanía del los pueblos, guardaron un atronador silencio ante la crueldad sionista, cuando no justificaron o apoyaron un genocidio que las televisiones del mundo entero ofrecieron en vivo y en directo a las anestesiadas sociedades democráticas.
Y no hay mucho más que decir.
La democracia occidental, sus valores, sus instituciones y su retórica se tambalean ahora víctimas de su propia hipocresía, de su cobardía, su falta de talento político y su inacción.
El ataque brutal que Trump se está permitiendo tras su llegada al poder, no se habría producido de igual manera si las posturas de los países democráticos ante los conflictos de Ucrania y Gaza hubieran sido diferentes, si la respuesta se hubiera basado en valores y no en la venta de armas. Si se hubiera priorizado la paz, la negociación, la diplomacia y defendido las instituciones que debían garantizarlas. Pero sobre todo si los países europeos hubieran levantado la voz con decisión para condenar y sancionar al gobierno sionista de Israel. Si se hubiera tratado de frenar al político demócrata que habitaba la Casa Blanca que nunca dejó de enviar las armas con las que morían a diario decenas de niños gazatíes, víctimas inocentes de la invasión que siguió al acto terrorista de Hamás del cinco de octubre.
Porque ante el capitalismo neoliberal en expansión salvaje o el auge del capitalismo nacionalista de ultraderecha acaba por llegar un momento en el que es necesario plantarse.
Y no, no resulta fácil decir esto, invocando la paz y no la guerra.
Invocar la paz no es nunca fácil, especialmente cuando la falta de liderazgo acostumbra a envolverse en las banderas para llamar a las armas y esconder su incompetencia.
Invocar la paz se convierte en la misión más difícil que existe porque no promete soluciones mágicas sino trabajo, trabajo y trabajo. Trabajo y algo del espíritu revolucionario de nuestros antepasados. Un trabajo pacífico pero con las convicciones revolucionarias del que ya sabe que el capitalismo, en realidad, detesta la democracia.
De nada sirve ya preguntarse cómo no vimos venir que el Tiranosaurius y los velocirraptores aparcarían sus hostilidades para jodernos bien jodidos.
Porque ya no podemos escaparnos pasando desapercibidos entre las patas de los furiosos saurios a punto de despedazarse. Y la razón no es otra que se han unido contra nosotros (las feministas, pacifistas, demócratas y filo socialistas del mundo) y toca enfrentarlos.
Y para hacerlo, habrá que recurrir a lo que queda de valor en la UE, una Unión que solo será de utilidad si es capaz capaz de excluir a la derecha antidemocrática y xenófoba.
Porque es absolutamente necesario frenar aquí a la extrema derecha mundial, defendiendo la democracia con el cordón sanitario más poderoso que seamos capaces de inventar.
La cobardía, la indecisión o el derrotismo ha dejado de ser una opción. Es como la sangre, cuando las bestias la huelen, estamos en peligro.